«¿Prioridad nacional? Para mí la patria es donde usted hace, no donde usted nace»
El político y empresario, padre del conocido opositor venezolano, repasa la actualidad a ambos lados del charco
Nacido en Venezuela y nacionalizado español, Leopoldo López Gil ha desarrollado una trayectoria que combina la actividad empresarial con el compromiso político. Entre 2019 y 2024 fue eurodiputado del PP y desempeñó un papel clave especialmente en asuntos de política exterior, democracia y derechos humanos, con un foco constante en la situación de Venezuela. Padre del líder opositor venezolano Leopoldo López, su voz se ha convertido en una referencia en el debate sobre la crisis venezolana, las relaciones entre Europa y América Latina y la defensa de las libertades democráticas.
[Esta conversación se grabó antes del terremoto doble que asola Venezuela desde el 24 de junio de 2026]
PREGUNTA.- Estamos en el mes de junio. Comienza la temporada de lluvias en Venezuela con sus tempestades y ese clima tropical, aunque en realidad los venezolanos llevan muchos años aguantando la tormenta. Pero hay personas hechas de otra pasta que pueden con todo. Hoy se sienta en El purgatorio un padre, un abuelo, un hijo; una vida llena de lucha porque, mientras la vida sigue, la lucha continúa. Leopoldo López Gil, bienvenido, ¿cómo está usted?
RESPUESTA.- Muy bien, Mateo. Muchísimas gracias por la invitación. Me gusta mucho esa descripción que acaba de hacer. Vengo de un país con aguas muy tranquilas hasta hace 25 años y, lamentablemente, no vimos cómo esa calma se podía convertir en tempestad. Ahora estamos en una de las que todavía no hemos podido salir.
P.- Sigue la tempestad.
R.- Sigue la tempestad. Como dicen que después de la tormenta viene la calma, en cuanto el viento amaina un poco, la gente piensa que ya ha llegado la tranquilidad. Creo que hay mucho engaño en este momento. No quiero ser pesimista, sino realista: lo que se ha hecho en Venezuela, aunque inspire a algunos, a mí todavía no lo ha hecho. Nos queda mucho trecho para salvar esta situación.
P.- ¿Por qué lo dice? ¿Por qué ahora Venezuela no está en manos de los venezolanos como debería?
R.- Parte del problema es ese. Hemos tenido una intervención extranjera que ha sido una calamidad desde hace 25 años. El teniente coronel Hugo Chávez invitó al régimen cubano a participar en la conducción del país y eso nos llevó a la tragedia actual. De acuerdo con la ONU y baremos internacionales, Venezuela tiene a más del 85% de la población en condiciones de pobreza. Además, más de la tercera parte del país —más de ocho millones de venezolanos— ha dejado su tierra. Es un éxodo que ocurre sin guerra ni desastre natural que lo justifique. Ahora nos enfrentamos a otro tipo de entrometimiento: el presidente estadounidense, Donald Trump, llevó a cabo una operación táctica y se llevó al presidente ilegítimo, Nicolás Maduro, pero dejó el resto del poder del régimen intacto, con el agravante de calificar a Venezuela como un país tutelado. Por lo tanto, claramente no hay libertad ni soberanía en nuestra nación.
P.- ¿Y cuáles serían los siguientes pasos?
R.- Los siguientes pasos tienen que ser los del cambio de régimen hacia una verdadera transición democrática. Esto implica cambiar los poderes desde sus raíces: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. No se puede construir una democracia con los mismos jueces y los mismos tribunales, particularmente el Tribunal Supremo. Tampoco se puede ir a unas elecciones con el mismo Consejo Electoral que santificó la ilegitimidad de los procesos pasados.
P.- ¿Y por qué tardan tanto? Esa es la pregunta que yo me hago.
R.- Y los 20 millones que quedamos aún en Venezuela. Es muy difícil contestar a esto porque se nos habla todos los días de progreso, pero yo me pregunto si las familias de los más de 500 presos políticos que siguen detrás de las rejas están tan optimistas. Yo creo que no, no pueden pensar que vamos por buen camino si se les está negando la justicia. Es verdad que antes había más de mil presos y se ha liberado a la mitad, ¿pero por qué dejar a 500 personas encarceladas? Además, los que salieron no fueron liberados, sino excarcelados, que es distinto. Se les sacó de las celdas, pero se les prohibió actuar en público, transitar libremente por el territorio y se les obliga a presentarse ante los tribunales. Esto no es una ley de amnistía real.
P.- Hemos entrado directamente al trapo, pero vamos a dejarlo un momento ahí. Viene usted a presentar su nuevo libro, La vida sigue, la lucha continúa, donde cuenta desde dentro sus anécdotas en Venezuela, los primeros y últimos años de la dictadura y su vida en el exterior. Es un libro maravilloso y muy ameno; me encanta la parte final donde comparte fotos de su álbum privado familiar. ¿Recuerda el día exacto en el que dijo: «Me tengo que ir para no volver»?
R.- Nunca pensé en irme para no volver, pero recuerdo el momento claramente. Mi abogado llegó a casa al final de la tarde, después de defenderme en otras ocasiones —porque yo estaba sometido a la presión judicial del régimen—, y me dijo: «Mira, tienes que irte mañana mismo, porque el próximo paso es que te van a imponer la prohibición de salida y no te vas a poder mover». Por razones de salud, yo tenía previsto un viaje para 15 días después y le cuestioné si no podía esperar para organizar mis cosas. Su respuesta fue tajante: «No, te tienes que ir mañana porque sé que la boleta de prohibición la están tramitando ya. Si no sales en 24 o 48 horas máximo, legalmente no podrás hacerlo y tendrás que escaparte, como lamentablemente han tenido que hacer muchos».
«Lo que se ha hecho en Venezuela, si es que puede inspirar a algunos, a mí todavía no. Nos queda mucho trecho para salvar esta situación»
P.- ¿Qué se siente al fugarse uno de su propio país?
R.- Lo primero que te sobrecoge es la tristeza por la pérdida de la libertad. Es un sentimiento difícil de transmitir. Es como preguntarle a alguien si sabe lo importante que es el oxígeno; todo el mundo dirá que sí, pero nadie conoce su verdadero valor hasta que se asfixia. Solo lo entendemos si nos tapamos la nariz y la boca y aguantamos la respiración. Ahí es cuando se empieza a valorar la necesidad de respirar. La libertad es igual: la disfrutamos, pero nunca la ponderamos hasta que la perdemos. Cabe recordar que la libertad no es solo hacer lo que uno quiere, es contar con el respaldo de un Estado de derecho y tener la capacidad de levantar la voz frente a la hegemonía de un Gobierno o de los poderosos.
P.- Es parecido a cuando uno está enfermo en la cama y piensa: «¡Cómo me gustaría estar bien!».
R.- Así es, exactamente. Cierto.

P.- Su hijo Leopoldo sí estuvo en la cárcel.
R.- Sí, Leopoldo estuvo casi siete años confinado: algo más de cuatro años en la prisión militar de Ramo Verde, tres años en arresto domiciliario y más de un año asilado en la Embajada de España en Caracas, hasta que logró escaparse. Él se escapó. No es que le dieran la opción de salir. Toda esa planificación y su salida de Venezuela están muy bien relatadas en el libro del autor español Javier Moro.
P.- ¿Cree usted que merece la pena pagar ese precio por luchar por la libertad de su país?
R.- Sí, desde luego. Ese es el propósito de mi libro. En él describo cómo nuestra familia ha estado involucrada en los asuntos del país desde la Guerra de la Independencia, siempre buscando la idea de lograr una nación mejor a través de distintas formas de lucha. La satisfacción de saber que estás haciendo algo por tu patria es un sentimiento único.
«El teniente coronel Hugo Chávez invitó al régimen cubano a participar en la conducción del país y eso nos llevó a la tragedia actual»
P.- ¿Qué se dicen un padre y un hijo en una llamada cuando el hijo está entre barrotes y el padre en el exterior?
R.- Me pone usted en una encrucijada… Tuve ocasión de sentir la necesidad de esa conversación porque durante mucho tiempo, mientras él estaba en Ramo Verde, los carceleros no le dejaban hablar por teléfono, salvo cuando ellos querían y con quien ellos decidían. Un buen día se me apareció una persona y me preguntó: «¿Quiere usted hablar con su hijo Leopoldo?». Yo ya estaba aquí en Madrid y le respondí que por supuesto. Me dio un número, una hora y un día concretos. Yo sabía que estaba marcando un teléfono, pero no que me iba a contestar él directamente.
P.- O sea, que no sabía usted a qué número llamaba, no tenía ni idea.
R.- Ni idea de quién era, y Leopoldo estaba en la misma situación. Cuando me atendió y escuchamos nuestras voces, yo solo pude decir «¡Leopoldo!» y él me respondió «¡Papá!».
P.- ¿Cuál es el momento más duro que recuerda de toda esa lucha?
R.- En los últimos años, el momento más difícil fue el día que recibí la llamada de un periodista muy respetado y amigo mío, Leopoldo Castillo, desde Miami. Me despertó muy temprano aquí en Madrid para preguntarme si Leopoldo estaba vivo porque corría el rumor de que había fallecido. Cuando me comuniqué con Caracas, con Antonieta y Lilian, me confirmaron la existencia de esos rumores. Ambas se trasladaron a Ramo Verde para exigir una fe de vida que las autoridades les negaron. Tuvieron que quedarse a dormir en el coche hasta que a las cuatro de la mañana salió el director de la prisión para decirles: «Miren, Leopoldo sí está vivo y está aquí». Esa incertidumbre es, para mí, otra forma de tortura.

P.- Cuánto dolor, ¿no?
R.- Mucho dolor.
P.- Este libro es una obra muy bonita, pero sería interesante conocer los pilares sobre los que la ha erigido. ¿Nace más de un acto de nostalgia o de una necesidad de justicia?
R.- Yo creo que el primer mensaje es una lección de cómo se puede contribuir a construir un país a través de la educación. El segundo, es una advertencia de que las democracias y las libertades se pierden. Lo que quiero transmitir en estas páginas es que los jóvenes deben comprometerse con el legado que reciben para seguir construyendo el país que todos queremos.
P.- Sí, es usted una persona muy volcada con la educación desde sus inicios. ¿Qué opina de la juventud actual?
R.- Me preocupa. Cuando crecí, los estudiantes universitarios eran los promotores de los movimientos políticos en todo el mundo. Yo estudié en Estados Unidos durante la guerra de Vietnam y había manifestaciones a diario; los universitarios impulsaban el cambio social. En Venezuela siempre fue igual. Ahora, y es un fenómeno internacional que veo tanto en España como en Estados Unidos o en la propia Venezuela por distintas razones, noto que la juventud universitaria está demasiado cómoda con lo que tiene. Falta la inquietud de luchar por conseguir las cosas. Los cambios no ocurren porque uno los desee, sino porque se lucha por ellos, y no veo esa actitud en la juventud de hoy.
«Los que salieron no fueron liberados, fueron excarcelados, que es distinto»
P.- Estos últimos días he estado pensando si los tiempos actuales son más fáciles o difíciles para los jóvenes. Cada persona me dice una cosa diferente, pero yo creo que son bastante complicados.
R.- Eso encaja con el dicho de que «todo tiempo pasado fue mejor». La única razón para pensar así es que ya no tenemos que sufrir lo que padecimos en aquellas épocas. Sin embargo, los jóvenes de hoy tienen muchos motivos para estar insatisfechos con el mundo actual. Entre las complicaciones que presenta el mundo de hoy está la falta de solidaridad mundial, que afecta tanto a la juventud venezolana como a la española y a la europea en general. Los jóvenes comparan su situación con la de sus padres, quienes, al graduarse y empezar a trabajar, podían ahorrar y adquirir una vivienda. Hoy eso es inviable. En Estados Unidos, el lema actual de los demócratas para captar el voto en las próximas elecciones de noviembre es la asequibilidad. Ese concepto refleja que los jóvenes no pueden comprar nada, ni tener vivienda propia, ni costearse la vida. El precio de la educación superior en Estados Unidos, por ejemplo, va a terminar segmentando la sociedad entre los pudientes y los totalmente desprotegidos. Es una tendencia global, aunque afortunadamente en la mayoría de los países desarrollados europeos existen opciones en la educación pública.
P.- Hablando de Venezuela y de Estados Unidos, ¿cuántos años lleva ya viviendo en España?
R.- 12.
P.- Son unos cuantos.
R.- Sí, ya un tiempo.
P.- ¿Cómo ve a España en este momento?
R.- Veo a España como un país maravilloso y lleno de oportunidades, pero también con muchos retos. Me preocupa la polarización tan extrema que sufre; los dirigentes de los partidos no logran entenderse: si uno dice que es de día, el otro afirma que es de noche de forma sistemática.

P.- El discurso del Papa lo dejó clarísimo hace unos días.
R.- Así es. Por otra parte, esa tendencia a exacerbar el nacionalismo es preocupante. También percibo una falta de integración de la juventud en los mandos del país; se la está dejando apartada. No veo que la llamada generación de relevo tenga oportunidades reales, no porque no quieran, sino porque no se les abren los espacios. Y ese relevo puede terminar siendo bastante violento porque en diez años el mundo va a ser totalmente distinto, queramos o no. Llegarán situaciones ligadas a la inteligencia artificial que nos harán plantearnos si, en lugar de dejar las elecciones en manos del electorado tradicional, no sería mejor encomendárselas a los ordenadores para que escojan a los líderes más aptos. Podría pasar; en cierta forma, es lo que ya están haciendo en China.
«La satisfacción de saber que estás haciendo algo por tu patria es un sentimiento único»
P.- Sí, con todo el desarrollo de la inteligencia artificial y grandes corporaciones como Palantir. Usted, Leopoldo, que conoce muy bien Europa desde dentro tras haber estado en sus instituciones de la mano del PP, ¿qué función cree que tiene Europa ahora mismo?
R.- Europa se encuentra en una situación complejísima; es como el jamón del sándwich. Por un lado están las potencias emergentes del este, particularmente el monstruo chino que crece a una velocidad increíble, y por el otro, el gigante ya consolidado de los Estados Unidos. Cuando terminó la Segunda Guerra Mundial, Europa representaba un porcentaje demográfico muy importante para el mundo. Hoy en día, Europa entera apenas concentra el 4% de la población mundial, por lo que su peso demográfico apenas cuenta. Sin embargo, si hay algo admirable en Europa —y creo que ha faltado comunicación para destacarlo— es su solidaridad social. El llamado Estado de bienestar se dice fácil, pero lo que se ha logrado, particularmente en España, es formidable. Comparemos el Viejo Mundo con Estados Unidos —indudablemente el país más rico del mundo—; allí, si usted se cae en la calle y se fractura un brazo o se rompe los dientes, si no cuenta con un seguro privado, allá usted cómo lo sufraga. El Medicare es un servicio que se paga, no es un seguro social. En cambio, en la mayor parte de los países europeos, lo primero que se hace es atender al individuo; nadie le pregunta cómo va a pagar, sino cómo le van a curar. Después ya se verá quién asume el coste.
P.- ¿Y qué opina usted sobre el concepto de la «prioridad nacional»? ¿Qué significa realmente?
R.- Para mí es un juego de palabras. La prioridad nacional, por supuesto, tiene que existir; a nadie con un pensamiento sano se le ocurriría priorizar algo que no fuera su propia nación. El problema surge cuando se convierte en un enunciado que pretende establecer que existen ciudadanos de primera y de segunda clase.
Cuando escucho ciertos discursos, me pregunto si de verdad creen que una persona a la que se le otorga la nacionalidad no debe tener la misma consideración que alguien nacido en el territorio. Yo no lo comparto. Para mí, la patria es donde usted hace, no donde usted nace. Es una visión muy distinta.
«Veo con preocupación cómo España se está polarizando a unos extremos; los dirigentes de los partidos no logran entenderse»
P.- La vida sigue, la lucha continúa. ¿Cuál es su siguiente página en blanco por rellenar?
R.- Bueno, a mi edad espero que ya sean pocas.
P.- No, recuerde lo que escribió en su primer capítulo: «Nunca pienses en el final». No me lo invento, lo dice usted mismo.
R.- Es verdad, no pienso en el final y sigo trabajando. Estoy centrado en analizar cómo se comunican las personas hoy en día a través de medios digitales como este. Tengo un proyecto para lanzar un podcast y previamente realicé 30 programas en Madrid sobre la hispanidad, un concepto, lamentablemente, muy malentendido. Quise destacar qué significa ser hispano hoy en día, una identidad ligada a una lengua que hablamos 600 millones de personas, lo cual debería ser motivo de orgullo y respeto. Sin embargo, todavía hay quienes se empeñan en que no hablemos nuestro propio idioma.

P.- Con lo bien que nos entendemos entre todos, creo que deberíamos comunicarnos mucho más en líneas generales, Leopoldo.
R.- Sí, pero con algo más que el lenguaje: con sentimiento. Hay que hacer más el amor.
P.- Así es. Tengo que hacerle tres preguntas muy rápidas para terminar. Si tuviese usted que enviar a alguien al cielo de forma metafórica por haber sido una persona excepcional, ¿a quién elegiría?
R.- Por la paciencia que me ha tenido siempre, a mi mujer.
P.- Si tuviese que enviar a alguien al infierno por haber sido lo peor…
R.- Ese ya está en el infierno: el teniente coronel.
P.- ¿Y si tuviese que enviar a alguien al purgatorio, un sitio simplemente para pasar el rato?
R.- Ese está en un país del norte.
P.- Leopoldo, muchísimas gracias por venir a El purgatorio. Ha sido un auténtico placer. Si empieza ese proyecto de podcast, le prometo que iré de invitado algún día.
R.- Muchísimas gracias a usted, Mateo.
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