Ana Aznar: «Jamás le he echado en cara a mi padre que estuviera más o menos tiempo»
La psicóloga repasa los retos de la crianza digital, el peso de su propia infancia y los mitos de la maternidad
¿Qué significa educar en una sociedad en la que decir «no» parece cada vez más difícil? Esa es una de las grandes preguntas que aborda Ana Aznar en este episodio de El purgatorio, con motivo de la publicación de su libro Educar también es decir no. Una conversación sobre la familia, la educación de los hijos, los valores y la responsabilidad de los padres, que también deja espacio para conocer la faceta más personal de la hija del expresidente del Gobierno. La escritora y psicóloga recuerda cómo vivió su infancia con un padre al frente del Ejecutivo y una madre al frente del Ayuntamiento de Madrid, en una charla que combina actualidad, experiencias personales y reflexiones sobre la crianza.
PREGUNTA.- Ana Aznar, bienvenida a El purgatorio.
RESPUESTA.- ¿Qué tal, Mateo? Gracias por invitarme.
P.- Ha costado que viniera entre sus viajes a Roma, pero por fin está aquí. En su libro defiende que educar también es decir que no, que el no es, quizás, el mejor de los síes. ¿Cuál ha sido el mayor no que le han dicho a usted?
R.- He recibido muchos en la vida, tanto en mi educación como en mi carrera profesional. En la universidad te acostumbras a la negativa en el ámbito de la investigación. Te pasas cuatro o cinco años con un estudio, lo envías a una publicación y el 90% de las veces te dicen que no, ya sea de forma tajante o con condiciones que te obligan a negociar. A todos nos han dicho que no en la vida; es imposible vivir sin encontrarte con una negativa.
P.- ¿Y cuál fue el mayor no que le dijeron mientras crecía?
R.- No lo sé, supongo que lo típico. Nunca fui una niña ni una adolescente complicada, fui bastante fácil. Pero me dijeron que no ante malas contestaciones o caprichos, como a cualquiera.
P.- Nada parecido a querer salir de fiesta y que le dijeran: «Pues mira, Ana, no».
R.- Salí lo normal y siempre con control.
P.- En su obra afirma que también hay que poner límites en los actos de amor. ¿En qué momento nos convencieron de que decir que no nos convertía en malos padres?
R.- La generación de padres actual creció con un modelo muy autoritario basado en el «aquí se hace esto porque lo digo yo» o el «tú obedeces y te callas». Al querer hacerlo de forma diferente, buscando una cercanía que es positiva, nos hemos ido al extremo opuesto: de la intransigencia a la permisividad absoluta. Debemos recuperar el punto intermedio. Se puede ser cercano a los hijos y decir que no. No hay que confundir autoritarismo con autoridad. Los padres somos los capitanes del barco y nos toca tomar decisiones. Decir que no muchas veces es un acto de amor.
P.- ¿Usted, dentro de ese péndulo, dónde se situaba?
R.- Intento estar en el medio, pero la teoría es fácil y la práctica es otra cosa. No siempre lo consigo, pero cuando me equivoco y pego cuatro gritos injustificados, pido perdón a los niños. Hay que decirles: «Lo siento, he tenido un mal día».
«Nos hemos ido de un extremo a otro: del autoritarismo a la permisividad absoluta. Debemos recuperar el punto intermedio»
P.- ¿Cree que se debería hablar de todo en casa con los hijos?
R.- Totalmente. En casa hay que buscar un ambiente de confianza, tranquilidad y seguridad. Los niños deben sentirse seguros para expresar sus ideas y opiniones, sabiendo que los vamos a escuchar con cariño, estemos o no de acuerdo.
P.- Eso nos lleva al sentimiento de culpa. ¿Cómo podemos pasar de la culpa a la responsabilidad?
R.- La culpa en la maternidad está muy mal entendida y afecta más a las mujeres porque todavía nos ocupamos más de los hijos. Si actúo mal y grito, está bien sentir culpa porque me he equivocado; pido perdón y seguimos. Pero muchas madres se sienten culpables por trabajar en lugar de estar con su hijo, o por cuidar a su madre enferma en vez de atender al niño. Eso no es culpa porque no se está haciendo nada malo; es simplemente la tensión de lidiar con muchas responsabilidades a la vez. Siempre les digo a las madres que piensen si han hecho algo mal. Si la respuesta es no, hay que olvidarse de la culpa.
P.- Para conocerla un poco más: es doctora en Psicología. ¿De dónde nace esa vocación?
R.- De mi madre. Cuando estaba en COU no sabía qué estudiar y barajaba opciones como Historia, Derecho o Traducción. Mi madre me sugirió Psicología porque vio que me gustaba la gente y que encajaba conmigo. Investigué, me metí en la carrera y me encantó. Luego hice el máster y el doctorado. Durante los estudios descubrí que lo que más me apasionaba era la psicología del desarrollo infantil.
P.- Su madre supo leerla muy bien.
R.- Me conocía perfectamente y tuve mucha suerte con ella.

P.- Hay una metáfora muy bonita en psicología que dice que los padres, en vez de carpinteros, deben ser jardineros. Explíquenos eso.
R.- Es una metáfora de la psicóloga estadounidense Alison Gopnik. El padre carpintero cree, equivocadamente, que su hijo es madera que puede ir tallando según su propio deseo para moldear su forma de ser. Eso es un error. El padre jardinero, en cambio, se encarga de crear una tierra fértil, segura y rica para que el niño pueda desarrollarse, crecer y acabar siendo lo que él tenga que ser.
«La culpa en la maternidad está muy mal entendida y afecta más a las mujeres porque todavía nos ocupamos más de los hijos»
P.- Tiene a algunos de sus hijos viviendo lejos. ¿Cómo es gestionar la distancia en edades que pueden ser complicadas?
R.- El objetivo principal de un progenitor es que su hijo vuele solo y tenga las herramientas necesarias para enfrentarse al mundo. Ver que dejan atrás la adolescencia, cogen el timón de su vida y se forjan su propio camino es un gran orgullo. Saben que su padre y yo estamos siempre ahí para apoyarlos porque somos un equipo.
P.- ¿Quién de los dos está más cerca en el día a día, usted o su marido?
R.- Ambos somos padres muy cercanos.
P.- Al menos ya se ha librado de recogerlos en el colegio.
R.- Bueno, todavía me queda alguno, pero ya van siendo mayores.
P.- ¿Cuántas veces la dejan sus hijos sin argumentos? A los padres les suele dar miedo quedarse sin respuestas ante los niños.
R.- Muchas veces. Como padres no tenemos por qué saberlo todo ni poseer todas las soluciones. Está muy bien decir: «Pues esto no lo sé, vamos a mirarlo juntos» o darles la razón. En la universidad me pasa igual; si un alumno me pregunta algo que desconozco, no tengo problema en reconocerlo. Los niños crecen, te enfrentan a tus propias contradicciones y te obligan a aprender sobre la marcha, porque nadie nos enseña a ser padres.
P.- ¿Cómo fue su infancia? Creció en una situación familiar especial y diferente a la habitual: su padre, presidente del Gobierno, y su madre, alcaldesa de Madrid. ¿No notaba distanciamiento por parte de sus padres?
R.- Tuve una infancia muy feliz con mi familia, mis amigos y mi colegio. Mis padres consiguieron involucrarnos a todos y crear un auténtico equipo. Sabíamos qué hacían y por qué no estaban en casa; nos contaban lo que pasaba y nos llevaban con ellos siempre que podían. Cuando haces partícipes a tus hijos, no hay reproches. Jamás le he echado en cara a mi padre el tiempo que estaba o dejaba de estar en casa. Nos centramos demasiado en cuántas horas hay que pasar con los hijos, pero la clave está en que la fórmula que elijas le funcione a tu familia.
P.- ¿Cómo era la relación con sus compañeros en el colegio o la universidad siendo hija de personas tan notorias?
R.- Exactamente igual que la de cualquiera. Sigo manteniendo a mis amigas del colegio. Al principio, si llegaba alguien nuevo, podía comentar que yo era «la hija de», pero nunca le di importancia. Era mi peculiaridad, pero no algo relevante. Tampoco noté un trato diferente por parte de los profesores en la universidad. Mi vida ha sido completamente normal.
P.- ¿Qué consejo les ha dado a sus hijos respecto a esto?
R.- Ninguno, porque ellos han vivido siempre fuera de España y no han experimentado esa realidad. Además, una cosa es lo que representen su abuelo y su abuela, y otra muy distinta son ellos. Son niños totalmente normales.
«El debate sobre la edad exacta de las pantallas es simplista; la pregunta clave es si el hijo concreto está preparado para gestionarla»
P.- ¿Cuál es su rutina por las mañanas?
R.- Soy muy madrugadora; me levanto sobre las 6.00-6.30 porque me gusta disfrutar de la casa en silencio antes de que se ponga en marcha. Hago algo de deporte, un paseo o gimnasio, y no desayuno. Hago ayuno intermitente de forma natural porque por las mañanas no tengo hambre.
P.- Pasemos a un tema de máxima actualidad en la crianza: las pantallas. ¿Cómo se puede regular su uso cuando están integradas incluso en los colegios?
R.- Las pantallas son el gran caballo de batalla actual. No soy partidaria de prohibirlas por completo porque forman parte del mundo actual y del futuro de nuestros hijos, pero sí defiendo el criterio de «cuanto más tarde, mejor» y siempre bajo control. El debate sobre la edad exacta es simplista; la pregunta clave es si el hijo concreto está preparado para gestionarla y si los padres están listos para asumir el estrés que va a generar en la relación. Más que el tiempo de uso, importa el contenido. No es lo mismo que un chico de 15 años pase una hora jugando al FIFA online con sus amigos que ver pornografía dura.

P.- ¿Revisar lo que hacen no puede resultar intrusivo o generar miedos en el menor?
R.- No, es una responsabilidad del padre. Antes de entregar un dispositivo, hay que establecer un contrato con normas claras: cuándo se usa, dónde se guarda, quién lo carga y qué consecuencias hay si se incumple el trato. Hay que dejar claro que el dispositivo es propiedad de los padres y que se va a revisar periódicamente, no por control, sino para asegurar su bienestar. Es exactamente igual que no dejar a un niño caminar solo por la calle a ciertas edades; hay que educar tanto para la vida real como para la digital.
P.- ¿Cómo ve el impacto de la inteligencia artificial?
R.- Es un tema que me preocupa porque empieza a ser difícil distinguir la verdad de la mentira en noticias e imágenes, lo que genera confusión e inseguridad. Estoy expectante y ojalá se use para el bien de la sociedad.
P.- Hay estudios que afirman que la estructura familiar importa menos que la calidad de las relaciones reales. ¿Qué factores hacen que un niño se convierta en un adulto sano?
R.- Es una combinación. Por un lado está el temperamento genético con el que nace el bebé, que no es una página en blanco. Por otro, influye la estabilidad y seguridad del entorno familiar, la integración social en el colegio y el desarrollo de herramientas como la resistencia, la regulación emocional y la empatía. Siempre utilizo la metáfora de la partida de cartas: al nacer nos dan una mano; unos tienen mejores cartas y otros peores. Esto complica o facilita el camino, pero la infancia no determina la vida de forma absoluta. Siempre hay esperanza y capacidad de cambio.
P.- De todas las etapas de la crianza, ¿cuál considera la más compleja?
R.- Normalmente la adolescencia, porque el hijo pasa por un proceso de individuación donde necesita distanciarse de los padres para acercarse a sus iguales. Es un momento de transición en el que toca renegociar límites y dar cancha para que asuman la independencia, lo cual cuesta a los padres.
«Jamás le he echado en cara a mi padre que estuviera más tiempo o menos tiempo en casa. Mis padres consiguieron crear equipo»
P.- ¿Qué es lo que vuelve realmente complicado a un adolescente?
R.- Los padres suelen quejarse de la apatía, el aislamiento o el cansancio de sus hijos. Hay que entender que el cerebro se desarrolla de atrás hacia adelante, y la corteza prefrontal —encargada del control de impulsos, la planificación y la regulación emocional— no madura por completo hasta los 25 o 30 años. El adolescente no es complicado por capricho; tiene comportamientos difíciles porque su cerebro biológicamente aún no está preparado para actuar de otra manera.
P.- En una entrevista reciente se mencionó que en su libro aborda la estructura familiar y la aceptación. ¿Qué dice la evidencia científica al respecto?
R.- La evidencia científica demuestra que al niño no le importa la estructura familiar en sí; le da igual vivir con un padre y una madre, dos madres, dos padres o un progenitor soltero. Lo que le afecta profundamente es vivir en un conflicto permanente. Hay que aceptar y querer al hijo exactamente como es. El rechazo familiar es una fuente de dolor devastadora para un menor.
P.- El acoso escolar es otra gran preocupación. ¿Cómo deben actuar los padres ante el bullying?
R.- El bullying es durísimo para el niño y para la familia; requiere el apoyo de los colegios y de toda la sociedad. Los padres deben mantener una comunicación constante con el centro educativo y es muy recomendable llevar un diario detallado con fechas, hechos y capturas de pantalla de los mensajes recibidos. Si es necesario, hay que denunciar y buscar ayuda profesional para toda la familia.
P.- A veces los padres proyectan sus propios traumas de la juventud en los hijos para evitar que sufran lo mismo. ¿Es un error?
R.- Es habitual proyectar miedos o querer darles las oportunidades que nosotros no tuvimos. Sin embargo, hay que diferenciar nuestra infancia de la de nuestros hijos. Hagas lo que hagas, tu pasado no va a volver. Hay que centrarse en quién es el niño hoy y en qué necesita él, no nosotros.
P.- ¿Cuál es el mayor defecto en la educación actual?
R.- La sobreprotección. Desde el amor profundo, se les evita cualquier dificultad, lo que les impide desarrollar sus propias capacidades. Al sobreproteger, el mensaje implícito que recibe el menor es: «Tú no eres capaz». Como decía María Montessori, no hay que hacer nada por un niño que él pueda hacer por sí mismo. Hay que permitirles fracasar, equivocarse y probar, sabiendo que estamos ahí para sostenerlos si se dan un golpe.
P.- En las reuniones de padres, ¿ha ejercido alguna vez de psicóloga con los hijos de los demás al ver comportamientos rebeldes?
R.- No, en absoluto. Sería insoportable. Si no piden opinión profesional, me mantengo al margen. Bastante juicio social sufren ya los padres como para que venga alguien a decirles cómo educar. Mi respuesta es un no rotundo.
P.- ¿Cuáles deberían ser las funciones diferenciadas del padre y de la madre hoy en día?
R.- La función es la misma: educar. Existen pequeñas diferencias biológicas en el juego cuando son muy pequeños. Los padres suelen practicar un juego más físico y enérgico que ayuda al niño a aprender a regularse emocionalmente tras la agitación, pero más allá de eso, las pautas de educación son muy similares.

P.- ¿Qué es más difícil de criar, un chico o una chica?
R.- He tenido cuatro hijos varones, así que no tengo la experiencia para comparar. Tampoco me he quedado con la espinita de no haber tenido una niña. Si hubiera llegado, habría sido estupendo, pero estoy encantada.
P.- ¿Qué proyecto literario tiene en mente para el futuro?
R.- Me gustaría escribir un libro sobre las madres. La mayoría de los manuales de maternidad se centran exclusivamente en el bebé y en cómo las acciones de la mujer influyen en él. Sin embargo, convertirse en madre supone una transformación brutal de la identidad, el cuerpo y las prioridades: un proceso llamado «matrescencia». Neurocientíficas como Susana Carmona demuestran que el cerebro de la mujer se reorganiza físicamente debido a las hormonas. Este cambio también ocurre, aunque de forma más lenta, en padres varones y en madres por adopción. Visibilizar la ambivalencia de la maternidad —que te puedes aburrir en el parque y seguir siendo una madre excelente— ayudaría a vivir el proceso con mucha más salud mental.
P.- Conceptos como «buena madre» o «mala madre» generan mucha presión.
R.- Son juicios de valor peligrosos que dependen de las creencias de cada uno. Trabajé con una madre agotada que dejaba que sus hijos de siete y ocho años se metieran en su cama cada noche a pesar de no poder dormir bien. Al preguntarle por qué lo hacía, me respondió que «es lo que hace una buena madre». Hay que revisar esas creencias porque, si te perjudican, conviene cambiarlas.
«En el colegio me decían: ‘Eres la hija de…’, pero nunca le di importancia. Esa era mi vida y mi peculiaridad, nada más»
P.- ¿Hasta qué edad es aceptable el colecho?
R.- El sueño genera mucha tensión. Por evolución natural, los niños acaban abandonando la cama de los padres; no conozco a ningún adolescente que siga durmiendo con ellos. Si la fórmula les funciona a la pareja y al hijo, no hay problema, pero si afecta a la relación conyugal, hay que replantearlo. En psicología se puede generalizar muy poco porque influye mucho el contexto de cada familia.
P.- ¿Cómo se gestionan las fases de mamitis o papitis?
R.- Desaparecen con el tiempo. Indican que el menor tiene un apego seguro y ve en su madre o padre su punto de protección. Poco a poco aprende que no necesita la proximidad física constante para mantener esa seguridad emocional. Nuestro objetivo siempre debe ser criar hijos independientes.
P.- ¿Funciona el miedo como herramienta educativa?
R.- No soy partidaria del miedo porque es una emoción paralizante que no ayuda a crecer. Soy partidaria de la información. Si no quiero que mi hijo vuelva solo por la noche, le explico los motivos y los riesgos reales de forma madura, pero sin implantar temores infundados.
P.- Toda la teoría de su libro, ¿consigue aplicarla en su propia casa?
R.- Intento aplicarla, pero cometo mil fallos, me equivoco y pierdo la paciencia como todo el mundo. La madre perfecta es un mito de las redes sociales y, además, no sería sano para un hijo criarse en la perfección absoluta. Como decía el psicoanalista Donald Winnicott, basta con ser una madre «lo suficientemente buena»: hacerlo lo mejor posible, asumir los errores y empezar de cero al día siguiente.
P.- ¿Considera que la religión facilita la crianza de los hijos?
R.- Creo que la religión aporta un sentido de pertenencia, comunidad y un propósito vital. En mi casa nos hemos criado así; somos católicos practicantes. Existen estudios que vinculan la religiosidad con mayores índices de felicidad, en parte por vivir las creencias en comunidad. Somos seres sociales y la soledad actual es un problema grave que afecta a la salud mental de adultos y niños. Necesitamos redes de apoyo de calidad.
P.- ¿Y en el caso de los padres divorciados, cómo afecta el proceso al menor?
R.- Las investigaciones demuestran que el divorcio en sí no perjudica al niño; lo que le daña es el conflicto latente entre los progenitores. Si una pareja convive entre gritos e insultos, el divorcio es una solución mucho mejor para el bienestar de los hijos. Tras la separación, hay un periodo de ajuste con un posible descenso en las notas o alteraciones del sueño, pero a largo plazo se recuperan y no existen diferencias con niños de familias unidas. El modelo de pareja que ven en casa es el que normalizarán en el futuro, por lo que hay que intentar ofrecerles un entorno lo más sano posible.
P.- ¿Deben los padres involucrarse en la educación sexual de sus hijos?
R.- Sí, debe hablarse de forma normalizada, aprovechando situaciones cotidianas, como una escena de una película, una noticia en la radio o un suceso del colegio. Lo mismo se aplica a las drogas o al alcohol. Puede resultar incómodo para algunos padres, pero hay que tratarlo, aportando información clara y sin necesidad de basarse en las experiencias personales de los adultos.
«Igual que educamos a nuestros hijos para la vida real, hay que educarlos para la vida digital»
P.- Respecto a las salidas nocturnas en la adolescencia, ¿se debe fijar un no rotundo a los 15 o 16 años?
R.- Depende de los valores de cada familia y la madurez del hijo. Lo fundamental es explicar los motivos del límite para que el adolescente entienda que no es una decisión arbitraria. Por supuesto que se va a enfadar, pero debe comprender el porqué. El entorno y las amistades del chico influyen mucho en la dificultad de gestionar esta etapa.
P.- ¿Es aconsejable manifestar a un hijo que no nos gustan sus amigos?
R.- Es un terreno muy espinoso. Criticar directamente a una amistad es contraproducente. Hay que permitirles experimentar y, si sufren un desencanto, estar ahí para dialogar. No podemos teledirigir sus vidas. Además, por lo general, los adolescentes eligen amistades afines a ellos en gustos, intereses e incluso rendimiento académico; buscamos a personas con las que enganchamos de forma natural.
P.- Hoy, Día del Padre, ¿cuál es el mejor consejo que le ha dado el suyo?
R.- Me enseñó a defender mis ideas, a dirigir mi propia vida, a esforzarme porque nada llega solo, y que ante los problemas, se llora un poquito y se sigue adelante.

P.- ¿Y el consejo más importante que usted les ha transmitido a sus hijos?
R.- Que tomen las riendas de su vida, que actúen conforme a sus valores y que vivan con la tranquilidad de intentar hacer siempre el bien sin dañar a nadie.
P.- El día que usted no esté, ¿cómo le gustaría que la recordaran sus hijos?
R.- Espero que recuerden que los quise muchísimo y que siempre busqué lo mejor para ellos.
P.- Terminamos con el test de El purgatorio. Si tuviera que enviar a alguien directo al cielo por ser una persona extraordinaria, ¿a quién elegiría?
R.- Barriendo hacia casa, enviaría directamente a mi abuela.
P.- ¿A quién enviaría al infierno?
R.- A todo aquel que hace daño a los demás de forma consciente.
P.- ¿Y al purgatorio?
R.- A quien ha causado dolor sin tener intención de hacerlo.
P.- Ana Aznar, muchísimas gracias por acompañarnos en El purgatorio. Nos veremos por Roma.
R.- Muchas gracias a usted, Mateo. Me lo he pasado muy bien.
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