El ojo que escucha. Parte II
«Le notaba cerca sin tocarme, compartíamos el aire y la intención»

Una pareja en un museo. | Freepik
Mañana ya era hoy y la hora, las doce, también. Ni antes para no parecer ansiosa ni después para no cagarla y perderme un buen inicio antes de empezar. Crucé la puerta con la sensación de no andar pisando la realidad y así, caminando más por la latencia de los posibles, creí verle. No me puse sujetador. Lo recordé al notar el roce de la camiseta sobre el pezón. Aterricé de golpe en mi cuerpo y lo llevé al ascensor.
Pulsé el botón y esperé. Cada segundo tenía un peso y un tamaño distinto. Cuando se abrieron las puertas, él estaba detrás; yo di el primer paso y él lo siguió, quedando delante de mí al girarme tras entrar en el cubículo del ascensor. Su cara era la de las fotos y el porte no me decepcionó. Me reí por dentro con fuertes carcajadas de bruja de cuento. No estaba tan nerviosa como creí que debería estarlo. Lo percibía cercano, conocido, como si hubiéramos dejado una frase a medias y anduviéramos a punto de terminarla entre los dos.
Las puertas se cerraron. Durante unos segundos no ocurrió nada más que el llanto del bebé del carrito que nos había colocado tan cerca que podríamos tocarnos sin resultar extraño. Alguien pulsó para subir. Subíamos. Le notaba cerca sin tocarme, compartíamos el aire y la intención. Le clavé los ojos en la nuca tratando de adivinarle desde ahí. Noté el pulso en lugares donde normalmente no lo registro; no eran nervios y si lo eran, eran de los buenos.
Me resultó importante recordar que mandaba yo, que podía no hacer nada; podría salir en la siguiente planta y limitarme a mirar cuadros, a cruzar salas, a salir por la misma puerta por la que acababa de entrar. Recordarlo me animó más a no hacer todo aquello que podía. Me dieron más ganas de lo que quería y fervientemente, quería jugar.
Salió del ascensor en la planta siguiente y le seguí detrás. Se paró a mirar algunas obras y le rodeé sin interrumpirle. Nos entendimos sin que hiciera falta explicar nada. Cuando al fin encontré su mirada, donde podría haber formulado una pregunta me anticipé con una confirmación. El caminar por las estancias cobró un hacer coreográfico; cada gesto resultaba armónico en el conjunto del anterior, el del otro y el posterior. Nos bailamos inevitablemente el uno al otro hasta el aseo más cercano. Sin mirarle, di el primer paso. Sabía que vendría detrás. Vino. Le cogí de la mano y le guié hacia un rincón. Entonces me postró sobre la pared con la mirada brillante y me subió los brazos hacia arriba como si quisiera medirlos en longitud. Así me besó con un beso tan afín a los míos que la cadera se me despegó de la pared como un imán que se dispara. Le reconocí como quien reconoce un lugar al que nunca ha ido y sabe, en esa pausa de la acción donde cobra voz el pensamiento, que nunca volverá. El juego acababa de nacer fuera del imaginario y yo ya conocía la fecha de su muerte. Me cogió de la cintura tan fuerte que me pudo levantar. Le rodeé con las piernas, apretándole el torso con las rodillas. De nuevo ese beso afín, esas lenguas compenetradas, esos labios esponjosos que me hacían querer que me apretara más fuerte contra la pared. La soledad revelada en las obras de Hammershøi invitaba a los visitantes a sumirse especialmente en el silencio. No mediamos palabra, cara a cara nos escuchamos con los ojos, y sin decirnos, terminamos de follar y pestañeamos un adiós.
