He convertido mi agenda en un club de jugadores donde muevo los hilos a mi antojo. Es lo divertido de algunos hombres, que entran al trapo con facilidad. Es lo divertido de algunas mujeres, que entran al trapo con originalidad. La agenda se divide en improvisados e imposibles. A algunos y algunas les conozco. A otros, no. Lo que importa aquí no son ellos ni ellas; ni siquiera yo. La protagonista principal es la historia en sí misma, como si anduviéramos a merced de una mente juguetona superior.
Una vez, uno de los improvisados, de los que nunca llegarán a conocidos, terminó cada una de mis frases anticipándose a mí. Parecía instalado en mi cerebro. Rellenaba mis puntos suspensivos tendiendo sobre ellos mis ideas desde sus dedos. Suficiente para activarme las tremendas ganas de jugar que suelo tener. ¿Lo hacemos?, le dije y, cómo no, antes de terminar de escribirlo ya me había dicho que sí.
Imaginábamos que dos extraños se encontraban en el ascensor de un museo. Ella, aburrida por el parecido de los días entre sí, había salido a pasear en búsqueda de una actividad en la ciudad que no requiriera acompañamiento. Una exposición le parecía un plan perfecto. Al entrar en el museo, el entretenimiento resultó serle otro. Le vio a él y solo con eso, con verle, decidió que era un hombre interesante. No necesitaba saberlo ni comprobarlo ni acertar; con imaginarlo le bastaba para seguirle y fijarse en qué se fijaba, y mirar qué miraba para poder adivinar sobre lo que pensaba. Él no se percataría de la presencia de ella; sin embargo, ella acortaba cada vez más la distancia entre los dos. No haría falta un gran gesto. La presencia mantenida y constante, esa sensación que da en la nuca cuando alguien te clava la mirada, la vibración en el vello de la piel que te dice que alguien anda muy cerca… Todo eso se dio tanto que al final no podría más que girarse y verla. En el plan, ella le cogería de la mano sin mediar palabra, le llevaría al lavabo de hombres y le empujaría dentro del cubículo para bajarle los pantalones y comerle entero sin haber mediado ni una sola palabra. Una fantasía arriesgada y tan cutre como el calentón de un momento de siesta de un jueves por la tarde. No hicieron falta grandes verbos ni rocambolescos adjetivos para lograr que el coño bramara bajo el pijama y me dieran ganas de calmar tanto llanto. Él sabía qué decirme, pues adivinaba tal y tanto como le iba a decir yo. ¿Y si lo hacemos?
Me mandó un enlace: «Hammershøi. El ojo que escucha. Museo Nacional Thyssen-Bornemisza». Luego una fecha y una hora con una indicación: «no lleves sujetador». Tenía menos de 12 horas para tomar una decisión. Quizás el tipo no era en realidad el de las fotos. Yo misma había subido mis mejores ángulos a la app, quizás se llevara una decepción. Más tarde pensé que me importaba poco su cara o el cuerpo; si aparecía, la historia se iría contando sola en mi contra o a mi favor. Me gustaba jugar y un riesgo asumible forma parte de las cosquillas que me acompañaron de fondo en el transcurso de esas horas. Además, hacía tiempo que no pasaba por el Thyssen y ni me había enterado de esa exposición. Dejé de pensarlo; si seguía con ello, la razón apagaría el deseo y se llevaría sensatamente por delante toda la diversión.
«Mañana a las 12.00», contesté apartando por un rato el móvil, volviendo al trabajo, a la pantalla del ordenador.
Continuará

