The Objective
Mi yo salvaje

Sesenta segundos 

«Saúl, medio dormido, se acercó más, buscándola por el instinto que te lanza a perseguir el cobijo caliente»

Sesenta segundos 

Un hombre y una mujer. | Freepik

Se dieron media vuelta al sonar el despertador y se encontraron el uno al otro en la cama. Comenzaba a haber luz y entraba reptando por la ventana. No era temprano, el día ya había empezado sin ellos y en ese giro, al encontrar el calor del otro, se les hizo aún más difícil ponerse en pie. Amanda gimió como un cachorro destetado. Saúl, medio dormido, se acercó más, buscándola por el instinto que te lanza a perseguir el cobijo caliente. La piel de Amanda le daba ganas de aplazar el mundo. Qué hostil resultaba cualquier cosa que no fuera olerla y patinar sobre la suavidad de su piel. La rodeó con el brazo y apoyó la frente en su cabello respirando despacio. Ella no se apartó; al contrario, se acomodó en ese abrazo con un suspiro, con ganas de quedarse ahí un poco más, entre el sueño y la vigilia. Durante unos segundos estuvieron a punto de volver a dormirse, ajenos al reloj, al trabajo y a todo. 

Amanda rogó al aire y sin abrir los ojos, un minuto más. Él la apretó un poco más para sí. La polla de Saúl sonrió y asintió con la cabeza fuertemente para mostrar su absoluta aprobación. Amanda le recordó que Saúl le dijo que sí, que ya. A lo que ella le contestó, agarrándole la polla por la base, que lo decía en serio, que era muy tarde. Saúl volvió a respirarle el pelo y se tropezó la nariz con su oreja. Amanda entreabrió los ojos para mostrar absoluta rectitud y añadió en voz baja: «Pero de verdad…solo uno», mientras deslizaba su mano hacia la punta del glande. 

Cincuenta y nueve; Amanda marca, del boleto de apuesta, las casillas de siempre. Acudir a la cima del Everest de Saúl no suele dar fallo en el tiro y Amanda comienza a amasarle los lados del glande con la piel de su propia carne. 

Cincuenta y ocho, cincuenta y siete,  cincuenta y seis, cincuenta y cinco; le desliza la otra mano por los muslos. Acaricia la cara interna; le palpa los huevos como calibrando su peso; se deja caer hacia los glúteos y disfruta de su suavidad y redondez. El culo de Saúl es terso y algo velludo, como la cabeza de un peluche con piel de melocotón.   

Cincuenta y cuatro, cincuenta y tres, cincuenta y dos, cincuenta y uno, cincuenta; se besan con los labios cerrados, esperando que la saliva les licue el aliento espeso de la mañana. Cuarenta y nueve, cuarenta y ocho, cuarenta y siete, cuarenta y seis, cuarenta y cinco; las lenguas se buscan con timidez y la dureza de Saúl aumenta dos puntos más. 

Cuarenta y cuatro, cuarenta y tres, cuarenta y dos, cuarenta y uno, cuarenta, treinta y nueve, treinta y ocho, treinta y siete, treinta y seis; Saúl aprieta  el pecho de Amanda y ella le dice que se agarre fuerte, no se vaya a caer; treinta y cinco, treinta y cuatro, treinta y tres, treinta y dos, treinta y uno, treinta, veintinueve, veintiocho, veintisiete, veintiséis; se comen la boca con mucha saliva y Amanda le desliza la mano a todo lo largo del pene en ambas direcciones polares. 

Veinticinco, veinticuatro, veintitrés, veintidós, veintiuno, veinte, diecinueve, dieciocho, diecisiete, dieciséis; le tira con la otra mano de la base y la piel del tronco de su polla se tensa. Saúl da un respingo. Quince, catorce, trece, doce, once, diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro; los besos se han acelerado y Saúl se agarra a las tetas de Amanda como si fueran dos boyas y estuviera a punto de ahogarse. Amanda le suelta la polla de la base. 

Tres, dos, uno; y acelera, acelera, acelera, acelera, acelera. Un latido compartido les lanzó al día como el golpe seco de las agujas del reloj.  

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