The Objective
Mi yo salvaje

De amores y nostalgias

«Con el brillo de su guirnalda de luces el patio se llena de posibilidades de historia»

De amores y nostalgias

Un grupo de amigos cenando en una terraza. | Magnific

Todas y cada una de las noches, las bombillas de la guirnalda de la terraza responden a la luz captada durante el día con un parpadeo amarillo intermitente. Eso pasa cuando no han salido a la terraza al atardecer, en los días fríos o en los que no están en casa. Desde la ventana no lo puedo saber con certeza, pero sí sé que muchos otros días no parpadean. Esos otros, las bombillas iluminan de soslayo el ojopatio donde vierten las ventanas posteriores de cada vivienda, como si fueran varios agujeros de un culo común. 

Desde mi ventana les oigo reír con acento argentino. Hablan en un tono muy agudo; también cuando pelean. La luz amarillenta de la guirnalda les enmarca en una imagen fílmica, instagrameable, y me convenzo de que solo en una terraza como esa, iluminada de tal manera, se puede tener acceso a la felicidad

A veces les oigo discutir, pero también les oigo hacerse bromas entre sí cuando llenan el patio de luces con un puñado más de voces y olor a carne a la brasa. A veces, les dan las tantas y el eco de sus voces agudas entra golpeando las ventanas hasta pasada la medianoche. Un vecino les grita que se callen y en el patio reverbera su voz de ogro envidioso. 

Amanda también tiende la ropa en su terraza, y seca tomates, y alimenta un gato que les llega por el tejado del edificio colindante, y habla por teléfono con alguien que debe de estar muy lejos porque le alza mucho la voz. Saúl riega, abona y mima a las plantas comprándoles tiestos ajustados a su tamaño, y barre con cubos de agua que al oírlos lanzar me dan sed, y respira apoyado en la baranda desde donde adivino que ve la calle, y destiende la ropa que tendió Amanda el día anterior. Eso fue lo que le chilló una vez a pleno pulmón, que parecía ciego, que lo hacía todo ella sola y que no había siquiera destendido la ropa del día anterior. No les he vuelto a oír en una de esas; parece que tras eso llegaron a entenderse, ajustando de aquí y de allá, haciendo la vida juntos lo mejor que saben y pueden cada uno de los dos. 

Juntos atusan la lona tensada que usan como sombrilla. No es fácil y por donde a uno le tira, al otro le cede; consiguieron mantener el tipo y se dieron un beso al final de la función. 

Con el brillo de su guirnalda de luces, el patio se llena de posibilidades de historia. El resto de ventanas aparecen veladas, con cortinas gruesas que me impiden el acceso a su interior. Unas vecinas asiáticas a veces le gritan al móvil buscando una mejor señal por el hueco de la ventana; una señora mayor de rasgos europeos se preocupa de que la cortina siempre quede bien cerrada y una joven romaní tiende la ropa de su hijo adolescente en las cuerdas de este lado de su casa. Poco más. 

El patio llegó a ser blanco en algún momento de su historia y, al atardecer, cuando las bombillas pequeñas de la guirnalda comienzan a brillar, la imagen se torna mediterránea, de anuncio, con ese lucido nostálgico de los barrios poco acaudalados. Amanda y Saúl suenan en la treintena, aunque sus rasgos les desvelan una década más. Se conocieron en Madrid, un día que uno oyó el acento del otro al pedir una birra y no pudieron dejarlo pasar. Les acercó la lejanía de los suyos, se descubrieron afines en la añoranza y, después, advirtieron que no lo eran en mucho más. Amanda y Saúl llenan de futuro y ternura las vetas negras marcadas por la lluvia en la pared de enfrente de mi habitación. Que sigan brillando mucho y por siempre esas múltiples bombillas de su rincón.

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