The Objective
Mi yo salvaje

La nueva no es mejor que yo

«Recordé nuestra historia como la primera temporada de una serie de televisión.»

La nueva no es mejor que yo

Imagen creada por la IA.

Lo primero que hice cuando vi su nombre en una historia de Instagram fue no respirar. Lo segundo fue entrar en su perfil. No era lo que esperaba. Durante varias semanas había imaginado una especie de criatura superior: una más joven, con ojos de dibujo animado y una vida que no necesitaba filtro. Alguien tan culta, divertida, extrovertida y adinerada que justificara el final de nuestra historia. Alguien que me obligara a decir, con cierta dignidad: «Claro, cómo no, lo entiendo». Pero no.

La nueva tiene una sonrisa normal y un pelo normal; un trabajo que no entendí del todo, pero que no me parecía nada extraordinario. Incluso viste como vestimos todas cuando no nos esforzamos por impresionar a nadie. Y eso creo que fue lo que me sentó peor de todo: lo tremendamente común que era.

Me asaltó algo parecido a la indignación, como si en mis trapicheos con el universo este hubiera faltado a su palabra rompiendo un acuerdo tácito. Se me arquearon las cejas y alcé el labio superior para subrayar lo desagradable de aquella impresión. Si no quería hacer la vida conmigo, al menos que fuera con una mucho mejor, ¿no?

Pasé los días siguientes en silencio, rumiando. Atrapada por el brillo al máximo de la pantalla, los barrotes de mi celda estaban escritos en inglés: entre el scrolling infinito del feed, los reels y los captions, iba y venía por su vida como quien pasea por el laberinto de El resplandor. Miré sus fotos antiguas, sus viajes, sus amigas. Observé su ropa, sus ademanes, su pelo. Intenté encontrar la pista de una superioridad oculta con la que no lograba dar. Empecé a obsesionarme con detalles absurdos, buscando similitudes entre ambas que garantizaran que, cuando la mirara a ella, todavía le aparecería yo. Un trozo, un poco, un rastro de lo que fui para él.

Saúl aparecía en algunas fotos. No parecía distinto. Sonreía igual que conmigo. Le mentí a mis amigas. «Amanda, ¿estás bien?» «¿Yo? Mejor que nunca, genial, fenomenal, ¿por?» Me parecía estupendo que mi rutina diaria ahora incluyera abrir su perfil tres veces al día, y así, poco a poco, comenzó a resultarme familiar. No la odiaba. No del todo. Ni siquiera me desataba un instinto de rivalidad. Me invadía la confusión. Conquistar a Saúl no consistía en cumplir un conjunto de reglas jerárquicas y claras. No había un ranking donde compararse y poder ganar o perder con justicia poética. Eso lo desordenaba todo. Quizá era hora de olvidarle y echar a correr.

Recordé nuestra historia como la primera temporada de una serie de televisión. El narrador me describía deshaciéndose en halagos con el tono de quien anuncia un incomprensible giro en la trama. Saúl se rebeló del guion y dio pasos hacia la puerta de atrás del plató. Nadie sabe explicarme los criterios del amor.

Un día tan corriente como ella, dejé de buscarla más. Me sentí ligera; después, rara, como si echara de menos a un familiar. Esa noche soñé con ella. No era fea ni guapa. Estaba en la cocina de Saúl haciendo algo simple, como hervir agua. Yo la miraba desde la puerta, esperando que ocurriera una revelación dramática. Pero no, no pasaba nada: solo el sonido del agua calentándose.

Tal vez no me habían cambiado por alguien mejor o peor. Tal vez ni siquiera es que Saúl me hubiera cambiado, porque lo nuestro, esa historia, no podía contarse sin mí; ya no existía. Se extinguió como la última brasa de un fuego. Se quedó sin trama, sin ilusiones, sin recorrido, sin sentido, sin él y sin mí. No había moraleja. Tampoco drama, ni rabia, ni consuelo elegante. Solo la certeza de que ya no había nadie ahí.

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