The Objective
Mi yo salvaje

Ningún argumento razonable que lo explique

«La memoria tiene formas extrañas de activarse ante ciertos recuerdos y es curioso porque ni siquiera me acordaba»

Ningún argumento razonable que lo explique

Una mujer y un hombre sobre la cama, sentados, al lado del otro. | Freepik

Como un vídeo corto de ocho segundos, la imagen se me repetía una y otra vez. No podía defender bien esta fijación sin que me apareciera un punto de humillación. Me fui a la cama con Saúl más de una vez y no contaba con un buen argumento para explicar por qué. No era guapo. No era divertido. Besaba raro. Si me preguntaban qué tenía el chico con el que me acostaba, me quedaba en blanco y aparecía esa imagen en vídeo corto de ocho segundos, repetida, cíclica, como un gusano que gira en tu mente intentando alcanzarse la cola.

No es que piense en él a todas horas y todos los días. Entendería más lo que me pasa si fuera así; podría saberme gustosa de él, interpretar lo que me ocurre y acercarme con ánimo de quedarme ahí y ver qué tal. Pero no, lo mío era peor. No me gustaba ni me nacía pensarle cerca. Lo mío aparecía de pronto; en el metro; esperando que hirviera el agua de la pasta; mirando la montaña de ropa para doblar sobre la silla. La memoria tiene formas extrañas de activarse ante ciertos recuerdos y es curioso porque ni siquiera me acordaba de la mayor parte de la primera noche. Se había desvanecido junto a mi juicio. Había un empalme mal recortado de la cinta y pegado con celo donde pasaba de una escena emborronada a negro; luego la escena y de nuevo a negro; como si hubiera un gran problema en el montaje de la historia. Conversaciones enteras desaparecieron de mi memoria como escenas mal editadas. Y en medio de todo, brillante e impoluto, un instante seguía intacto.

Quizás para él ahora eso era una tontería, un detalle mínimo. Algo que probablemente ni siquiera recordara. Pero no había sido así para mí; se me había adherido a una esquina absurda del pensamiento y parecía dispuesto a quedarse a vivir ahí para siempre.

Durante semanas intenté degradar aquella historia para volverla manejable. Convertirla en algo anecdótico. Resaltaba lo que no me gustaba, aquello que no me daban ganas de repetir. Aquel polvo había sido malo y los siguientes también. Sin embargo, el cuerpo insistía en darle otro rango. Uno más cercano a la presencia de algo que no llegaba a ser él. Resultaba incómodo echar de menos a alguien que no echas de menos. Me gustaba despreciarle y buscaba, en sus manos, su desprecio por mí. 

Cuando Saúl me penetró el culo con dos de sus enormes dedos —justo antes de levantarme de la cama para irme—, tras un polvo que dejaba mucho que desear, no lo hizo con el ánimo de ponerme cachonda y seguir con la supuesta diversión. Se preguntó sin interrogaciones: « A ver cómo tienes el culo». Zampó los dedos secos hacia dentro, dejando un rastro de escozor, y los sacó. 

Saúl me cató el culo como se navega en la vagina de un animal, sin muecas de ganas o gusto, con el arqueo de las cejas que surge de la exploración. 

Los sacó y se giró. Se encendió un cigarro y me preguntó sorprendido, «¿te vas?» , ahora sí, poniendo mucho énfasis en la entonación. «No, solo me pongo las bragas por si te da de nuevo por probarme el culo sin la venia». Me tumbé a su lado y le pedí fuego. Fumé mientras el culo me ardía de ganas. Quería más. Me puse las bragas para sostener mi dignidad, la poca que me quedaba. Quería que me la arrebatara entera, que despreciara mi culo tanto como le despreciaba yo a él por haber dejado un rastro de honor del que tener que hacerme cargo. Los dedos de Saúl iluminaron un camino de entrega que no podía dejar de mirar. No cuento con ningún argumento razonable que pueda explicar mis ganas de desfallecer junto a él. 

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