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Opinión

Carlitos Alcaraz, sólo para sus ojos

«En el deporte hay deportistas y selecciones dignos de contemplar, obras de arte, y Alcaraz es uno de los elegidos»

Carlitos Alcaraz, sólo para sus ojos

Carlos Alcaraz, durante su partido en Wimbledon contra Nicolás Jarry. | Toby Melville (Reuters)

Ni soflamas ni gaitas: el que vale, vale. En cinco días de junio, que no es la película de Michel Legrand y Annie Girardot; entre el 20 y el 25, Alcaraz se sometió a un ejercicio severo de adaptación a la hierba. Ganó los cinco partidos de Queens y recuperó el número 1. Carlitos es la monda. En el primer contacto, sufrió frente a Rinderknech; extrañaba la superficie; no encontraba el sitio, ni la postura ni los golpes. Cedió el primer set (4-6). Luego se soltó y así hasta el infinito y más allá -he visto demasiadas películas-. Lehecka, Dimitrov, Korda y Minaur cayeron a plomo. En el último partido contra el mejor rival recurrió a los servicios del fisioterapeuta. Problemas musculares, ¡ay! ¿Susto o muerte? Lo primero. La imagen del joven prodigio, acalambrado en Roland Garros frente a Djokovic, reverdeció y nos aterró. No por ese día sino por todo lo que está por venir. ¿Será de cristal? Y así, entre dudas razonables, llegó a Wimbledon, con un 14 en la EBAU y la sospecha de que a su cuerpo, todavía en proceso de crecimiento, le podría estar exigiendo demasiado. 

Martes 4 de julio, expectación en Londres porque debuta Carlos Alcaraz. El verde de la Central, todavía inmaculado, rabioso, aún a sabiendas de que terminará pardusco, pelado, en las zonas de saque: es lo que tiene la hierba, que ni Natalie Wood abrazada a Warren Beatty conseguiría sacar a la luz («bring to light»). Carlitos frente a Jérémy Chardy, un veterano de 36 años a quien la vacuna (Pfizer, dice él) contra el coronavirus le dejó hecho unos zorros. «No podía ni entrenarme, de los dolores»; entonces pensó que, asumida la retirada tras un año de misterios dolorosos, mejor Wimbledon que la Philippe Chatrier. Su problema fue el adversario. Charlie, cada partido más a gusto en la novedosa superficie, no le dio cuartel (6-0, 6-2 y 7-5), tampoco a Muller (6-4, 7-6 y 6-3), ni a Jarri ‘el Fuerte’ (6-3, 6-7, 6-3 y 7-5) al día siguiente. Alcaraz, en plenitud de forma, sin problemas musculares, sin calambres, sin molestias evidentes, es un tornado. Domina todos los golpes y ver cómo los ejecuta es un espectáculo, no sólo por las dejadas.

«No le exijamos y no le comparemos con Nadal, lo cual no es justo ni para el mito, aún en activo, ¡un respeto!, ni para el aspirante«

En el deporte hay deportistas y selecciones dignos de contemplar, obras de arte, y Alcaraz es uno de los elegidos. Verlo jugar es revivir los partidos de la España imperial, única, de Luis y Del Bosque; o aquel Barça irrepetible de Guardiola, porque Puyol, Xavi, Iniesta y el Messi que se fue para no volver ya no están; o el Brasil del 70, con Pelé, Tostao, Gerson, Jairzinho y Rivelino; o el glorioso Madrid de Di Stéfano, Kopa (después, Mateos), Rial, Puskas y Gento. Ejemplos de esos que compensan el precio de la entrada hay suficientes; pero selectos, exquisitos, exclusivos, no tantos, y Alcaraz es uno de ellos. Carlitos, «sólo para sus ojos», como Carole Bouquet para Roger Moore, el segundo Bond, James Bond. Mas no le exijamos y no le comparemos con Nadal, lo cual no es justo ni para el mito, aún en activo, ¡un respeto!, ni para el aspirante. Que la presión no lo desborde, como el año pasado, cuando, susurran, le ocurrieron tantas cosas que se distrajo. Que vaya poco a poco, «partido a partido», que se beba la vida a pequeños sorbos, no a tragos, y que disfrute para que, como Serrat, pueda decir dentro de veinte años aquello de hace veinte años que tenía veinte años y se sienta realizado, completo, pletórico y orgulloso.

Porque en esto del deporte, como en eso de la vida, cada paso en falso coincide con la llamada del cartero cuando se dibuja en el umbral con la multa, o la factura. El ínclito Joan Gaspart, tan suyo, tan forofo y tan desaforado, dilapidó la fortuna que cobró por la fuga de Figo y el Barça no se rehízo hasta que Joan Laporta encontró a Guardiola, apuesta arriesgada, a cara o cruz, y salió cara. Pero como de éxito también se muere, al nuevo Barça del renacido Laporta, con una deuda de 4.170 millones de euros (1.350, en incandescentes números rojos actuales, más 1.450 del Spai Barça, más 1.370 de intereses por el crédito del Spai), se le mueren los conejos en la chistera, aplastados por las palancas, de ahí el acecho de la Sociedad Anónima Deportiva, de momento sólo un fantasma.

¡Cuatro mil millones!, algo menos de la mitad de lo que Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda del Gobierno, piensa distribuir, si toca pelo, entre los jóvenes de 18 años, vivan en un ático, un adosado, una mansión, un semisótano o una chabola. Parecía que hablar de millones y millones y venga millones era cuestión del fútbol, como parte de su normalidad. ¡Miau! Esas sumas en ocasiones groseras avanzan en territorio político a la velocidad de Alcaraz en cualquier cancha de tenis. Nos lo tragamos, ¡glups!, sin detenernos a pensar que la deuda azulgrana es superior a los 3.010 millones del presupuesto del ministerio de Sanidad, pese a las carencias en la atención primaria. O que la generosidad de la líder de Sumar, si suma la cuestión sanitaria al ministerio de Educación (5.976 millones) y al de Cultura y Deportes -con el bono cultural incluido- (1.804 millones) equivale, más o menos, a estas partidas presupuestarias que son tan cortas como necesarias; nunca una táctica electoral. Pero estamos en campaña, cuando todo vale. «Tú eres el parque de caravanas y yo el tornado», le dijo Beth a un encarnizado rival en «Yellowstone». Cuidado, Yolanda, ni eres Beth ni Carlitos Alcaraz, patrimonio de los españoles… y de la humanidad.

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