La realidad de los sistemas 'anticopia' de la PAU: «Son solo para disuadir»
Más de 300.000 alumnos se presentan este curso a la PAU en España, regulada por dispositivos de radiofrecuencia

La vicerrectora de Estudiantes de la UCM, Rosa de la Fuente. | Alberto Ortega (Europa Press)
Los detectores de radiofrecuencia que han llegado por primera vez a la PAU —Pruebas de Acceso a la Universidad— madrileña no son capaces de blindar por completo los exámenes. Su alcance es limitado porque solo pueden alertar de señales activas, pero no siempre permiten identificar al alumno ni demostrar por sí solos que se ha producido una copia. En aulas llenas, con controles aleatorios y posibles falsos positivos, su valor principal es alarmar a los estudiantes de evitar copiar, asegura Jesús Alcalde Alcázar, especialista en ciberseguridad y cofundador de Flameera.
La Comunidad de Madrid ha estrenado este lunes 1 de junio estos dispositivos durante los exámenes de acceso a la universidad. La medida afecta a los 42.047 alumnos que se presentan en la región y se aplica en las seis universidades públicas madrileñas: Complutense, Autónoma, Politécnica, Carlos III, Alcalá y Rey Juan Carlos.
Los métodos de copia ya no pasan únicamente por el móvil escondido o la chuleta de papel, que además quedan fuera del alcance de estos nuevos sistemas si no emiten señales. Micropinganillos, relojes inteligentes, cámaras camufladas y gafas con inteligencia artificial generativa abren un nuevo escenario en el sistema educativo.
Qué detectan estos sistemas
Su función consiste en rastrear emisiones inalámbricas en el entorno del aula, como las que pueden producir un móvil encendido, un pinganillo conectado, una cámara oculta o un dispositivo que envía información exterior. El especialista en ciberseguridad compara su funcionamiento con el de un mando de garaje. Cuando se pulsa el botón, se emite una señal. El detector, en este caso, actúa como un receptor que escucha el ambiente para localizar la actividad sospechosa.
Ahí está su principal punto débil: solo detecta si existe una señal en ese momento. Si el dispositivo está apagado, no está recibiendo información o funciona con una grabación previa, el detector tiene poco margen de actuación. «Si no existe esa señal, es muy complejo», explica Alcalde.
Por qué se han implantado ahora
La vicerrectora de Estudiantes de la Universidad Complutense de Madrid, Rosa de la Fuente, ha señalado que preocupan especialmente los dispositivos imperceptibles, como los micropinganillos o las gafas de inteligencia artificial generativa. La medida se ha planteado como una prueba piloto y se revisará en próximas convocatorias.
Más de 300.000 alumnos se presentan este curso a la PAU en España. En Madrid, los exámenes se celebran del 1 al 4 de junio y han arrancado antes que en la mayoría de comunidades autónomas. El movimiento de Madrid no es aislado. Al menos 13 administraciones autonómicas han autorizado o incorporado este año detectores de radiofrecuencia o controles tecnológicos similares.
Detectar no es bloquear
El detector es pasivo, puede localizar señales, pero no interfiere en ellas. En cambio, una opción más efectiva sería el inhibidor, capaz de emitir ruido electromagnético para bloquear comunicaciones móviles, WiFi o Bluetooth. El problema está en las restricciones que existen en España sobre estos sistemas, debido a sus posibles consecuencias sobre las comunicaciones de emergencia o las redes cercanas. Por eso, las universidades han optado por una vía más accesible.
Modelos comerciales como el K18 RF-GS, utilizado como referencia en este tipo de controles, pueden rastrear frecuencias asociadas a los distintos dispositivos. También incorporan aviso por vibración, lo que permite al vocal actuar sin romper el silencio del aula.
Falsos positivos y controles aleatorios
Es posible detectar una señal, pero no saber con precisión de quién procede. En un aula con decenas de alumnos que están rodeados de elementos que pueden interferir, atribuir una alerta a una persona concreta puede ser complicado.
Alcalde recuerda que, para localizar con exactitud el origen de una emisión, habría que triangular la señal. Eso exige una colocación adecuada de antenas y un procedimiento más complejo que pasar un detector de mano por el aula. Por eso, el propio protocolo contempla que no siempre se puede señalar a un estudiante en el momento.
También pueden producirse falsos positivos. Una llave del coche, un aparato cercano o una señal procedente de otro espacio pueden activar una alerta sin que exista fraude. Si el detector vibra, el examen se marca y el alumno continúa la prueba para asegurar la presunción de inocencia. Después, será el tribunal de sede quien determine si hay falta grave y qué gravedad presenta.
El principal beneficio de estos beneficios es la disuasión. Saber que estas medidas son reales reduce la tentación de copiar. Aun así, los alumnos pueden recurrir a métodos tradicionales que no dejan un rastreo electrónico. La radiofrecuencia puede cubrir una parte del problema, pero será necesario reforzar las medidas de control o replantear los sistemas de evaluación.
