Rusia tiene un satélite capaz de apagar los GPS europeos y alguien le ha cogido la matrícula
El Kremlin podría sembrar si quisiera el caos desde el espacio con solo darle a un botón

Lanzamiento del Kosmos 2546 el 22 de mayo de 2020.
Al principio se lo tomó como una broma. El mensaje recibido en la Universidad de Texas por el profesor Todd Humphreys le pedía que mirase dos días concretos, en horas exactas, dentro de un conjunto de datos recogido años antes y disponible en internet. Eran registros de 2021, registros que cualquiera podía haber consultado antes que él, pero que nadie lo había hecho. O al menos, nadie que hubiera mirado dónde y qué había que mirar.
Lo que Humphreys y su estudiante Zach Clements encontraron no tenía precedentes. En un instante exacto, receptores GPS repartidos por toda Europa habían registrado un mismo fenómeno: una caída abrupta en la relación señal-ruido de aproximadamente un factor de diez. La señal de navegación había sido sencillamente aplastada. Algo había interferido las emisiones.
Y no había sido en un punto, ni en una ciudad. Ni siquiera una pequeña región. Había sido en un área que abarcaba desde España hasta el norte de Noruega si miramos de norte a sur, y desde el oeste de Canadá hasta el este de Polonia, echando un vistazo de oeste a este. Humphreys y su becario estuvieron estudiando el registro histórico, y el patrón aparecía más veces. Desde 2019 registraron 75 apagones, con la misma firma, y con el mismo epicentro: Kaliningrado.
Este enclave ruso militarizado, una especie de Andorra moscovita, encajado entre Polonia y Lituania en el Báltico, tiene una bien merecida fama de fuente de interferencias electrónicas. Con Moscú por medio y en plena guerra con Ucrania, es un sospechoso obvio, pero había un problema. Ninguna torre terrestre, por alta que sea, puede afectar de manera simultánea a casi un tercio de la superficie terrestre; la curvatura del planeta lo impide.
Para afectar a todos esos receptores a la vez, la fuente tenía que estar, usando los supuestos más conservadores, a no menos de 1.200 kilómetros de altitud. Bastante más alto que la Estación Espacial Internacional, que fluctúa alrededor de los 400 km.
Los satélites transmiten señales con una potencia de apenas 50 vatios, el consumo de una bombilla de baño. Cuando esa señal llega a la superficie, su potencia ha caído de manera espectacular, y solo sistemas muy desarrollados como los GPS, teléfonos móviles o relojes inteligentes son capaces de leerlos o interpretarlos.
Pero esa señal es tan pequeña que, para neutralizarla, basta con que sobre el receptor caiga una señal más fuerte. Eso se llama jamming, y lo que alguien o algo estaba haciendo era exactamente eso, pero a una escala que los investigadores calificaron de «sin precedentes». La interferencia estaba concentrada en una franja muy estrecha y centrada en 1.577,5 megahercios, que es justo la zona del espectro que usa el GPS.
No era una tormenta solar, cuya firma es amplia y global. Tampoco un fallo técnico, porque de manera registrada, los eventos ocurrían casi siempre martes, miércoles y jueves, en horario laboral europeo. Alguien, en algún lugar, estaba apretando un botón de forma metódica y deliberada.
Localizar un transmisor en tierra es —relativamente— sencillo. El proceso de búsqueda es casi pedestre; cuanto más te acercas, más fuerte es la señal. Localizar a uno en órbita es un problema diferente.
Los investigadores usaron un filtro sencillo: el satélite responsable tenía que estar por encima del horizonte para poder afectar a todas las estaciones implicadas al mismo tiempo. En la actualidad, hay más de 15.000 satélites activos en órbita, pero los cálculos y geometrías permiten eliminar más del 98% de ellos. Quedan unos 200, en su mayoría en órbitas altas o geoestacionarias.
Los sospechosos habituales
Cuando Humphreys fue eliminando posibles implicados, su lista se redujo a 14 sospechosos. Uno de ellos, un satélite argelino con documentación pública y que incluía un transmisor en la banda correcta, parecía el culpable. Pero cuando examinaron los datos de seguimiento durante los propios eventos de interferencia, descubrieron que su señal también había caído. El satélite argelino no era el agresor: era otra víctima.
Quedaban otros 13. El problema es que carecían de documentación pública que permitiera descartarlos o incriminarlos con certeza. La investigación llevaba cuatro meses atascada cuando Humphreys decidió hacer pública su investigación en la Conferencia del Instituto de Navegación en Baltimore, en septiembre de 2025.

Los presentes en la sala se arrellanaron en sus asientos y se lo tomaron como un reto. El Centro Aeroespacial Alemán apuntó una gran antena parabólica hacia los satélites candidatos y esperó. Nada. Pasaron semanas sin movimiento hasta que Humphreys recibió un correo electrónico que le hizo saltar en su asiento.
Alguien había capturado la señal de radio bruta en dos estaciones, Ámsterdam y Trondheim, durante un evento de interferencia registrado el 11 de febrero de 2026. Si la señal llegó a Trondheim 139 microsegundos antes que a Ámsterdam, la fuente tiene que estar más cerca de Trondheim que de Ámsterdam. Estaban triangulando al satélite asesino.
En términos matemáticos, esa triangulación dibuja un espacio denominado hiperboloide. El margen de error de esa superficie, extendiéndose hacia el espacio, era de apenas cinco metros. Tras realizar los cálculos por separado, tanto el profesor como el alumno, ambos coincidieron en que su sospechoso estaba en un área de 200 metros. El único culpable posible era un satélite ruso: El Kosmos 2546.
No es un desconocido
El Kosmos 2546 fue lanzado el 22 de mayo de 2020, lo que significaba que no podía explicar los eventos de 2019. Pero no está solo, sino el cuarto de seis. Forma parte de una constelación de satélites que el Kremlin opera como parte de su sistema de alerta temprana de misiles balísticos, el equivalente ruso al Golden Dome que está construyendo Estados Unidos.
La constelación vuela en órbitas Molniya. Dibujan trayectorias elípticas que llevan a estos satélites muy alto sobre el hemisferio norte, donde reducen velocidad y permanecen casi estacionarios durante horas. Este tipo de movimiento les permite colocarse en latitudes árticas donde la cobertura geoestacionaria convencional es insuficiente. Los seis juntos tienen capacidad, al menos en teoría, para interferir los sistemas de posicionamiento tipo GNS (GPS, Galileo, GLONASS) no solo sobre Europa, sino sobre amplias áreas de los Estados Unidos.
Lo que nadie sabe aún es cuál es la razón exacta de por qué la señal está ligeramente desplazada con respecto a la frecuencia central del GPS. Es extraño si el objetivo fuera bloquearlo del todo; lo lógico sería colocar la señal justo encima, en la misma frecuencia y no una cercana. Se cree que es una prueba, un experimento sobre las capacidades sin revelar del todo lo que el sistema puede hacer. En esencia, certificar que todo funciona y que está listo para reajustarse hacia la frecuencia exacta en un momento de conflicto activo.
Un equipo europeo que también ha rastreado las señales tiene otra hipótesis. Creen que podrían ser mensajes de comunicaciones muy breves, transmitidos en estas frecuencias porque el enemigo no se atrevería a interferirlas sin perjudicar también sus propios sistemas de navegación. Ambas hipótesis son incómodas por razones distintas.
Si son pruebas, alguien ha estado ensayando en silencio durante seis años una capacidad para cegar el GPS de un continente entero. Si son comunicaciones, ese satélite militar ruso está usando como canal de transmisión encubierta la banda de frecuencias que protege la aviación, los sistemas financieros, las redes logísticas y las telecomunicaciones de millones de personas.
Los sistemas de navegación por satélite no son solo una conveniencia para encontrar un restaurante: sincronizan las transacciones financieras globales. Un apagado general podría generar una situación caótica con una grave crisis en las infraestructuras.
Repensarse el GPS
La solución existe. El plan B que desmantele lo que se sospecha puede generar este tipo de ataque serían redes de respaldo que combinen fibra óptica, relojes atómicos terrestres y sistemas de radio de alta potencia como el eLoran, demasiado potentes para ser vapuleados desde el espacio.
Corea del Sur, Inglaterra y China ya los están construyendo. Sin embargo, la mayoría de los países occidentales siguen confiando casi por completo en señales que viajan 20.000 kilómetros y llegan con la potencia de un soplido a dos continentes de distancia.
Cosmos 2546 no ha lanzado ninguna bomba. No ha derribado ningún avión. Solo ha estado ahí arriba, encendiéndose y apagándose en horario de oficina, y comprobando que todo funciona. El día que le den órdenes concretas, si nadie pone remedio, va a ser una jornada de trabajo más para el ingenio… y un caos para todos los demás.
En este enlace se puede seguir la trayectoria del Kosmos 2546.
