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Tecnología

Aumenta la preocupación en los ejércitos por un enemigo invisible: los móviles de sus soldados

Los teléfonos personales se han convertido en una baliza que señala donde se encuentran con facilidad de acceso

Aumenta la preocupación en los ejércitos por un enemigo invisible: los móviles de sus soldados

Soldados usando teléfonos móviles.

Era Nochevieja, a medianoche todos quisieron llamar a casa, y no pudo acabar peor. Cientos de reclutas hacinados en un mismo edificio durante la invasión de Ucrania encendieron el único objeto que aún los unía con el mundo ajeno a la guerra. Fue su condena a muerte.

El sitio se llama Makíivka, una localidad del Donetsk ocupado, y la fecha fue el 1 de enero de 2023. El encendido de sus teléfonos fue como disparar una bengala en mitad de la noche más oscura. En términos electromagnéticos, fue como señalar un blanco claro y evidente a los cuatro cohetes HIMARS que les cayeron encima minutos después.

Aquella escuela de formación profesional reconvertida en cuartel militar improvisado saltó por los aires y se llevó por delante la vida de 89 soldados rusos. Da igual de qué bando fueran, fue una masacre. Esa fue la cifra reconocida por Moscú, aunque los servicios de información ucranianos elevaron esa cifra hasta los 400. La explicación oficial rusa fue clara y contundente: la culpa la tuvieron los móviles de la tropa.

Cifras aparte, o cierto o coartada para cubrir otro tipo de fallos, encender el teléfono en un radio batido por el enemigo equivale a entregar en mano indicaciones de Google Maps con una trayectoria repleta de muerte. Los propios dispositivos delatan dónde estás, y cuando cientos lo hacen a la vez desde el mismo punto, no hace falta un satélite espía para deducir que allí duerme un batallón entero.

El método más depurado para detectar esta nueva e inopinada fuente de información se apoya en los llamados simuladores de estación base. Son cajas repletas de tecnología muy accesible, que imitan a las antenas de telefonía, y suelen viajar montadas en camiones o en drones. El teléfono, engañado, mide y reporta la intensidad y la dirección de la señal de las torres cercanas.

Al comparar esas respuestas, se triangula la posición con suficiente precisión como para remitir un proyectil de artillería con muy pocos metros de error. Algunos sistemas, además, son capaces de leer el propio GPS interno del aparato.

Rusia llevó esta tecnología al frente con una unidad del Leer-3, un conjunto capaz de captar hasta 2.000 teléfonos a la vez en un radio de seis kilómetros. Por su parte, Ucrania aplica soluciones equivalentes. Se sabe que en marzo de 2022 una sola llamada interceptada bastó para localizar y matar a un general ruso.

La trampa funciona además en ambas direcciones. Rusia ha mantenido en pie buena parte de la red móvil ucraniana, en parte porque tumbarla es difícil y en parte porque escuchar y sacar partido de ella es más conveniente que silenciarla. Pero el arma también se puede volver contra quien la empuña.

Bautizado ERA, el sistema de comunicaciones cifradas ruso viaja por las mismas frecuencias, aunque encriptadas. En más de una ocasión ha funcionado tan mal que las tropas rusas se han visto obligadas a recurrir a frecuencias abiertas y usar teléfonos civiles, justo lo que mejor sabe rastrear el adversario.

Cifrarlo todo no basta

Durante décadas, la seguridad militar se obsesionó con cifrar lo que el soldado decía y descuidó algo casi peor: dónde estaba. El contenido de una conversación puede protegerse; la existencia de la señal, su huella o su patrón de horarios, no.

El frente se ha vuelto un gigantesco campo de señales radioeléctricas en el que cada dispositivo encendido es un punto luminoso. El secreto ya no consiste en no decir cosas sensibles, sino en no emitir absolutamente nada. Si lo primero es eludible, lo segundo es inviable.

Los ejércitos lo saben y aplican sus disciplinas con resultados desiguales. El ucraniano llegó a repartir entre su tropa una lista de mandamientos que parece sacada de un manual de espías: «deja tu tarjeta SIM en casa, aléjate 400 o 500 metros de tu posición antes de llamar, hazlo desde zonas con civiles, no aceptes recargas de desconocidos y mantén el teléfono apagado siempre, porque de ese gesto depende tu vida y la de todo tu pelotón».

La tentación vive en el uniforme

El problema es que la guerra es larga y aburrida, y los soldados necesitan conectar con el mundo exterior, sus familiares y amigos. Un soldado metido semanas en una trinchera necesita distraer su cabeza, y la tentación tiende a ganar. Apagar el aparato tampoco basta del todo: un teléfono puede parecer que está apagado mientras sigue radiando en silencio sin que su usuario sea consciente. Pero hay algo peor.

Hasta aquí lo de la señal que el propio soldado emite, pero el enemigo ya ni siquiera necesita interceptarla: puede comprarla. La misma economía de datos que permite a una aplicación del tiempo o a un sencillo videojuego saber dónde estás y vender ese dato a un intermediario funciona igual de bien para un servicio de inteligencia extranjero.

Esta misma semana el Pentágono lo ha reconocido por primera vez. El Mando Central estadounidense admitió haber recibido «múltiples informes de amenaza» sobre adversarios que explotan datos comerciales de localización para vigilar y atacar a sus tropas. Ante el panorama actual, se cree que se trata de sus soldados destinados en el golfo Pérsico, frente al estrecho de Ormuz.

Armamento de guerra en el bolsillo

Miembros del Senado ya han pedido que se trate a la industria publicitaria como una amenaza para la seguridad nacional. No hace falta un topo infiltrado en una embajada: basta una tarjeta de crédito y pagar una pequeña factura.

El mecanismo es de una sencillez desoladora. Decenas de aplicaciones inofensivas recogen la posición del móvil y la venden a corredores de datos, que la empaquetan y la revenden en mercados abiertos a través de redes de intermediarios. Si se cruzan las coordenadas, se reconstruye la rutina de cualquier usuario.

Se puede saber dónde duerme, por dónde se mueve o qué edificios frecuenta dentro de una base. La anonimización que promete la publicidad se evapora en cuanto alguien decide mirar con un poco más de atención; si se aplica la IA, se convierte en la fachada de El Corte Inglés en Navidad.

Años avisando

Lo que sorprende es que esto no es nuevo, sino más bien muy conocido. Ya en 2016, un contratista de defensa demostró ante mandos militares en Fort Bragg que, con datos comprados, podía seguir a operadores de fuerzas especiales hasta un emplazamiento secreto en Siria. Reconstruyó, según relató después el Wall Street Journal, toda una huella operativa sin pisar un cuartel ni reclutar a nadie, solo pagando por información que cualquiera podía adquirir en un mercado oscuro pero accesible.

Otra señal la aportó la aplicación deportiva Strava. Desarrollada para corredores y ciclistas, publicó un mapa global de calor con las rutas de sus usuarios. Sin pretenderlo, dibujó el perímetro y los senderos internos de bases secretas estadounidenses en Afganistán, Siria o Yibuti. Fueron delatadas por soldados que salían a trotar, a entrenarse. Los contornos de instalaciones clasificadas aparecieron en la pantalla del que quisiera mirar, marcados por quienes vivían dentro de ellas.

Entre aquel mapa y la confesión de esta semana median casi ocho años de advertencias desatendidas. Un estudio encargado por el Ejército en 2023 halló datos de militares a la venta a cambio de sumas irrisorias. La propia Agencia de Inteligencia de Defensa admitió en 2021 que compraba localizaciones comerciales sin orden judicial. Las soluciones eran baratas y conocidas, y lo que es peor: de haberlo hecho por las vías burocráticas establecidas, hubiera sido poco menos que imposible llegar a ellas.

El uso dual es el peligro

Parte del riesgo nace de decisiones propias. Se anima a los soldados a usar sus teléfonos personales —llenos de aplicaciones que filtran la posición— para tareas de servicio. Tras sonar todas estas alarmas, se estudia la manera de desactivar los identificadores publicitarios en los dispositivos oficiales o alejar a la tropa de navegadores como Chrome, muy permisivos en el plano de la seguridad para reportar una buena velocidad de navegación.

El concepto ya tiene nombre militar: gestión de la firma. Los mandos del cuerpo de Marines ya lo sueltan sin tapujos: en el campo de batalla moderno, el teléfono te mata. No se refiere solo a la llamada delatora, sino al rastro digital continuo que el aparato deja aunque su dueño se crea quieto y callado. La huella es involuntaria, y precisamente por eso resulta mucho más difícil de borrar.

De Makíivka al estrecho de Ormuz, la lección es la misma con un cargamento de tecnología por medio. El soldado del siglo pasado aprendía a no encender un cigarrillo de noche; el de hoy tiene que aprender a no encender nada en absoluto, ni siquiera sin querer. El blindaje puede proteger de un proyectil, pero no de lo que lo guía. Y lo que lo guía lo lleva el propio objetivo en el bolsillo. Los familiares de las víctimas de Makíivka lo saben muy bien. Desgraciadamente.

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