China bota un submarino al que le falta algo que desconcierta a la inteligencia occidental
Es un navío rodeado de misterio que apunta a dos funcionalidades muy concretas

Botadura de un submarino similar en octubre de 2018.
No es novedad, pero tiene a los servicios secretos y analistas militares algo confusos. Ni por grande, ni por rápido, ni probablemente por su armamento, sino por sus formas. China acaba de poner en el agua un submarino que carece de vela, esa torreta por la que sus tripulantes emergen a la superficie y que está repleta de periscopios, sensores y antenas. El problema es que no saben para qué han construido este monstruo marino.
Bajo el agua, ir deprisa siempre se ha pagado caro. Cuanto más rápido se mueve un sumergible, más turbulencias genera, más vórtices deja a su paso y más jaleo mete en las profundidades marinas. Es una huella perfecta para que lo detecten los hidrófonos que lo persiguen.
Velocidad y silencio han sido, durante décadas, enemigos irreconciliables. Buena parte de la culpa la tiene un elemento arquitectónico de su estructura muy concreto: esa torre que asoma en el lomo de —casi— todos los submarinos del mundo. Es una figura tan familiar que ya nadie repara en ella, pero los chinos han puesto en el mar algo que rompe con esta tradición.
Porque esa pieza ha desaparecido en el último casco que China ha metido en el agua. Imágenes de satélite de la empresa Vantor, fechadas el 31 de mayo y el 1 de junio, captaron en el astillero Jiangnan de Shanghái un submarino largo y estilizado, de unos 120 metros de eslora y entre 10 y 11 de manga, sin la característica vela en lo alto. Lo destapó el analista H. I. Sutton en el portal especializado Naval News.

No es un detalle menor. Mientras las armadas occidentales sudan la gota gorda para botar uno o dos submarinos a la vez, China ha echado a nadar entre 15 y 20 en un lustro, repartidos en al menos ocho clases distintas. Y lo hace de forma hermética: ni comunicado, ni botadura televisada, ni una triste nota de prensa. Pekín prefiere no dar explicaciones.
Parte de una familia
Pero hay más. Al menos un submarino habría tocado el agua en el astillero de Huludao, en el mar de Bohai, una instalación dedicada en exclusiva a navíos de propulsión nuclear. Se especula con que ambos, el que carece de vela y este otro, pertenezcan al mismo programa. La aparición simultánea ha enredado las cuentas de los analistas, que ya no tienen tan claro cuál de los dos es el esperado submarino de ataque Type-095.
La vela es esa estructura vertical que corona el casco y que durante generaciones ha alojado los periscopios, las antenas de comunicaciones, los mástiles de sensores y el snorkel. No solo eso, sino que suele servir de puente de mando cuando el submarino navega en superficie. Es, en cierto modo, la cabeza del monstruo: desde ahí mira, escucha, respira y se orienta. Renunciar a ella no es un mero capricho del diseñador.
El problema es que esa cabeza pesa, hidrodinámicamente hablando. En los diseños convencionales, la vela puede suponer entre el 10 y el 15% de toda la resistencia al avance del submarino. Es un ancla permanente adosada a su espalda. Suprimirla equivale a liberar de golpe ese lastre, lo que se traduce en más velocidad para la misma potencia, o en la misma velocidad gastando bastante menos energía del reactor. Por puro cálculo, y como dicen los mileniales, les renta.

Pero el verdadero hallazgo no está en la velocidad, sino en lo que esa velocidad delata. La vela es, con la hélice, una de las mayores fuentes de ruido de flujo. En su unión con el casco se forma un vórtice en forma de herradura, y la cola genera remolinos que agitan el agua a su alrededor. Por encima de unos 12 nudos, ese ruido hidrodinámico pasa a ser el sonido dominante, por delante incluso del de la maquinaria o la hélice.
Correr bajo el agua
Hasta ahora, un submarino que quisiera correr tenía que aceptar esta pauta. Al borrar la vela, se ataca el foco de ruido que más jaleo mete cuando se acelera. El resultado teórico es un buque capaz de acelerar como un BMW y permanecer relativamente callado a la vez, algo que rompe el viejo dilema submarinista. Los timones en X y un posible propulsor entubado tipo pump-jet refuerzan esa lógica de sigilo veloz.
Sin embargo, nada de esto sale gratis. Sin vela no hay un lugar lógico donde montar los periscopios y mástiles que el submarino necesita para asomar a la superficie, comunicarse o tomar aire sin emerger del todo. Tampoco queda una posición elevada desde la que vigilar el entorno, ni una estructura robusta capaz de romper el hielo en aguas polares. Quien diseña así asume todas esas renuncias porque su misión, sencillamente, no las considera prioritarias. La siguiente pregunta es: ¿para qué van a usarlo?
De qué misión hablamos es la gran incógnita. Una primera lectura apunta al interceptor de alta velocidad: un cazador que sale disparado hacia una amenaza lejana sin renunciar al sigilo.
Un cazador silencioso…
En la jerga occidental se traduce como «search and destroy», «búsqueda y destrucción». Un buque así estaría pensado para colarse por la primera cadena de islas y burlar la red de sensores submarinos que Estados Unidos ha tendido frente a la costa china, el llamado Fish Hook.
Documentos militares chinos citados por el investigador Ryan Martinson admiten que la marina de Pekín no puede garantizar el sigilo de sus buques. La red de satélites, sonares fijados en el fondo y aviones de patrulla estadounidenses ha vuelto casi transparentes los mares próximos a China.
… o unos alicates submarinos
Hay una segunda lectura, pero resulta más inquietante. Esa misma silueta sin torreta, pensada para no estorbar cuando el buque se arrastra por el fondo, encaja con un escenario de guerra en el lecho marino. Allá abajo, los mástiles de superficie son inútiles, y un casco grande con propulsión nuclear ofrece la autonomía necesaria para operaciones prolongadas sin necesidad de asomar por la superficie. El objetivo entonces no serían los barcos enemigos que navegan arriba, sino los cables que hay en el fondo.
Esos cables de fibra óptica transportan casi todo el tráfico mundial de internet y discurren, en su mayoría, por aguas internacionales sin apenas protección. Sabotearlos, o pincharlos para escuchar lo que circula, coloca a quien lo logra en un club minúsculo, hoy reservado a buques tan singulares como el estadounidense Jimmy Carter o el ruso Losharik.
Queda lo que no se sabe, que es mucho. La propulsión no está confirmada: por tamaño, lo más probable es un reactor nuclear convencional. Si el buque fuese de propulsión no nuclear, se convertiría en el mayor submarino convencional del planeta.
Forma parte de un plan
Tampoco hay nombre ni designación oficial, fiel a la costumbre de una marina que no rinde cuentas a observadores extranjeros. De lo que hay una certeza absoluta es que China no improvisa. El mismo astillero Jiangnan ya botó en 2018 un submarino sin vela más pequeño, de unos 45 metros, que se cree sirvió de banco de pruebas. Lo que entonces era un experimento de laboratorio parece haber madurado ahora en un casco grande, robusto y operativo.
El detalle más perturbador no es lo que este submarino puede hacer, sino lo poco que se le oirá hacerlo. Un buque diseñado para correr en silencio hacia un portaaviones, o para tumbarse sobre los cables que sostienen la economía digital del Indo-Pacífico, es exactamente la clase de amenaza que nadie quiere descubrir tarde. De momento, el único que ha hablado de él ha sido un satélite comercial y un analista que trabaja en una página web.
