The Objective
La otra cara del dinero

¿Qué pasa con los jóvenes de hoy, que no ligan?

La crisis e internet son parte de la explicación, pero también que la sociedad no coopera ya en la búsqueda de pareja

¿Qué pasa con los jóvenes de hoy, que no ligan?

En la foto, los ganadores del concurso ‘Parejas con suerte’ antes de embarcarse en Barajas en enero de 1965. | EP

«No entiendo por qué mi hija no ha encontrado a alguien todavía», se lamenta mi vecino, y se trata de un auténtico misterio, porque la niña no puede ser más mona.

El fenómeno es, por lo visto, planetario. La Universidad Brigham Young y el Instituto de Estudios sobre la Familia denuncian en su Informe sobre el Estado de las Uniones 2026 que Estados Unidos atraviesa una «recesión amorosa»: solo uno de cada tres adultos de entre 22 y 35 años está saliendo con alguien.

«Nuestra juventud —sostiene Alan Hawkins, psicólogo y autor principal del estudio— afronta barreras significativas para entablar una relación sentimental». Está, en primer lugar, la economía: más de la mitad de los encuestados atribuye su soltería a que no les llega el dinero. Los investigadores ponen, no obstante, el énfasis en aspectos temperamentales.

«Lo que nos dice el informe —señala Brian Willoughby, otro de los autores— es que la mayoría de los jóvenes estadounidenses […] no manifiestan miedo al compromiso, pero carecen tanto de las habilidades para salir con alguien como de la entereza necesaria para afrontar los inevitables reveses».

Cada vez menos sexo

La muestra del sondeo es amplia y representativa, pero ofrece una foto fija a partir de la cual es imposible inferir si el problema va a más o a menos, o si ni siquiera es un problema y toda la vida de Dios se ha ligado igual de poco. De todos modos, un proxy como la actividad sexual, sobre la que el General Social Survey lleva preguntando desde 1970, muestra un patrón igualmente menguante. La proporción de estadounidenses de entre 18 y 64 años que hacen el amor cada semana ha pasado del 55% de 1990 al 37% de 2024.

El declive es particularmente pronunciado entre los jóvenes: el número de mujeres que no ha practicado sexo en el último año ha aumentado el 50% y el de hombres, el 100%.

En España, la última Encuesta General Social revela que un 25% de los españoles no ha mantenido relaciones en el último año. No podemos determinar la evolución, porque el CIS no incorporó los módulos sobre vida sexual hasta muy recientemente, pero sí sabemos por la Encuesta Nacional de Salud Sexual que la inactividad prolongada era más infrecuente en 2009, con lo que no es aventurado hablar de crisis.

Causalidad

Ya hemos visto que cuando a los jóvenes americanos les preguntas por los motivos de su celibato, lo primero que te cuentan es que van pelados.

Un análisis de JAMA Network Open (2000–2018) revelaba, efectivamente, que disponer de menor renta, carecer de empleo o estar contratado a tiempo parcial duplica la probabilidad de no haber tenido sexo el último año. El encarecimiento de la vivienda también retrasa la vida en pareja, pero ni lo uno ni lo otro impidió a los boomers encontrar la ocasión y un rincón donde dar rienda suelta a su lascivia (el famoso Simca 1.000 de la canción).

Otra presunta culpable de la recesión sexual es la tecnología, pero las pantallitas han tenido un efecto doble.

Por un lado, han reducido la interacción directa, porque dan acceso a una oferta descomunal de entretenimiento y pornografía que compite por el tiempo y la energía que antes destinábamos a socializar en el parque sentados en el respaldo de un banco. Por otro lado, las redes sociales han ampliado el mercado, lo que facilita dar con la media naranja. ¿Y qué efecto prevalece? Probablemente el primero.

Así y todo, estamos ante una caída de la actividad demasiado grande como para que se explique únicamente por factores económicos y tecnológicos.

Iniciación a las citas

Como los autores del Informe sobre el Estado de las Uniones, el politólogo Timothy Goeglein considera que el gran problema es la falta de pericia. «Los jóvenes —argumenta— necesitan un curso intensivo de Iniciación a las Citas». Deben «apagar el móvil» y «hacer cosas en grupos con personas del otro sexo para aprender a interactuar».

El economista Noah Smith, por su parte, imparte una serie de consejos a los incels (acrónimo de involuntary celibate, soltero por la fuerza): es mejor ser limpio que sucio, sincero que falso y amable que antipático, pero, vamos, nada que no venga en el Manual de Urbanidad de Carreño.

¿Cómo nos las arreglábamos nosotros y quienes nos precedieron?

La estrategia estándar

Mi padre siempre contaba que salió con mi madre después de intentarlo con las dos hermanas mayores.

La primogénita, que era actriz de cine, ni siquiera se dignó a dirigirle la palabra y la mediana lo consideraba demasiado bajito. «Ya está aquí el pesado del traje verde», comentaban cuando lo veían avanzar, animoso, hacia su portal por la calle de Joaquín María López. Para quitárselo de encima, le mandaban a mi madre, que aún llevaba coletas: «Ve y dile que no estamos, Titina». Y ella contestaba: «No sé por qué os cae mal», y bajaba encantada.

Me imagino que esa es la estrategia estándar: renunciar a aquellas personas que te gustan, pero te rechazan, y pasar a la siguiente hasta dar con una que te gusta y no te rechaza. ¿Y quién nos adiestró o, por utilizar la terminología del Informe sobre el Estado de las Uniones, cómo aprendimos las habilidades para salir con alguien y la entereza necesaria para afrontar los inevitables reveses?

En realidad, no hizo falta ningún curso de iniciación a las citas, porque toda la sociedad operaba como una gigantesca casamentera.

El amor en los tiempos del clero

«La iglesia, la mezquita o la sinagoga nunca fueron lugares exclusivamente de culto», escribe el columnista del Washington Post Shadi Hadid.

Formaban parte del entramado institucional encargado «de encontrar pareja». En aquella época «no hacía falta una gran seguridad en sí mismo». La comunidad estaba llena de «lugares donde los jóvenes se conocían» y «hacía la mayor parte del trabajo reuniendo a las familias, creando ocasiones, organizando cenas incómodas y ejerciendo una presión suave (y a veces no tan suave)».

Hadid no idealiza aquel pasado.

«El sistema tenía un coste real [en términos de libertad], especialmente para las mujeres. Pero también tenía una ventaja que ahora empezamos a echar en falta: el cortejo y el matrimonio constituían la solución por defecto». La soltería, tan común en nuestra tolerante cultura actual, era la excepción.

Celestina digital

¿La solución es, entonces, volver a la celestina?

Sí, pero digital, dice Hadid, y explica cómo funciona Date Drop, una aplicación de citas cuya premisa es perfectamente antiliberal: no decides tú. Rellenas «un extenso cuestionario sobre tus valores, preferencias y opiniones políticas, y el algoritmo te asigna una sugerencia cada semana. Sin deslizar el dedo, sin opciones ilimitadas. Un único nombre».

Y parece que funciona. En la Universidad de Stanford, que es donde estudia Henry Weng, su creador, «aproximadamente dos tercios del alumnado […] se han apuntado», asegura The Wall Street Journal. La plataforma ha empezado a extenderse por otros campus y ha captado más de dos millones de dólares del capital riesgo.

Ya le he pasado los datos a mi vecino para que su hija se la baje.

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