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Reinhold Duschka, el alpinista que salvó a la Anna Frank vienesa

El libro ‘La cuerda invisible’ narra la emotiva historia de un artesano vienés que escondió durante toda la II Guerra Mundial a una madre y su hija judías

Reinhold Duschka, el alpinista que salvó a la Anna Frank vienesa

Erich Hackl | Editorial Periférica

Cuando Steven Spielberg, director de La lista de Schindler, hizo en los 90 un llamamiento a los supervivientes del Holocausto para grabar en video sus testimonios, Lucia Kraus entendió que había llegado el momento de hacer justicia a Reinhold Duschka, su ángel particular. La historia de Lucia corre paralela a la de Anna Frank y confluye con la del más conocido benefactor de los judíos, Oskar Schindler. Gracias a él y su popularidad post-mortem, no solo se supo de la peripecia de Lucia, cinco años escondida junto a su madre, sino de la valentía de su hospedador, Reinhold Duschka, cuya familia ni siquiera supo durante décadas lo que había hecho para salvar a dos enemigas del Reich.

Lucia y su madre Regina. Firma National Fund of Victims Austria s
Lucia y su madre Regina. | Foto: National Fund of Victims Austria vía Editorial Periférica.

«Quien salva una vida, salva al mundo entero», reza el proverbio talmúdico (Mishná 4:5) que ornamenta las medallas con las que el Estado de Israel reconoce desde los años 50 a los Justos entre las Naciones, ciudadanos no judíos que, con su excepcional entereza, salvaron vidas del Holocausto. En 1990, Duschka recibió esta distinción en Jerusalén, lo que no apaciguó a Lucia en su empeño porque se conociera su gesta aunque fuese de manera tardía. Así, acudió a la llamada de Spielberg, giró por teatros dando a conocer su testimonio y, más recientemente, persiguió al escritor Erich Hackl para que la memoria de su salvador quedara apuntalada en un libro. 

«Ella había leído algunos libros míos, pensaba que yo podía ser el cronista adecuado y se puso en contacto conmigo -explica a THE OBJECTIVE el autor austríaco de La cuerda invisible (Periférica)-. Tardé unos meses en decidirme, entre otros motivos porque estuve precisamente investigando un caso parecido. Decidí aceptar el ‘encargo’ de Lucia porque no me quedó duda de que era importante el compromiso de Reinhold Duschka en cuanto al presente, si pensamos en los refugiados ilegales de Siria, Afganistán, etc., que corren peligro de ser detenidos y expulsados». Con la idea de ofrecer un testimonio directo, casi oral, Hackl se puso manos a la obra.  

Cubierta de La cuerda invisible
Imagen vía Editorial Periférica.

A Lucia Kraus (Viena, 1929) la rápida demolición de su mundo le pilló con apenas 10 años, la misma edad que Anna Frank, nacida solo un mes antes en Frankfurt. Como ella, asistió a la degradación de su estatus por el mero hecho de ser judía en el momento en que la Alemania nazi se anexionó Austria. Ya entonces, mediante la actitud nerviosa de su madre Regina, advirtió la «fatalidad inminente» que la claudicación comportaba. En un mismo día de 1938, Regina fue despedida de su empleo y vio como la empleada del hogar abandonaba su puesto «pues nadie le podía exigir que trabajara en un hogar judío». A su padre, el abuelo de Lucia, lo trasladaron con otros 1.000 al estadio de Viena, para morir poco después en Buchenwald. Semanas después, se decretó el uso de la estrella amarilla y un matrimonio joven, con una autorización municipal, desalojó a madre e hija de su propia casa.        

«Este caso es extraordinario porque muestra la enorme dificultad que significaba en el día a día esconder a dos personas bajo un régimen de terror: en todo lo que había que pensar para evitar que sean descubiertas»

Es ahí donde entra en liza Reinhold Duschka, amigo del exmarido emigrado de Regina, quien plantea como solución transitoria que ambas se escondan en su taller de artesanía del metal, guarecidas detrás de un armario en una estancia de seis metros. Lo que se improvisó de este modo acabó convertido en una rutina de nada menos que cinco años. «Este caso es extraordinario porque muestra la enorme dificultad que significaba en el día a día esconder a dos personas bajo un régimen de terror: en todo lo que había que pensar para evitar que sean descubiertas», explica el autor. Y es que Duschka no solo proveyó de una guarida a las fugadas, sino que las sostuvo durante todo ese tiempo, con una sola cartilla de racionamiento y jugándose una ejecución sumaria. En cinco años, se cuentan con los dedos de las manos las veces en que Regina y Lucia pudieron pisar la calle. Incluso cuando la madre estuvo al borde de la muerte, hubo que descartar completamente pedir ayuda médica. Irónicamente, los bombardeos aliados que echaron abajo el edificio en el que se escondían eran la única esperanza para madre e hija.  

Casa de Viena en la que se escondieron madre e hija. Firma National Fund of Victims
Casa de Viena en la que se escondieron madre e hija. | Foto: National Fund of Victims vía Editorial Periférica.

Sin embargo, la verdadera historia de Duschka arranca con el fin de la contienda. Erich Hackl resalta el carácter humilde de su protagonista. «No se presta a la imagen convencional del héroe. Es por eso que me parece importante la continuidad de la historia más allá de la liberación, pese a que los libros con esa temática suelen terminar cuando pasa la época de la persecución». Reinhold jamás se refirió a este caso, ni siquiera con su familia directa, y, hasta sus últimos años, se negó a que lo divulgaran con propósito de honrarle. Bien es cierto que temía que la historia afectara a su negocio. El título de este volumen (La cuerda invisible; ‘La cordada’, según traducción directa) hace referencia a la pasión de Duschka por el alpinismo y a los valores que entraña.

Según uno de sus pupilos, «Reinhold tenía madera para oponer resistencia de manera inteligente. Esto en parte se debía a que, como escalador, estaba acostumbrado a depender de otros y a ser responsable de ellos y, en parte, a que sus cualidades personales contribuyeron a reducir al mínimo los riesgos: la autodisciplina, la discreción, el individualismo, el conocimiento de la naturaleza humana». Su vida pendió del hilo durante toda la guerra: años después supo que lo habían delatado, pero la denuncia llegó a manos de un inspector de la Gestapo que, conociéndolo del entorno montañista, decidió romperla en pedazos. 

Reinhold Duschka en la entrega del reconocimiento Justo entre las Naciones. Firma Centropa.org
Reinhold Duschka en la entrega del reconocimiento Justo entre las Naciones. | Foto: Centropa vía Editorial Periférica.

Es así que dos familias (la que formaría Duschka y la de Lucia) lograrían abrirse paso entre las generaciones para testimoniar lo que un hombre bueno es capaz de hacer bajo las peores circunstancias. «Mi interés personal y como autor abarca no solo el sufrimiento de los judíos, sino a la resistencia antifascista en general. A la comunión o cooperación, o no sé cómo llamarla, entre los perseguidos por razones políticas y por racismo», señala Hackl. Este escritor y traductor del español, lamenta que en Austria la etapa fascista haya pasado durante muchos años de puntillas en las escuelas. «Pero yo recuerdo que en mi niñez y adolescencia tanto en mi familia como en la vecindad era un tema central. Claro, había que preguntar, discutir, pelearse, buscar los libros adecuados. Por supuesto, la actualidad del tema en la vida pública dependía de la correlación de fuerzas en cada momento. Lo mismo en España, donde hubo una importante recuperación de la II República y el exilio en los años setenta y una ola de frivolidad en los ochenta, y, sin embargo, si alguien de veras mostraba interés, podía informarse y documentarse». 

Reinhold Duschka falleció en el año 93. Entonces, solo la revista de escalada de la asociación a la que pertenecía, honró la memoria de este hombre que «eligió ser humano en una época de inhumanidad y barbarie». Hoy, una placa en el edificio donde se encontraba su antiguo taller en Viena recuerda que allí, en una habitación de seis metros cuadrados, pasaron toda la guerra dos mujeres tenidas por indeseables. Si evitaron el abismo, fue porque un tercero se ofreció a sostener con su vida la cuerda. 

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