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Historias de la historia

Sharon Tate, matanza en Hollywood

Sharon Tate era «la mujer más bella del mundo». Pero el diablo fue a su casa aquel 7 de agosto del 69 y la mató de la forma más cruel

Sharon Tate, matanza en Hollywood

Sharon Tate. | Archivo

Polanski quería que su esposa, Sharon Tate, fuese la protagonista de La semilla del diablo, su primera película en Estados Unidos, que le dio fama internacional, pero los productores prefirieron una actriz de aspecto frágil y enfermizo, Mia Farrow, a la exuberante Sharon Tate, proclamada «la mujer más bella del mundo».

De esta manera el diablo no visitó a Sharon en la película, pero sí lo haría poco después en la realidad. El 7 de agosto de 1969 el infierno se coló por las puertas de su mansión de Beverly Hills. Por uno de esos sarcasmos de la Historia, la mansión era conocida como «Cielo Drive» (Camino al Cielo).

En el mundo de Hollywood se han visto muchas tragedias por debajo del glamour, pero lo que encontró al día siguiente la policía superaba a todo lo conocido. Primero vieron el cadáver de un chico de 18 años dentro de un coche, a la entrada de la casa. Le habían disparado a bocajarro cuatro veces; habían sido piadosos con él.

Lo de dentro de la casa estaba a otro nivel. Sharon, en su noveno mes de embarazo, había recibido 16 puñaladas, cinco de ellas mortales de necesidad, y yacía en posición fetal, como si hubiese querido proteger al niño que llevaba en su vientre. La otra víctima era Jay Sebring, conocido peluquero y playboy de Hollywood. Le habían disparado en el pecho, luego le habían dado en la cara unas patadas tan brutales que le reventaron un ojo, y lo remataron con siete puñaladas. En una especie de ritual, los asesinos habían unido esos dos cadáveres con una cuerda atadas al cuello de ambos. Curiosamente, Sharon y Jay habían sido novios hasta que Sharon conociera a Polanski dos años antes. Habían roto por la buenas y era un amigo íntimo del matrimonio, «como de la familia», diría Polanski.

El cadáver exquisito de Sharon Tate es sacado en camilla de su mansión de Cielo Drive (Camino al Cielo).

Aún había más. En el jardín encontraron otros dos cuerpos de amigos del matrimonio. Abigail Folger, de 25 años, era la rica heredera de un magnate del café. Se había resistido a los asaltantes, había luchado con una de ellas que le propinó varias puñaladas, y salió corriendo al jardín dando gritos de socorro. Allí la remataron sin piedad con 20 puñaladas. Su camisón blanco estaba completamente teñido de rojo sangre.

El otro cadáver era el de su novio Wojciech Frykowski, un amigo de Polanski desde su Polonia natal, sin oficio ni beneficio, pero guapo y simpático. Lo habían despertado con una patada en la cabeza y había mantenido una conversación con el asesino. «¿Quién eres? – Soy el diablo y vengo a hacer las cosas del diablo». Pese a que lo maniataron intentó huir, lo alcanzaron y le asestaron dos balazos, 13 golpes en la cabeza tan brutales que se rompió el revólver usado para ello, y 51 puñaladas.

El crimen estremeció al mundo entero por su brutalidad y porque Sharon Tate, aparte de esposa de Polanski, se había convertido en una auténtica estrella. Desde 1963 llevaba intentando hacerse camino en el cine con pequeños papeles, pero en 1967 le llegó su gran año. Fue nominada para un Globo de Oro por su papel en El valle de las muñecas, su aparición en No hagan olas se comió a dos grandes estrellas como Tony Curtis y Claudia Cardinale, lució su belleza en la revista Playboy y, sobre todo, fue la protagonista femenina de El baile de los vampiros dirigida por Roman Polanski. Ella estaba espléndida, la película se convirtió en un «film de culto» y encima el director y la actriz se enamoraron y se casaron.

Hollywood estaba sobrecogido por su asesinato, cuando a la noche siguiente se produjo otra masacre con ciertas conexiones. Era también una mansión de ricos, aunque no tenían nada que ver con el cine. La conexión estaba en el satánico modus operandi. A Leno La Bianca, un gran empresario de supermercados, le habían clavado 12 veces una bayoneta y 13 veces un trinchador, un gran tenedor de dos dientes. Le habían grabado a punta de cuchillo en el pecho «War» (guerra) y con su sangre habían escrito por la casa «Rise» (sublevaos) y «Death to pigs» (muerte a los cerdos; «pig» se emplea en el argot para designar a policías y poderosos en general). También había escrito «Healter Skelter», título de una canción de los Beattles que obsesionaba a Charles Manson, el jefe de la banda asesina, y con la que éste denominaba aquellas «misiones».

La familia Manson

La Policía fue capaz de establecer ninguna relación entre las dos matanzas y centró sus sospechas en el guardés de Cielo Drive, un chico de 19 años que dormía en «la casita de los invitados», junto a la mansión de los Polanski, y no se enteró de nada. Pero la gente de Hollywood sí que vio una pauta y entró en pánico.

Tras el suicidio de Marilyn Monroe, nuestro «cadáver exquisito» de la semana pasada, el nivel de suicidios se disparó en Hollywood. Tras la muerte de Sharon Tate lo que hubo fue una desbandada, aquel mundo de privilegiados abandonó sus mansiones de grandes jardines, muy aisladas para guardar la privacidad, y se mudó a otros lugares menos peligrosos, mandó a sus niños a otras ciudades y alquiló guardaespaldas. El actor Steve McQueen, que estaba invitado a Cielo Drive la noche trágica pero no pudo ir y salvó la vida, se presentó en los funerales con una pistola. No debía ser el único.

Al final, el crimen se resolvió por casualidad. Una chica de 20 años, Susan Atkins, encarcelada por otro asesinato del que había sido cómplice, presumió ante su compañera de celda de ser ella quien apuñaló a Sharon Tate. Susan formaba parte de la «Familia Manson», una especie de secta satánica que vivía aislada del mundo en el Rancho Spahn, propiedad de un anciano medio ciego con el que regularmente se acostaban todas las chicas de la Familia, a modo de pago de alquiler. Eran hombres y sobre todo mujeres muy jóvenes que prestaban auténtica devoción a un tal Charles Manson. Susan decía incluso que Manson era Jesucristo. En realidad era el diablo.

Manson había decidido emprender una campaña de «Healter Skelter», misiones asesinas contra los privilegiados, y el 7 de agosto envió a Cielo Drive a Tex Watson, un paleto de Tejas que le obedecía ciegamente, al frente de un comando de tres veinteañeras: la ya citada Susan Atkins. Linda Kasabian, una hippy que «buscaba a Dios»; su marido la abandonó con dos niños pequeños y ella encontró a Dios en el Rancho Spahn. Y Patricia Krenwinkel, una muchacha muy fea, absoluta adoradora de Manson desde que éste le dijo que era hermosa y se acostó con ella. Tex llevaba un revólver, las chicas cuchillos. Todos participaron en el asesinato de Sharon y sus amigos excepto Linda Kasabian.

Al día siguiente, Manson formó otro grupo para el asesinato de los La Bianca, agregando a los del primero a Leslie van Houten, una hippy de 19 años saturada de LSD, y Steve Grogan un chico de 18 años retraído, que los de la Familia consideraban retrasado y llamaban Scrambledhead (Cabeza revuelta). El propio Manson se puso al frente, para enseñarles «cómo se hacían las cosas».

Esa fue la Familia del Diablo que cometió las matanzas relatadas y varios crímenes más. Charles Manson, Tex Watson y las chicas Atkins, Krenwinkel y Van Houten, fueron condenados a muerte, pero salvaron el cuello porque la pena capital fue abolida en California, cumpliendo cadena perpetua.Pero serían castigados como se merecían en otra dimensión, en la del cine. Cincuenta años después del asesinato de Sharon Tate, Quentin Tarantino la vengó a su salvaje manera. En su película de 2019 Érase una vez en Hollywood, los asesinos se confunden de casa y entran en la del vecino, donde Brad Pitt y Leonardo di Caprio dan cuenta de ellos con el mismo sadismo que habían empleado en la realidad contra la mujer más bella del mundo.

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