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Cultura

'Homo criminalis': el crimen organizado mueve el mundo

Mark Galeotti publica un sugestivo ensayo que ofrece una panorámica del poder de las bandas a lo largo de la historia

‘Homo criminalis’: el crimen organizado mueve el mundo

La Policía salvadoreña en una cárcel con cientos de pandilleros. | Asamblea de El Salvador

¡Qué razón tenía nuestro querido don Ramón María del Valle-Inclán! Nuestro mejor autor teatral contemporáneo, por tantos conceptos admirable, venía a decir que los espejos deformantes del Callejón del Gato, más que alejarnos de la realidad, nos permiten contemplar esta desde un prisma privilegiado que nos facilita llegar a su esencia y, por ende, a su adecuada comprensión. Lo que Valle-Inclán sostenía acerca de la realidad española de su época —el esperpento como retrato fiel de un desquiciado ruedo ibérico— bien podríamos aplicarlo, mutatis mutandis, a la relación del crimen organizado con el mundo que vivimos.

Así, tras la fachada honorable de tantos jefes de Estado, presidentes de Gobierno, insignes representantes de la clase política de todo el globo, y no digamos ya poderosos empresarios y altos ejecutivos, ¿qué se esconde? Si los hiciésemos desfilar por los susodichos espejos deformantes, ¿qué nos mostrarían? Probablemente sus caras y cuerpos deformados responderían mejor a la realidad que cualquiera de sus vistosos uniformes. ¿Qué se esconde, pongo por caso, tras la apariencia pétrea y fría de un Putin más que la silueta de un maléfico y despiadado espía de película de serie B? El propio Trump, despojado de oropeles, cada vez se parece más a su propia caricatura de potentado yanqui, al que solo le falta un revólver al cinto para ejercer de matón. ¿Y qué es la motosierra de Milei sino una versión cutre de La matanza de Texas?

No estoy afirmando, ni siquiera sugiriendo, que los citados, o muchos otros de su misma calaña, sean criminales stricto sensu, ¡válgame el cielo! Me limito a hacerme eco y portavoz de lo que mantiene el polifacético Mark Galeotti (Surrey, Inglaterra, 1965) en su último libro publicado en español, Homo criminalis, que lleva el revelador subtítulo de Cómo el crimen organiza el mundo (Capitán Swing, traducción de Noelia González Barrancos). Galeotti, experto en Rusia, que ya nos había dejado hace pocos años dos buenas muestras de su aguda capacidad de análisis (Tenemos que hablar de Putin y Una historia breve de Rusia, ambas en la misma editorial citada antes), se atreve ahora con una ambiciosa semblanza del pasado y del presente del crimen organizado a lo largo y ancho del mundo.

Y una de las primeras ideas que sostiene Galeotti, casi una de sus premisas, podríamos decir, es que debemos dejar de mirar ese submundo delincuente, transgresor o criminal (llamémosle como nos plazca) como si fuera una planta exótica que crece en lugares específicos o, en todo caso, como algo completamente ajeno a nuestro ámbito honrado, decente, civilizado. No se trata tan solo de que las redes infractoras de la ley se extienden de hecho por los campos de la política y de los negocios (del poder, en definitiva, claro está), sino de algo más complejo, pero no por ello menos constatable empíricamente: que la línea divisoria entre uno y otro lado de la legalidad es tenue, cambiante y hasta cierto punto ambigua.

En cierto sentido, nos dice de manera provocadora, todos somos «ladrones, maleantes, delincuentes», no porque tengamos como sistemática regla de conducta incumplir las leyes o las normas, sino porque «forma parte de la naturaleza humana» tantear —como mínimo— en el espacio de la picaresca, la triquiñuela o el vacío legal para sacar provecho o extraer recompensas en nuestro beneficio exclusivo. Es cuestión de escalas. Lo cuantitativo, además, puede mutarse en cualitativo. ¡Por supuesto que la abrumadora mayoría del género humano es, por fortuna, ajena al asesinato! ¡Pero también lo son la mayor parte de los defraudadores, ladrones o hasta cabecillas de redes clandestinas, que jamás se han manchado las manos de sangre! ¡Hasta jurarían que ellos no han matado una mosca!

‘Rinconete y Cortadillo’

Otra de las tesis fundamentales de Galeotti en este ensayo —y de ahí su estructura y su sentido— es que, lejos de enjuiciar la criminalidad en cualquiera de sus modalidades como una lacra del mundo moderno, debemos considerarla algo intemporal, intrínseco —como decíamos antes— al ser humano, individual y colectivamente considerado. No hay sociedad del presente ni del pasado que se haya librado de ella. Antes al contrario, es ella la que explica buena parte del funcionamiento social, decisiones políticas e iniciativas económicas. Es sintomático en este sentido —y curioso en una obra de estas características— que el libro empiece con la evocación de un episodio de las Novelas ejemplares de Cervantes, en concreto Rinconete y Cortadillo.

La descripción del modus operandi del famoso patio de Monipodio le sirve a Galeotti como punto de partida para un extenso periplo que abarca a todas las sociedades del mundo, desde China o Japón al Occidente europeo y los países americanos, y las más diversas épocas, desde el antiguo Egipto a nuestros días. No busca el autor una descripción pormenorizada de esas comunidades y etapas históricas, sino extraer de todas ellas algunos rasgos característicos que le permitan establecer analogías y contraposiciones. En este aspecto hay que convenir que las similitudes son sorprendentes: cambian formas y procedimientos, pero permanece, como estrato subyacente, esa pulsión del ser humano en todas las latitudes y momentos por apoderarse de los bienes ajenos, la acumulación, el engaño, el dominio del otro, el fraude, el lujo o la ostentación, por citar solo un ramillete de disposiciones fácilmente reconocibles.

El recorrido en cuestión se estructura en cuatro grandes bloques, desde «La era de creación de los Estados» —el que más bucea en la historia lejana— hasta el irónico «Un mundo feliz», que trata de la aparición del ciberdelito y los crímenes de ese futuro que ya está aquí. Entre medias, los otros dos bloques, uno dedicado a «La era del capitalismo», que transita desde los «reyes piratas» al contrabando, sexo y drogas, y el otro, a «La era de la globalización», que se ocupa, entre otros muchos representantes del hampa, de los narcotraficantes, falsificadores y mafiosos en general. Un panorama, como se ve, amplio, abigarrado y de mucho colorido.

Pero basta también esa escueta esquematización del contenido para calibrar otra notoria paradoja del volumen y del planteamiento mismo del autor. Galeotti no ha querido dejar nada en el tintero. La desmesura del propósito marca también sus límites. Los objetivos son tan ambiciosos que terminan minando el tratamiento en profundidad del tema. Máxime cuando Galeotti imprime un ritmo vertiginoso a su narración y transita —de modo admirable, eso sí— desde los siglos más lejanos a la actualidad, por los más diversos arquetipos y tipologías criminales, y por los más variados ambientes delincuenciales, desde los de poca monta hasta los más sangrantes y sangrientos. El atractivo gancho periodístico se impone no solo al inexistente tono académico, sino hasta a una cabal comprensión de las tesis fundamentales que se pretenden transmitir, un poco oscurecidas entre anécdotas y datos de la índole más heterogénea.

Hipocresía social

Entre esos múltiples ribetes del crimen organizado que trata Galeotti, me ha gustado especialmente su énfasis en la relatividad de los delitos y en las consecuencias que se siguen de ello. Primero, porque la mencionada relatividad ha de ser considerada en muy diversos sentidos: lo que para unas sociedades merece ser penado con la cárcel y hasta con la muerte, es tolerado o incluso premiado en otras. En una misma sociedad, determinados comportamientos que llevaban a los castigos más humillantes hoy son contemplados y asumidos como parte de la normalidad. Pero a ello se suman los intereses implicados y hasta la hipocresía social. No hace falta mencionar cómo se amasaron en el reciente pasado y en el mismo presente considerables fortunas. ¡Qué porosas son las fronteras entre la dignidad y la corrupción!

Otra de las interesantes aportaciones de Galeotti se inscribe en la órbita del poder. Desde un punto de vista simplista, suele contraponerse el poder del Estado —que tiene el monopolio de la violencia legítima— a la fuerza disolvente del hampa, como si por un lado se situara la ley inmaculada y por otro las prácticas inconfesables de las redes facinerosas. Suele darse por sentado que el Estado combate el crimen, pero más exacto sería especificar de qué Estados estamos hablando y de qué crímenes. Porque depende. Y porque hoy más que nunca, aunque el Estado disponga de medios represivos y de control impensables hasta hace poco, las corporaciones de infractores cuentan también con recursos sobrados para contaminar todo lo que se propongan. Más a menudo de lo que se quiere reconocer, ambos mundos se necesitan. Y hasta son complementarios, como dos medias naranjas. Aunque solo sea por eso, porque nos hace pensar con múltiples casos concretos, merece la pena el libro de Galeotti.

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