Walter Otero, un galerista tropical
THE OBJECTIVE conversa en Londres con el galerista de Puerto Rico sobre la evolución del mercado del arte

Walter Otero. | Karina Rivera
La editorial Turner presenta el libro Walter Otero. Un galerista tropical. La edición narra su vida y vicisitudes en el mundo del arte, entrevistado por el escritor y curador Omar-Pascual Castillo. THE OBJECTIVE se reúne con Walter Otero, fundador de la Walter Otero Contemporary Art (WOCA) en San Juan de Puerto Rico, y uno de los galeristas latinoamericanos de más prestigio internacional. Lo encontramos en Londres, entre visitas a artistas y listo para viajar a la inauguración de la Bienal de Arte de Venecia.
Pregunta.- Siempre viene a la capital inglesa, ¿qué artistas de este orbe le interesan?
Respuesta.- Vengo seguido, hay mucha producción de arte en esta capital y artistas que me interesan, como Jun Martínez, un artista y amigo con el que trabajo. Lo conocí cuando tenía veintidós años y estudiaba artes plásticas en la Universidad de Puerto Rico. Cuando vi sus pinturas quedé maravillado, le compré toda la obra que tenía y le pedí que produzca más. Su taller lo tenía en la «marquesina», que es el garaje o cobertizo de las casas, su abuelo la había techado para que hiciera su taller. Los reguetoneros mencionan mucho las marquesinas en sus letras, Bad Bunny en sus conciertos, en su famosa casita, coloca al Dj en este espacio.
P.- Puerto Rico es un elemento central en el libro Walter Otero. Un galerista tropical, ¿cómo percibe su identidad y la de su comunidad en estos tiempos?
R.– Yo no soy antiamericano, siento que hay una generación que le parece cool quejarse de los Estados Unidos, pero Norteamérica no es el presidente Trump, es una nación con cosas buenas y malas, como la mayoría. Yo primero que nada soy puertorriqueño, amo mi país, ayer mientras paseaba por Londres, pensaba que no podría vivir en una ciudad tan grande. Cuando te acostumbras a la isla, entiendes que lo tiene todo. En la Bienal de Venecia no tenemos un Pabellón, pero han participado artistas como Allora & Calzadilla, asentados en Puerto Rico hace muchos años representando al Pabellón de Estados Unidos en 2011. Es curioso cómo se ha ido configurando el tema de nuestra identidad, tenemos muchas comunidades latinas unidas en los Estados Unidos y en el mundo. Y representantes como Raúl Juliá, Roberto Clemente, Benicio del Toro o Ricky Martin, que llevan tiempo levantando la bandera de Puerto Rico cada vez que pueden. Y bueno, ahora mismo Bad Bunny es un fenómeno aparte. Siento que lo mismo pasa en las artes plásticas, hay una nueva generación que respeta mucho el legado del arte puertorriqueño de los cincuenta, sesenta, setenta y en adelante, no los ven como parte del pasado, sino como referentes sólidos.
P.- El formato del libro, más que una entrevista es una conversación con el escritor y curador Omar-Pascual Castillo, ¿de cuándo data esta amistad?
R.- A Omar lo conocí en 2004 cuando fui por primera vez a ARCO. Antonio Zayas, comisariaba la zona de América del Sur, Centro América y el Caribe, me invitaron, pese a que mi galería tenía poco tiempo. Antonio me presentó a Omar, quien había hecho una muestra sobre José Bedia y le pregunté que cuándo le hacíamos una a Arnaldo Roche Rabell, porque eran contemporáneos. Diez años después se hizo la exposición en Gran Canaria, se tituló En azul. Señales después del tacto (Frottages), en el catálogo menciona el «tesón», que me caracteriza. En el libro también menciono que hay un hilo muy fino entre ser tenaz y ser pesado, un galerista tiene que ser tenaz. Con Omar hay un respeto mutuo, además es un gran poeta, un tipo muy sensible, creo que fue un gran acierto hacer el libro con él.
P.- La Bienal de Arte de Venecia se ha inaugurado con la renuncia del jurado, por el rechazo a la participación de Rusia e Israel y casi la mitad de los artistas participantes han renunciado a optar a los premios creados tras la dimisión del jurado…
R.- Son tiempos muy convulsos para las artes. También pienso que los pabellones no deberían tener sponsors de marcas, porque entonces estamos frente a un concepto de feria más que de una bienal. Sin embargo, para mí sigue siendo importante visitarla. Esta edición estoy apoyando la obra del artista dominicano Iván Tobar. Cuando el estate me buscó, me di cuenta que le faltaba ciertos hitos a su carrera, a nivel de estrategia y mercado. Tobar fue un gran artista, amigo de Breton, de Dalí, de la última generación de surrealistas, pero se regresó a República Dominicana y perdió notoriedad. Tiene un lenguaje muy propio, recuerdo que hace años fui a París al Museo Pompidou a ver una muestra sobre surrealismo y me llamó mucho la atención no encontrar nada de su obra. Aparecía mencionado en el catálogo, pero no en la muestra. Hablé con uno de sus coleccionistas, le conté y le dije que faltaba difundir su obra. Al pasar a asesorar el proyecto, contacté a Christian Viveros-Fauné, crítico de The Village Voice, un curador con una gran visión, fue él quien me dijo que era importante presentar su obra en la Bienal de Venencia. Pese a que República Dominicana no tiene un Pabellón, conseguimos el Museo Storico Navale, y presentamos una propuesta curatorial, la muestra se titula Iván Tovar: Le Retour, y es parte oficial del programa de la Bienal.
«Es un gran honor compartir estantería con Peggy Guggenheim, Simon de Pury o Leo Castelli, a quienes siempre he admirado»
P.- Se le conoce como galerista, pero también como el agente de Arnaldo Roche Rabell, quien fue el gran pintor neoexpresionista de Puerto Rico.
R.– Arnaldo más que un amigo, fue como un padre y un mentor, yo digo que fue mi miyagi, porque fue mi maestro. Lo conocí en un momento de mucha rebeldía, había dejado la escuela, ni siquiera llegué a high school. Mi madre, que es una gran mujer, me dijo que no me podía obligar a estudiar, pero que en la vida tenía que ser buena persona. Un día me invitaron a una charla que daba Roche, yo fui porque después había jangueo y ahí lo vi por primera vez. La mayoría de jóvenes de mi generación querían ser policía, bombero o trabajar en una posición del gobierno, yo sabía que eso no era lo mío. Un día en San Juan lo reconocí y saludé, él no se acordaba de mí, me contó que estaba viviendo en Chicago y que le estaban preparando una muestra en el Museo de Arte Moderno de México. Necesitaba un asistente y me ofrecí serlo, no sabía que era menor de edad, tenía 16 años, me puso a prueba dos días y me dijo que me quedara. Desde entonces en su estudio hacía de todo, aprendí todo de él, era muy organizado, había estudiado arquitectura, me enseñó hasta a barrer de la forma correcta o a hacer sus propios bastidores. Con el tiempo me convertí en su studio manager.
P.- ¿Cuándo decidió que tenía que abrirse camino para fundar su propia galería?
R.- Mi nombre se había hecho popular a fines de los noventa como el agente de Roche, nunca fue mi meta abrir una galería, pero tenía una agenda con muchos contactos, asistía a su galerista y soy un vendedor innato, así que era el siguiente paso que debía dar. Inauguré WOCA en 2004, con una muestra de artistas que incluían a Víctor Vázquez, Carlos Betancourt, Luis Vidal, Tatiana Parcero y a Roche. Empecé con artistas ya consagrados, luego llegaron los jóvenes. Desde siempre tuve como estrategia dar planes de pago y aunque no me los pidieran los daba, creo que es un método que sirve económicamente pero también psicológicamente. Lo hago con gente que empieza, pero también con grandes coleccionistas que me contratan como advisor. En un principio no quería que llevara mi nombre, me daba algo de pudor, como también me chochó lo del «galerista tropical», tengo un ego grande pero bien administrado. Me pasó lo mismo cuando revisé los otros títulos que Turner habían publicado de gente relacionada al mundo del arte. Pero ahora veo como un gran honor compartir estantería con Peggy Guggenheim, Simon de Pury o Leo Castelli, a quien siempre he admirado. El libro me gusta porque se puede adaptar a cualquier lector y creo que todos pueden sacar algo positivo para sus vidas, por más que no estén ligados al mundo del arte, creo que mi historia puede inspirar a varios.
«Cualquiera con mucho dinero puede tener un Rolex o un Patek Philippe, pero las obras de grandes artistas son únicas»
P.- Como asesor y galerista ha sabido hacerle frente a todas las crisis que han desestabilizado el mercado del arte.
R.– En el peor momento de la recesión de 2008, a mí me empezó a ir muy bien, me llegó un cliente en plena crisis, mientras yo estaba recortando gastos. Nos fuimos a Art Basel Miami Beach, donde encontré maravillas, porque mucha gente estaba rematando piezas. Compramos obra de Bill Viola, Matthew Barney, Julian Schnabel o Ron Mueck a precios muy bajos y no sólo eran los nombres, sino que había piezas muy importantes. Una de Marina Abramović, luego la prestamos al MoMA para su retrospectiva en 2010. Por el vídeo de Bill Viola pagamos 200.000 dólares, había sido la obra que se mostró en el Pabellón de los Estados Unidos en la Bienal de Venecia cuando lo representó. El coleccionista me dijo que pagar ese precio por un vídeo era una locura, le expliqué que sería un Van Gogh del vídeo arte, tomó el riesgo y luego se dio cuenta que acertamos.
P.- El mercado del arte no es considerado bursátil en el sentido tradicional, aún así muchos prefieren invertir en obras antes que en acciones…
R.– Yo he tomado muchos riesgos, en momentos he gastado hasta lo que no tenía, pero también sé esperar y confiar en los tiempos. He creído mucho en los medios de prensa, en la difusión, creo en la cobertura, porque ayuda a crear la necesidad de la obra. Mi forma de vender siempre ha sido educativa. Por ejemplo, Piss Christ de Andrés Serrano, fue una obra rompedora y polémica, pero también fue una excusa para abrir un mercado de fotografía, porque en Puerto Rico no existía. Yo dediqué un año en la galería a la fotografía cuando eso nunca se había hecho, Dermis Pérez León la comisarió. También traje a la isla a Serrano en 2006 y vendí su show como histórico, porque lo fue. Actualmente WOCA no participa en ferias, porque me di cuenta que habían perdido prestigio, en parte porque no son tan rigurosos con el proceso de selección. Cuando yo empecé las buenas en Norteamérica eran Art Chicago, Art New York y Art Basel Miami Beach, recién estaba empezando. Fui a la primera edición en 2002, fue una gran idea que se tradujo rápidamente en cifras, lo que mejor hicieron fue la agenda del programa VIP, además que geográficamente atraía a todo el público de Latinoamérica. Cuando abrí mi galería, me parecía estratégico participar y dejé de ir cuando me empezó a irme bien como advisor. Al tener mi propio capital, podía armarme mi propio juego, sin dinero estas a la merced de que lleguen los coleccionistas a comprarte.
P.- Entre sus clientes ha sabido captar el interés de coleccionistas jóvenes y en su libro dice que «al new money no le gusta el traje», ¿a qué se refiere?
R.- Yo siempre iba «trajeado», pero me di cuenta que los coleccionistas jóvenes me veían muy formal, les daba miedo. Mi look es particular, aunque creo que soy una oveja disfrazada de lobo, al revés del dicho. Ningún reguetonero anda con traje y ese también es mi mercado, además que su música me gusta. Se piensa que este público prefiere los relojes o los coches, pero también están dispuestos a hacer nuevas inversiones relacionadas con el mundo del lujo. Basquiat o Warhol, ya son nombres que escuchamos en canciones de Jay-Z o Jhay Cortés. El mercado de lujo ha cambiado y es muy amplio, cualquiera con mucho dinero puede tener un Rolex o un Patek Philippe, pero las obras de grandes artistas son únicas.
P.- ¿Qué otros nichos u oportunidades ha sabido reconocer en el mercado del arte contemporáneo?
R.– En la pandemia sorpresivamente me fue muy bien, había crisis, pero logré identificar ciertos nichos. Estaba en mi piso con mis hijos y me di cuenta por las redes que las subastas de arte se estaban celebrando semanalmente. Les escribí a las más importantes y como estábamos confinados, entregaban las obras a 60 o 90 días. Les pedía que me dieran el mismo tiempo para pagarles, también empecé a hacer vídeos divulgativos de lo que estaba comprando. Hacía trasmisiones en vivo, hablando, por ejemplo, de la obra de Julian Schnabel y de su cine o invitaba a la vicepresidenta de Christie’s para hablar del mercado del arte. Los incentivos que daban para negocios cerrados, no los tuve que tomar y las ganancias las reinvertí comprando obras, porque sé que las crisis pasan y el en el mercado secundario se venden bien. Un momento complicado para la galería fue el 2017 por el huracán María, que devastó la isla. Fueron ocho meses que no la pude abrir, pero para el momento de la llegada del huracán, la había convertido en un centro de acopio. Los planes de pago siguieron llegando y pude mantener la nómina, pero lo más importante era unirnos para ayudar al país.
«Los artistas cada vez van a tener más el control sobre su obra y eso está bien»
P.- Y como asesor de arte, ¿qué niveles de riesgo toma?
R.– Muchos, yo compré una paloma de Maurizio Cattelan para un coleccionista por 150.000 dólares, primero no quería hacer la inversión, pero le expliqué que su obra era pura provocación. Recuerdo su conferencia de prensa en el Guggenheim, después de su retrospectiva, cuando dijo que se retiraba del mundo del arte. Volvió con una de sus palomas y se vendió por dos millones de dólares. La masa le da un poder icónico a la pieza, según quién pueda comprarla. Igual paso con Salvator Mundi, que se vendió en casi medio billón. Fui a ver la obra unas semanas antes de la venta, y supe que superaría los 400 millones, porque no había ninguna obra de Da Vinci en una colección privada, ese elemento era muy potente.
P.- ¿Cree que seguirán dominando estas estrategias de marketing el mercado?
R.- Yo admiro a personajes como Damien Hirst o Jeff Koons, aunque les llamen «artistas de lobby», porque me encanta que hayan defendido sus propios caminos. Hirst le quito su obra a las poderosas galerías White Cube y a Gagosian, hizo su propia subasta en Sotheby’s. Hay algo subversivo en esto que es admirable. Seis meses después se cayó el mercado y él se pudo comprar las obras más importantes de Francis Bacon, hoy en día es su coleccionista más importante. Personas como Leo Castelli, Larry Gagosian o Bruno Bischofberger, han sabido aprovechar sus momentos y crear sus propias reglas de juego. La gente critica mucho, a mí, por ejemplo, me gusta que el artista sea el que mande, los galeristas podemos tener la estructura y somos hábiles vendiendo, pero sin ellos no somos nada. El mundo del arte va a seguir cambiando y los artistas cada vez van a tener más el control sobre su obra y eso está bien.
