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Literatura

Dolores Gil: escribir para poder seguir viviendo

Ante «la violencia de los hechos», el talento para reflexionar sobre las cosas que importan a partir de un acontecimiento

Dolores Gil: escribir para poder seguir viviendo

'Parte de la felicidad', de Dolores Gil. | TO

Son solo 70 páginas de formato pequeño, de 24 líneas como mucho, y además, quitando preliminares, exergos y páginas en blanco entre las distintas secuencias, se quedan como mucho en 45 o 50. Quiero decir que se podría leer en media hora, pero no creo que nadie lo haga, porque hay que ir parándose, hay que ir asimilando todo lo que aquí se dice, de una sencillez enorme y a la vez de una inmensa gravedad.

Un corto, pero hondo trenzado de traumas es lo que sostiene Parte de la felicidad, el primer libro de Dolores Gil (Buenos Aires, 1981), que desde ya hay que añadir a la lista de los testimonios realmente bien hechos, de los libros personales que, bajo su crudeza o su sinceridad, cuentan como base con el acierto a la hora de dar con el tono oportuno, con la temperatura adecuada para que algo que, por definición, no puede no ser emotivo, no descarrile por el lado de lo lacrimógeno. Y ahí yace el interés literario: ¿acaso no consiste el talento en saber contar bien algo? Aquí se nos hace partícipes de un desgarro muy íntimo y muy prolongado, tanto que podría llegar a incomodar a los lectores que buscan más distracción que implicación, pero se hace objetivamente bien. Habrá quien piense que es fácil, porque, según esa forma de leer, la autora se habría limitado simplemente a contar lo que pasó y lo que significa para una que aquello pasara, pero yo no estaría de acuerdo: en mi opinión, es especialmente difícil contar bien y con tanta exactitud algo así. Los enemigos de la autoficción (palabra que de hecho empieza a molestarme, por obviamente anacrónica) dirían que Gil podría haber aprovechado todo lo que sufrió y aprendió con lo que aquí cuenta para atribuírselo a un personaje, y de algún modo alejarse pudorosamente de su propia crónica en un relato que estaría amurallado por la invención, por el aparentemente mayor mérito de la imaginación, de la creación de personajes ficticios, de la forja de situaciones verosímiles pero no verdaderas… Pero si algo hemos aprendido leyendo buenos testimonios autobiográficos es que no hace falta dar ese rodeo novelesco, y que nosotros mismos es lo que más a mano tenemos: si sabemos explicarlo bien, si sabemos explicarnos bien, accederemos más directamente a esa verdad que también anhelan las narraciones, la poesía, el ensayo o el teatro…, y colocaremos una buena baldosa en ese camino común por el cual intentamos entendernos.

«Si no escribo este libro no puedo seguir viviendo», afirma Dolores Gil para arrancar uno de sus breves capítulos: pocas veces habremos leído de un modo más claro y serio esa necesidad de soltar cosas. Desde siempre se sabe que escribir ayuda terapéuticamente a librarse de torturas mentales, a ordenar las propias preocupaciones o a resolver cuentas pendientes… Felizmente, toda esa escritura curativa tiene un valor privado que queda en casa de cada cual, pero cuando lo que resulta es tan bueno como esto, todos ganamos con que además se publique. En este caso, además, según se explica, esto nació de una especie de encargo o, mejor, de desafío: alguien le preguntó si tenía algún texto para una colección de libros cortos que andaba poniendo en marcha y Gil supo enseguida que era el momento de abrazar fantasmas no para espantarlos, porque son fantasmas queridos, que una quiere tener cerca, sino para pasar una página atormentadora.

«Ay de mí, / que ya no puedo / vivir sin ver / lo que vi», afirmaba un personaje de Lope de Vega, y me parece un modo sintético y glorioso de referirse al trauma, al impacto constante e indeleble que algún suceso deja en nosotros. En este caso, se trata de la muerte accidental de la hermana pequeña de la autora cuando aquella tenía seis años. Un descuido doméstico, y una pequeña sucesión de fatales movimientos, dio como resultado una muerte tan espontánea como espantosa, y tanto el hecho en sí, como sobre todo la pena incalculable que dejó, la mala conciencia, las preguntas, los cálculos, las posibilidades, el vacío… es lo que articula esta expiación, este ejercicio de memoria, sensibilidad y conciencia, este intento por no olvidar, pero sí por perdonarse, por dejar ir en paz, por asumir las cosas.

Ese horrible hito del pasado lejano se une a los intentos del pasado reciente por ser madre, y las dificultades y disgustos en esa aventura de la concepción, las gestaciones, las pérdidas… crean (en poquísimas páginas, insisto) un relato coherente, una correspondencia entre tiempos, casi un diálogo posible entre la que murió años atrás y los que no han nacido ahora. Desde la primera línea del segundo capítulo se sabe que al final hay un hijo nacido y sano, que duerme a nuestro lado mientras ella escribe (y mientras nosotros leemos), y eso amansa mucho la pesadumbre de todo lo que viene. El sortilegio de este librito no tiene nada que ver con la autocompasión ni con los intentos de dar pena: si fuera así, el fracaso sería estrepitoso. Hay, en todo caso, un relato de superación, de conquista trabajosa de la serenidad, de lograr merecer una tristeza ya no anuladora, sino fecunda, bien colocada en su sitio, inevitable, pero casi amable, no agresiva: es algo que late ya desde el mismo título, deliberadamente ambiguo.

Ante «la violencia de los hechos», la paz de la escritura, la habilidad enorme para reflexionar sobre las cosas que importan (y para «afianzarse en el corazón de la vida») a partir de un acontecimiento insoportable.

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