Stephen Fry y la vigencia de los viejos mitos griegos
El actor cierra su tetralogía sobre la Grecia clásica con ‘Odisea’, una recreación que actualiza la epopeya de Homero

El actor británico Stephen Fry en Atenas (Grecia). | Aristidis Vafeiadakis (EP)
Una epopeya sin épica es, de partida, una contradicción en sus propios términos. La forma narrativa más antigua, por supuesto escrita en verso, fue concebida desde el origen de la literatura para cantar —relatar solo es el pretexto para el canto— las gestas de los grandes mitos culturales de la Hélade que, gracias a la tradición literaria occidental, que si es todavía discutida es debido a su extraordinaria riqueza, son también los nuestros. Vivimos desde hace siglos en un mundo sin héroes y sin santos. Donde las mitologías lo son por la depreciación del oro sagrado de los antiguos.
La modernidad dejó de creer en los héroes del pasado y su obra más capital —El Quijote— instaura otra situación: un hombre que sueña lo que ya no es y, de esta forma, logra conjurar gracias a la fábula la mezquindad de un mundo degradado. Las idolatrías modernas son radicalmente diferentes: vinculan la devoción con el número y la multitud, como si los grandes personajes del pasado necesitasen llenar un estadio de fans. Se trata de un rasgo de época. Si Ulises, el héroe de la Odisea, apareciera entre nosotros, sería tomado por un demente absoluto. Ni siquiera tendría la oportunidad de ser vulgarizado, que es lo que hizo Joyce en su Ulysses. Lo mismo le ocurriría a Jesucristo: sería ignorado por buena parte de la grey católica.
Los héroes mitológicos, sin embargo, no son mera arqueología cultural. Encarnan arquetipos universales que, muchos siglos después de que fueran formulados por vez primera —gracias a poetas anónimos—, todavía nos ayudan a explicarnos. Si la poesía épica no cuenta con muchos lectores no se debe a su lenguaje y a su preceptiva. La mayoría de los libros de gestas son perfectamente legibles con un mínimo de cultura y esfuerzo. El declive de estos dos valores es la causa de que muchos lectores necesiten adaptaciones audiovisuales y versiones literarias reducidas, simplificadas y acordes con su pereza para entender la fascinación por la cultura clásica.
No es, en todo caso, un pecado. Pero la verdad —que, como dice don Nicanor (Parra), nunca puede quedar sin ser dicha— es que la culpa, por resumirlo de alguna manera, no es de los pobres clásicos, que conservan su ambigüedad, eficacia, utilidad y riqueza. La responsabilidad, sobre todo, es nuestra, porque es la mayoría de la sociedad la que ha dejado de tener aprecio por la tradición literaria. Así que, en principio, no cabe hablar de ortodoxia o heterodoxia en esta tarea —valerosa— de divulgar mediante otros canales alternativos el legado de la Grecia clásica o de Roma.
Todo lo que no sea acudir al texto original —o a traducciones rigurosas: no esperamos que el personal domine el griego antiguo— será inevitablemente una pérdida, de igual manera que no es lo mismo ver un cuadro en un museo que contemplar su reproducción en el catálogo de una exposición. Dicho lo cual, tampoco tiene sentido escandalizarse, como acostumbran a hacer los guardianes del dogma académico, los helenistas y los eruditos, por divulgar a los mejores poetas y escritores con ediciones para dummies.
La ignorancia —sin excepción— es peor que un conocimiento superficial de las cosas. Por eso resulta interesante el experimento que, a través de una tetralogía, ha hecho el actor, director de escena y escritor británico Stephen Fry sobre las distintas edades mitológicas de la Grecia antigua. La serie comenzó con Mythos, dedicada a los dioses del Olimpo; prosiguió con Héroes, donde se relatan las peripecias de insignes semidioses y hombres mortales —Perseo, Teseo o Heracles—; continuó con Troya, la madre de todas las guerras, y culmina ahora con Odisea, consagrada al regreso de Ulises y otros personajes —Agamenón, Menelao o Eneas— a sus hogares, surcando un Mediterráneo lleno de peligros, sortilegios y misterio.
Todos los títulos están publicados en español por Anagrama. Y en todos encontramos un método parecido y una voluntad similar: volver a contar, desde la perspectiva de un lector contemporáneo común, el universo narrativo del mundo clásico. Fry aborda esta tarea con atrevimiento, ironía y eso que los británicos denominan wit y nosotros llamamos ingenio. No traduce los textos originales —aunque los haya manejado como fuentes primarias— ni es tampoco fiel a la mentalidad de sus autores. Su objetivo es otro: acercar sus historias y criaturas a un lector que ni es erudito, ni es académico, ni está siquiera versado en las artes de la literatura antigua.
El actor británico, que estudió Literatura Inglesa en el Queens’ College de Cambridge, interpreta, con erudición e indudable desparpajo, esos grandes relatos que los filósofos posmodernos decían que estaban muertos y cuya vigencia es eterna. Se permite toda clase de licencias, traslaciones, comparaciones y comentarios —salvo en las notas al pie, que son muy pertinentes e ilustradas— para facilitar la comprensión actual de estas obras.
Odisea versa acerca de un motivo terrestre: el retorno al hogar, ese eterno anhelo del ser humano, como escribiera el poeta Novalis. Stephen Fry romancea el poema de Homero y lo adapta —como si se tratase de un plot—, prescindiendo tanto de los atributos épicos como de la solemnidad del hexámetro dactílico. No hay pies métricos, ni cadencias, ni rige el ritmo de las sílabas largas y breves. Hay una sucesión de escenas, igual que en una serie. No se explica a Homero. Se le pone en escena. El método sacrifica parte de la emoción retórica en favor de la divulgación popular.
Habrá, sin duda, a quienes este ejercicio les parezca un sacrilegio. Pero tal juicio no debería basarse en el atrevimiento, sino en el resultado. ¿Acaso no hizo esto también Shakespeare? ¿No es el Quijote de Cervantes un libro degradado del género de caballería? El Odiseo de Fry es tan astuto como el personaje original. Pero también es un individuo vanidoso, notablemente varonil —al parecer, esto cuenta como un defecto—, adúltero sin culpa ni arrepentimiento y un guerrero despiadado cuando se trata de salirse con la suya. Nada nuevo bajo el sol: los antiguos héroes griegos no eran santos, igual que tampoco lo eran sus dioses, los reyes paganos del monte Olimpo.
La tetralogía de Fry es, sin embargo, una excelente puerta de entrada a este mundo remoto. Una forma de conducir a los lectores del presente hacia los episodios del pretérito. Más que escribir una novela a partir de una epopeya, el acierto de Fry es de índole performativa. La versión en formato audiolibro, narrada en inglés por el actor, acerca la Odisea a lo que un día fue: un cuento de guerra que se contaba en las noches de lumbre.
La diferencia, además de la técnica —un actor no es un rapsoda—, es de tono, lenguaje y sensibilidad. Fry se esmera en hacer una estupenda adaptación teatral, con diálogos conversacionales. Usa el humor y la burla, pero también la gravedad y los sentimientos, aunque sea discutible el sustrato moral que a veces proyecta su versión. Absténganse, pues, los puristas y acérquense —sin miedo— los diletantes. Al fin y al cabo, la operación que el actor británico consuma en estos cuatro libros es la misma que corresponde a los miembros de un selecto club de lectores: hacer propia una obra que, hablando de otros, en ningún momento deja de contarnos a todos.
