Richard Ford, memoria y artesanía de la escritura
El autor norteamericano medita en el ensayo 'En palabras sencillas' sobre sus inicios, dudas y ambiciones como novelista

El escritor norteamericano Robert Ford. | Wikimedia Commons
Northrop Frye, eminente crítico canadiense, sostenía que la finalidad de las palabras no es idéntica ni semejante en la literatura y en la política. En el primer caso, su uso tiende a ser «desinteresado»; en el segundo, es el interés (fenicio) el que alimenta a un orador, aunque se camufle bajo los ropajes de la persuasión. No se trata de leyes incompatibles: lo que un escritor desea, a fin de cuentas, es tener lectores e influencia y, al perseguir ambas cosas, también le mueve un objetivo, aunque, en apariencia, sea distinto al que profesa un gobernante cuando aspira a que los ciudadanos le crean (porque miente) o un candidato procede a pedir el voto.
Las palabras nunca dicen exactamente lo mismo, como explica el escritor norteamericano Richard Ford (1944) en su ensayo En palabras sencillas, uno de los títulos que ha elegido la editorial italiana Feltrinelli, propietaria del sello barcelonés Anagrama, para debutar en el mercado en español. Ford, autor, entre otras novelas, de El periodista deportivo, relata en este ensayo, escrito desde una agradable modestia y a ras de suelo —cosa muy poco frecuente entre su gremio—, que tiende a ponerse estupendísimo, sus inicios, dudas e inseguridades como novelista.
Se trata de un libro de testimonio personal, aunque apoyado en la autoridad y en las inteligentes enseñanzas de otros escritores y críticos literarios. El autor estadounidense se pregunta en él por la relación (antagónica) entre la política y la creación literaria a partir de un episodio —el comentario de un lector en un acto público en Hamburgo, sucedido más de tres décadas atrás de la redacción de estas confesiones— que le hace caer en la cuenta, para su sorpresa, de que, aunque un novelista quiera y pueda inducir un determinado marco de lectura para sus libros, es cada lector quien valida o discute la jerarquía propuesta por el autor. En este caso, atribuyendo un sentido político —entiéndase el término de forma muy amplia— a lo que quizás fuese concebido bajo parámetros estrictamente artísticos.
Ford nunca se propuso hacer novelas comprometidas. Mucho menos militantes. Su único motor literario ha sido la vida de los individuos concretos —sus personajes— y una de sus máximas, según admite en estas memorias, ha sido siempre evitar caer en el didactismo o en el adoctrinamiento, que curiosamente son dos de las constantes de una parte de la narrativa que, al menos en España, publican algunos sellos de grandes grupos editoriales. Y, sin embargo, tras una vida literaria guadianesca, después de dos modestas novelas iniciales —Un trozo de mi corazón (1976) y La última oportunidad (1981)—, un paréntesis para trabajar como cronista deportivo en una revista y un retorno, que ya sería definitivo, a la narrativa, el escritor norteamericano descubre que, al retratar a personajes privados, cada uno con su locura o preso de sus dramas, involuntariamente sus libros pueden interpretarse como retratos sociales.
Esto no los hace mejores. Tampoco peores. Sencillamente, los convierte en otra cosa: artefactos polisémicos y emancipados de su autoría formal. Estas memorias literarias, que empiezan en el Misisipi de su infancia (donde se ambienta su novela de debut) y después se desplazan a Oaxaca (México), donde transcurre su segundo libro, una narración noir, antes de regresar definitivamente a los paisajes de Norteamérica, encierran una sabia meditación sobre el arte (y los desastres) de novelar la vida.
Política y literatura
Es la veta más sustanciosa de este libro, sobrio en extensión pero muy rico en sugerencias, que rechaza desde el principio y hasta el final esa idea, tan común entre autores de las últimas dos décadas, de que la política (militante) pueda convivir sin problemas con la verdadera literatura. Ford no comparte este juicio, aunque sí defiende que la intensa irradiación que poseen muchos grandes relatos obedece a la infrecuente —e involuntaria— síntesis entre el mundo íntimo de los personajes y su vínculo con la rudeza de la vida, entendida esta como una sucesión infinita de conflictos.
Para el escritor norteamericano, más que como un objetivo, determinadas novelas terminan siendo políticas sin buscarlo ni pretenderlo. Y lo ejemplifica con su propia trayectoria biográfica, incidiendo en los tanteos, proyectos y fracasos que le acompañaron en un camino incierto que, en contra de lo que creen tantos aficionados a la escritura, no parecía tener un horizonte despejado ni una salida exitosa. Fue justamente esta búsqueda la que le desvelaría el método que le ayudó a convertirse en el escritor que deseaba ser.
Leer, por supuesto, forma parte de la ecuación, igual que la influencia (o la oposición) con respecto a la tradición literaria que nos antecede, pero no es el único factor necesario. Hay que saber elegir qué se quiere contar y cómo debe relatarse. Y, sobre todo, ponerse a hacerlo. No es ninguna obviedad. Escribir una novela —otra enseñanza de Ford— es una tarea que puede pensarse y planearse, pero que únicamente se comprende haciéndola. Es entonces cuando de verdad se descubre la complejidad que supone tratar de dotar de una vida aparente lo que no deja de ser una invención.
A priori, la novela es el género mutante por definición: en ella cabe todo, pero no de cualquier modo y manera, como señaló Stendhal en una cita que Ford coloca al inicio de estas memorias: «La política en medio de una obra literaria es un pistoletazo en medio de un concierto, una zafiedad a la que, sin embargo, no se le puede negar atención». El ruido de la calle es parte de la vida y un ingrediente más de la literatura. Ford explica su forja como escritor. Tras dos libros discretos, encontró un filón en el personaje de Frank Bascombe, reparó en la mezcla (hasta entonces ignorada dada su obstinación por ser tomado como un autor serio) de humor y profundidad, tan habitual en la vida real, y descubrió que un escritor no está —ni debería estar nunca— encadenado a una única voz narrativa. Toda una lección para muchos editores y la habitual legión de los diletantes de la literatura.
