'Malcolm: de mal en peor', la resurrección de un clásico
La serie de comienzos de siglo vuelve a las pantallas por primera vez en dos décadas con trucos y personajes nuevos, pero el humor de siempre

Fotograma de la serie | Disney/Hulu
Hace casi dos décadas exactas y con siete temporadas a la espalda, Malcolm in the middle (2000-2006), abandonó las pantallas. La serie, que seguía a la disfuncional familia de un niño con altas capacidades, volvería de vez en cuando en diferido y, por supuesto, a través de la multitud de servicios de streaming a nuestra disposición. En concreto, a través de Disney+. Sin embargo, ni su creador —Linwood Boomer— ni su reparto quedaron satisfechos con la resolución de una sitcom marcada por el humor y un estilo pensado para jóvenes mileniales.
Sus seguidores también se quedaron con ganas de más, así que, en diciembre de 2024, se anunció la secuela Malcolm: de mal en peor —disponible en Disney+ desde el 10 de abril—. La miniserie de cuatro episodios se ve en una tarde y, para quienes crecieron con la familia de Malcolm, es una vuelta quizás no a comienzos de siglo, pero sí a una casa de la infancia. Y, desde luego, a una relación disfuncional que sigue siendo tan cómica ahora como lo fue entonces.
Es divertido recuperar a la familia para ver dónde están 20 años después de abandonarles: Malcolm, el antiguo protagonista principal, por ejemplo, evita a su familia a toda costa desde que sus padres le dejaran claro que su plan era que se hiciera presidente de los EEUU y luchara por la gente como ellos (la clase baja y trabajadora). El personaje titular sigue siendo igual de insufrible que lo era en la versión original, con una notable diferencia: no quiere cometer los errores que siente que sus padres (especialmente su madre) cometieron con él. Intenta dar espacio a su hija, Leah, para que crezca: la deja ser ella misma e intenta, sistemáticamente, ni juzgarla ni imponerle sus creencias. Descontando la relación que Leah tiene (o no) con sus abuelos —gran y relevante caveat—, no se puede considerar que Malcolm haya hecho una mala labor.
Un protagonista relegado a un segundo plano
Dada la duración de la serie —poco más de dos horas, una película—, da la sensación de no poder pasar suficiente tiempo con todos los personajes, algo que se nota con el tercer capítulo, dedicado en gran parte a Hal, el cabeza de familia. Bryan Cranston, como ha demostrado a lo largo de su extensa carrera (en títulos como Archer y Breaking bad), es un gran actor, así que se entiende por qué parte de la carga emocional —especialmente en el desenlace— recae sobre sus hombros. Aun siendo comprensible, esto hace que las escenas entre Jane Kaczmarek —que interpreta a Lois, la madre— y su progenie no respiren lo suficiente como para ser todo lo que podrían ser. Aunque hay que reconocer que es agradable ver cómo Lois demuestra el amor infinito que ella siempre ha sentido por Hal, puesto que en la serie original ella estaba demasiado preocupada con asegurarse de que Malcolm et al no terminaran metiéndose en más líos todavía. Así pues, la importancia del padre es un tanto agridulce, pero resulta complicado molestarse con la decisión de darle protagonismo.
Además, después del primer capítulo, parece que Malcolm queda casi relegado a un segundo plano y se podría —más o menos— considerar a Hal casi el personaje principal, dedicándose la serie a su rol como el pegamento de la familia. Aunque no es una mala decisión, la «pérdida» de Lois como personaje o, incluso, símbolo es una pena, puesto que si la familia ha prosperado es porque ella impulsó a sus miembros a ser sus mejores versiones. Salvo a Reese, uno de los dos hermanos mayores. Él siempre fue una bala perdida.
Otros cambios relevantes (antes que el mayor, disponible en el siguiente párrafo) que merecen la pena comentar: al contrario que la serie primigenia, la secuela no se regodea en el alipori de sus personajes cometiendo errores fácilmente evitables o, como dirían Leah y Kelly —nuevas adiciones al reparto—, el «cringe» (la vergüenza ajena de toda la vida). Sobre todo, se nota el cambio entre la producción contemporánea y la original: la casa de Lois y Hal está demasiado cuidada y ordenada si la comparamos con la serie original. Aunque es cierto que tienen menos gente en casa, hay otro motivo por el que la casa estaba hecha un cirio que sigue siendo relevante —explicitando en el segundo capítulo que sigue siendo un «problema»—. Esto hace que su hogar deje de ser una casa para convertirse en un decorado, sacrificando parte de la personalidad del título.
Parte de la gracia de la serie original era que Hal y Lois nunca tuvieron hijas —se dedicó un capítulo entero a imaginar cómo sería su vida de ser así—. Por ello, hacer a Kelly (Vaughan Murrae) no binarie no es solo un chascarrillo dedicado a los fanes originales, sino que es fundamental para el clímax emocional. Desde que tenía cinco años, explica Kelly, no entendía su identidad, no sabía quién era y no sentía encajar. En la escena, no solo vemos a Murrae lucirse en una confesión a cámara, sino que explica cómo su padre —antes incluso de que elle tuviera las palabras para expresarse y entenderse— ya sabía por lo que estaba pasando y le entendía y quería. Es esta confesión la que cimienta la bondad, comprensión y amor que Hal siente por su familia y cómo el cariño del paterfamilias perfila y define su entorno, al tiempo que reafirma la identidad de Kelly sin hacerle de menos.
Las relaciones más importantes
Esto contrasta con la relación entre Malcolm y Leah, su hija (solo un par de años menor que su tíe Kelly). Ninguno de los dos padres hace una mala labor; tanto Hal como Malcolm adoran a Kelly y Leah, respectivamente, pero Malcolm tiene que lidiar con una versión en miniatura de sí mismo por su cuenta; mientras que Hal gestiona a una fusión entre sí mismo y la moral inquebrantable de su mujer con la ayuda de Lois. Dos respuestas a una educación llena de amor completamente distintas, ambas correctas a su manera (salvo, de nuevo, el enorme caveat de la inexistente relación entre Leah y sus abuelos). Kelly, por supuesto, tiene la fortuna de que Lois y Hal ya tenían experiencia con alguien como elle: inteligente e incapaz de rendirse.
Es cierto que los capítulos —salvo, quizás, el último y un par de momentos con, cómo no, Reese, el más travieso de los originales— no capturan el caos inherente a los hermanos de jóvenes que caracterizó a su predecesora, pero esto no desmerece a De mal en peor. Para empezar, Malcolm y Francis —el hermano mayor— son adultos —debatible—, mientras que Kelly tiene derecho a ser abierta y descaradamente inmadure —a duras penas tiene 20 años—. Reese, por su parte, va a su bola, mientras que Jamie y Dewey (los hermanos menores), por razones que no merece la pena dirimir, no están tan presentes en el metraje.
La serie ofrece carcajadas sólidas y escenas emotivas. Quizás, una pena que el núcleo emocional no sea la relación entre Malcolm y Lois (Kaczmarek siempre trabajó increíblemente con Frankie Muniz), pero tiene grandes momentos, especialmente entre Francis (que parece que Christopher Masterson nunca dejó de interpretar) y la madre, que recapturan un microcosmos de sus rencillas originales en el tercer capítulo. El plano final parece pedir a gritos una continuación y rescatar a los personajes para el segundo cuarto del siglo XXI. Aunque no es seguro que el mundo actual esté hecho para una sitcom como fue Malcolm in the middle en su momento, quizás sí se pueda hacer algo de provecho con los personajes; especialmente con una protagonista como Leah: igual de inteligente que su padre, pero mucho menos repelente.
