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Fórmula 1

Se cumplen treinta años de la muerte de Ayrton Senna, que cambió el deporte para siempre

Era educado y de maneras suaves, pero se transformaba en una fiera letal sobre el asfalto

Se cumplen treinta años de la muerte de Ayrton Senna, que cambió el deporte para siempre

Ayrton Senna, en una foto de 1990. | Autor

Tres décadas y el recuerdo sigue vivo. Tanto que sus gorras y camisetas se continúan vendiendo, más caras incluso que las de campeones recientes, a que pesar de que muchos de sus compradores ni siquiera le viesen correr. Ayrton Senna se nos fue, pero no para siempre.

Por eso el lema que enarbolan los que le siguen admirando es «Senna siempre». Es la razón por la que dolió tanto que los recientes propietarios del equipo Williams, los que le dieron el coche con el que perdió la vida aquel infausto 1 de mayo de 1994, retiraran un adhesivo con su figura al poco de llegar.

Figura eterna

Los nuevos dueños quisieron romper con el pasado y decidieron eliminar esa suerte de deuda pendiente de su último equipo con el astro brasileño. Apenas quedan personas relacionadas con los hechos en las instalaciones de Grove, cuando sale el tema, todos callan y eluden emitir palabra alguna. Sigue siendo tabú en el seno de la escudería.

Tras el accidente, y después de varios años encerrado bajo llave por un juzgado italiano, el último monoplaza en el que se subió le fue remitido a su escudería. Nada se ha vuelto a saber nunca de los restos, y cuando lo preguntas a los actuales miembros de la formación dicen no saber nada. Nada de nada. Cuenta la leyenda, que antes de ser destruido, el desaparecido Frank Williams acudía a verlo a solas y lloraba a su lado. Nadie lo confirma, pero es muy posible que la realidad fuese bastante parecida.

Distinto fue el casco de la marca Bell que portaba el de São Paulo aquella fatídica jornada del fin de semana más negro en la historia de la Fórmula 1. La judicatura italiana lo envió al fabricante, que lo incineró en presencia de su familia, deseosa de que no quedase vestigio alguno del luctuoso suceso. Del mono, guantes y botas jamás se ha vuelto a saber nada, y su paradero sigue siendo un misterio.

Tanto como la causa del accidente. Nunca se han conocido con exactitud las razones, aunque hay tres teorías: rotura de la dirección, pérdida del control en la frenada por pinchazo, o la caída de presión de los neumáticos tras unas vueltas siguiendo al coche de seguridad.

Ayrton Senna da Silva se estrelló en la curva de Il Tamburello de Imola a algo más de 200 kilómetros por hora. Por desgracia, era una zona de la pista que carecía de las protecciones actuales, y su bólido tampoco atendía a las medidas de seguridad de nuestra época. El neumático delantero derecho le golpeó la cabeza, que parece ser la causa de la muerte, y una de las barras de la dirección atravesó su visera. Los que hicieron fotografías de su cuerpo tras el impacto, que fueron varios, destruyeron las imágenes y jamás han visto la luz pública.

Aquel día 1 de mayo murió el hombre y nació el mito. Considerado por muchos el mejor piloto de todos los tiempos, revolucionó las formas de entrenarse, y de integrarse con los ingenieros en la búsqueda de la excelencia. Era un tipo educado y de maneras suaves, que se convertía en una fiera letal sobre el asfalto.

Rapidísimo a una vuelta, fue capaz de mantener un récord que nadie le ha arrebatado y que comparte con Juan Manuel Fangio: cuatro pole positions consecutivas en la pista más difícil de todas, Mónaco. La admiración mutua entre ambos corredores era pública y conocida.

El rey de las clasificatorias

Era acostumbrado que Senna sorprendiera los sábados. Su compañero de equipo, el cuatro veces campeón del mundo Alain Prost, salía a pista y marcaba el mejor registro, la que afirmaba ser la mejor vuelta de su vida. Minutos más tarde salía el brasileño y lo dejaba atrás con tiempos imposibles, de ahí su apodo, Magic, Magic Senna, porque hacía magia.

En el principado de Raniero se apostaba con los fotógrafos que sería capaz de arrancar cerillas encastradas en los guardarraíles. Pasaba a cientos de kilómetros por hora, y las partía sin tocar las protecciones. Ganaba. Ganaba en todo lo que se proponía, y ese era el reflejo de su espíritu, el de la competición. Por eso afirmaba que «el segundo, es el primero de los perdedores».

El tricampeón no era un intelectual, pero albergaba una enorme capacidad de generar frases de una profundidad atípica en este entorno. Las tenía de las que piden mármol, como «Todos los pilotos tienen unos límites. Los míos están un poco más allá», o «Si una persona no tiene sueños, no tiene ninguna razón para vivir». Una de las más duras, y que acabaron siendo uno de los ejes de su legado, es «Los ricos no pueden vivir en una isla rodeada de pobreza. Todos respiramos el mismo aire. Debemos dar una oportunidad a todos, al menos una oportunidad básica». Tenía inquietudes sociales, más allá de su vida y el deporte.

Valores humanos únicos

Ayrton miraba a su alrededor en São Paulo y veía favelas, indigencia y una triste desigualdad. A día de hoy, la Fundación Senna recauda cada año cifras que rondan los cientos de millones de dólares, y sus ayudas llegan a unos diez millones de niños. Becas educativas, escuelas y formación son las principales patas de una herencia que dirige su hermana Viviane.

Los restos del piloto descansan en el cementerio de Morumbí, en São Paulo, y no hay día que no reciba visitas. Siempre tiene flores frescas, que alguien cambia a diario. Allí llegó en su última carrera, un paseo sobre un camión del cuerpo de bomberos de su ciudad, al que se dice que le acompañaron tres millones de personas. Solo los funerales de John Fitzgerald Kennedy, Lady Di o Juan Pablo II han congregado a una cifra de personas de semejante calibre.

Para saludar a todos ellos, Senna dejó una frase que debería resonar en la cabeza de todos: «La vida es demasiado corta para tener enemigos». Los que allí se dieron cita eran todos sus amigos. Una vez fallecido, su lista aumentó.

Ayrton Senna da Silva es como el Cid Campeador, sigue ganando carreras aunque ya no esté en el mundo de los vivos. En el de los otros, seguramente haya añadido unos cuantos títulos más a su palmarés.

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