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Economía

Los inversores españoles alertan contra Pekín: «La economía china no es de fiar»

La segunda potencia económica mundial es percibida como poco segura porque da la espalda al mercado.

Los inversores españoles alertan contra Pekín: «La economía china no es de fiar»

Un robot industrial en una exhibición tecnológica en Pekín el pasado 24 de marzo. | Reuters

La inversión china en España se cuadruplicó el año pasado y se sitúa en su nivel más alto desde 2018, a pesar de que los inversores españoles han reducido el flujo inverso hasta su punto más bajo en tres décadas. Un dato que permite entender hasta qué punto el acercamiento entre ambos países es asimétrico: mientras el gigante asiático aumenta su presencia en nuestro mercado tanto en capital como en las importaciones, las empresas españolas solo logran exportar cantidades muy inferiores y apenas muestran interés por invertir en la segunda potencia del mundo. En el ámbito financiero, se atribuye esta circunstancia a la escasa confianza y apertura que proyecta la nación oriental ante el mundo.

Según el South China Morning Post, editado en Hong Kong, los primeros tres meses de 2026 marcaron el mayor déficit comercial de la Unión Europea con China de la historia, ya que mientras las importaciones de proveedores asiáticos se dispararon, las exportaciones con este destino apenas crecieron. A pesar de su auge económico, China «no es un mercado libre, está lleno de trabas y no es confiable, no es una economía de mercado, es un país que no está a la altura de ser invertible como lo son Estados Unidos, Europa, etc.», explica a THE OBJECTIVE el gestor de inversiones Giorgio Semenzato, que achaca a estas deficiencias el escaso interés que genera este mercado entre los inversores internacionales.

El consejero delegado de Finizens detalla que, en el caso de su compañía, el gigante asiático solo pesa un 40% dentro de una cartera de países emergentes, «muy poco si es la segunda economía del mundo», señala, algo que justifica por esta escasa fiabilidad, si bien es cierto que «nos fiamos menos de EEUU que antes». Unas reservas que van en la línea de las manifestadas por economistas como Esteban Klor, que advirtió en una entrevista para THE OBJECTIVE que, a pesar de que Trump ha generado recelos entre sus aliados, echarse en brazos de Pekín es una estrategia errónea si se tiene en cuenta que, como socio de negocios, siempre prioriza su propio interés, a menudo no alineado con el del otro país.

Cuando Xi Jinping llegó al puente de mando del régimen en 2013, muchos veían en él un aperturista que traería el progreso, la democracia y la apertura. Sin embargo, entre cuatro y cinco años más tarde, «China se cerró a la inversión extranjera, se volvió más proteccionista y quitó buena parte de las ventajas que había para las empresas extranjeras», recuerda el economista Javier Santacruz. Este aislamiento llegó hasta el punto de dar lugar a «un país hostil, salvo que permitas que en tu país entre un flujo creciente de inversión china», que es precisamente «lo que está pasando con España, dejando entrar a empresas estatales chinas en actividades delicadas desde el punto de vista de la seguridad nacional», asegura a este medio el académico y analista financiero en referencia a escándalos como el uso de tecnología de Huawei para actividades militares, policiales o de espionaje, que ha puesto en alerta a Estados Unidos.

Según un estudio del Instituto Elcano, la proyección económica de China en la Unión Europea ha ido perdiendo peso relativo entre 2005 y 2024, primer año en que la presencia global de esta potencia se ha reducido tras años de expansionismo, si bien en los países europeos no miembros de la UE la evolución ha sido creciente. En cualquier caso, en los últimos años se ha observado una relación muy compleja entre Bruselas y Pekín que en parte busca depender no solo de EEUU y reforzar así la relevancia global del Viejo Continente. «Europa está yendo hacia China por un tema de imagen, de poder de negociación y no sé si también por intereses que pueda haber detrás», indica Semenzato, que recuerda que la nación de Asia Oriental ha apostado por «una estrategia silenciosa» donde se vale de su «Administración no democrática» para planificar a largo plazo y «asegurar dependencia» progresivamente en países como los africanos o latinoamericanos, donde reclama «petróleo a un precio reducido» a cambio de la «construcción de carreteras, hospitales o la red de bomberos», un camino que para Pekín implica garantizar sus intereses comerciales en una red de estados dependientes.

El financiero reconoce los avances chinos respecto a la tecnología y la automatización, así como un discreto auge fraguado a lo largo de seis milenios, aunque también identifica problemas económicos como el envejecimiento de la población, las turbulencias inmobiliarias o el crecimiento cada vez menor del producto interior bruto (PIB). A pesar de ello, ve a la economía comunista lejos de ser superada por su rival del sur de Asia, a la que «todavía le falta». «India a nivel de población tiene un peso relevante y a nivel de tecnología también, pero todavía no ha conseguido desarrollar un mercado de consumo suficiente como para tener una base de inversión y crecimiento importante que haga florecer a más empresas, dé más credibilidad al país y permita desde el exterior ser más invertible», apunta, haciendo referencia a la «fuerte dependencia de los ingresos que vienen de fuera por no tener un mercado interno tan sólido», lo que a su vez «añade volatilidad e incertidumbre y no es bueno para el desarrollo a largo plazo».

Más allá de estos desafíos, existen dudas sobre hasta qué punto la evolución de los datos macroeconómicos de China es sostenible y robusta o si esconden una posible desaceleración. En el sector de las finanzas se ha extendido la sensación de que, detrás de la percepción de una «economía superproductiva» y de un «milagro de crecimiento», se esconde una economía que «ni es superproductiva ni una maravilla del crecimiento del PIB». Según tuiteó recientemente el gestor de fondos neerlandés Jeroen Blokland, «la población china está envejeciendo y reduciéndose como ninguna otra», con una contracción de «cientos de millones» de habitantes prevista para «las próximas décadas», un factor que deja un «crecimiento negativo» sobre «la principal fuente de crecimiento del PIB» del país, cuyo objetivo está actualmente fijado en un «nada realista 5%». Para el autor, el origen de la expansión sostenida de la economía asiática no reside en una elevada productividad, sino en un rápido incremento de la deuda y de la base monetaria —el dinero en circulación— que obligará al país a adquirir enormes cantidades de oro si quiere conseguir un estatus hegemónico frente a la economía estadounidense.

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