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El gráfico de la semana

El crecimiento sin productividad: España suma horas, no riqueza

«España no produce más por trabajador; acumula más trabajadores para producir lo mismo por cabeza»

El crecimiento sin productividad: España suma horas, no riqueza

El 30 de abril, el INE publicó el avance de la Contabilidad Nacional del primer trimestre de 2026. El PIB creció un 0,6% respecto al trimestre anterior y un 2,7% en términos interanuales. El titular oficial celebra el dato. Lo que el titular no indica es que la productividad por puesto de trabajo equivalente cayó un 0,1% interanual. Es el cuarto trimestre consecutivo en negativo.

La aritmética es simple. El empleo creció un 2,8% interanual, lo que supone 583.000 ocupados más en doce meses. El producto creció un 2,7%. Cuando el empleo sube más rápido que el PIB, la productividad por trabajador baja. No es una anomalía estadística, es la descripción precisa del modelo de crecimiento español. España no produce más por trabajador; acumula más trabajadores para producir lo mismo por cabeza.

La productividad por hora efectivamente trabajada sube un 0,6% interanual, lo que suena mejor, pero describe mal: el indicador mejora en parte porque se trabajan menos horas por puesto (−0,3% intertrimestral), no necesariamente porque cada hora genere más valor. El Observatorio de la Fundación BBVA e Ivie sitúa el índice de productividad español en 58,6 sobre 100 en 2026, una mejoría marginal respecto a 2025, pero todavía a distancia estructural de las economías de referencia europeas.

Este no es un problema nuevo. La productividad española convergió con Alemania y Francia hasta 2007. Desde entonces, diverge. Diecinueve años de divergencia no son una mala racha, son el resultado de un modelo productivo que apostó por los servicios de bajo valor añadido, el ladrillo y el empleo público como motores de actividad, y que nunca construyó la base industrial que sostiene la productividad a largo plazo.

El Estado no corrige el problema, sino que lo agrava. España destina el 0,4% del PIB a apoyo industrial, frente al 0,8% de Alemania. La industria pesa cuatro puntos porcentuales menos en el PIB español que en la media de la UE. Solo el 12,7% de los estudiantes elige formación profesional industrial, pese a que hay más de 100.000 vacantes industriales sin cubrir. El 90% del empleo industrial disponible es indefinido; no es, por tanto, un problema de seguridad laboral, es que faltan candidatos formados.

El discurso del récord de empleo (el primer trimestre de 2026 cerró con 22,3 millones de ocupados según la EPA, pese a la caída neta de 170.300 en el trimestre) funciona como anestesia política. Permite presentar como éxito lo que es, en el mejor de los casos, acumulación de empleo en sectores de bajo valor añadido: hostelería, comercio, administración pública. No hay nada malo en esos sectores, pero no son los que elevan la renta per cápita ni acercan a España al nivel de vida medio de la Europa del norte.

Sin productividad no hay convergencia. Sin convergencia no hay salarios reales sostenibles. El modelo de crecimiento por acumulación de empleo en servicios saturados y gasto público permanente tiene un techo físico: llega cuando el mercado de trabajo se llena y la demanda se enfría. El dato del primer trimestre de 2026 sugiere que ese techo puede estar más cerca de lo que el relato oficial admite.

La pregunta que nadie en el debate económico español formula con claridad es cuántos trimestres más puede crecer el PIB sin que crezca la productividad antes de que los datos de empleo empiecen a virar de forma sostenida. La respuesta no está en el PIB trimestral. Está en la brecha que el gráfico que acompaña este artículo lleva cuatro trimestres dibujando.

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