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El sexo se acaba

No es fácil que una generación entienda a otra. Todavía recuerdo aquella ocasión en que acompañé a una amiga (andábamos ambos por poco más de la treintena) a cierta conferencia de Celia Amorós, matriarca del feminismo hispano, que por aquel entonces superaba la sesentena. Doña Celia disertó sobre un problema que ella reputaba crucial para las mujeres: que la mayoría de los hombres las contemplaran solo como posibles madres de su prole futura. Mi amiga se revolvía incómoda en su asiento. Me había contado a menudo que su dificultad era justo la contraria: encontrar un novio que no la abandonara en cuanto ella hablaba de ir formando familia. Aun así, supo permanecer en la sala durante toda aquella charla sobre “la mujer actual”; si bien como quien escucha una disertación sobre tribus perdidas a orillas del Orinoco.

Son de hecho las cuestiones sexuales aquellas en las que me temo que con mayor frecuencia prosperan los malentendidos entre generaciones. Hoy, por ejemplo, los adultos suponemos con naturalidad que vivimos tiempos fáciles para que cualquier joven goce del sexo. ¿No está acaso omnipresente este en nuestras televisiones, en nuestra publicidad, en internet, en las conversaciones de toda índole? ¿No vivimos una época ajena a los tabúes sexuales? Los anticonceptivos, la pérdida de fe religiosa, la volatilidad de las relaciones, ¿no allana todo ello el camino a cierta promiscuidad?

Por pasmoso que resulte, parece lejos de ser así. La reciente investigación de tres psicólogos estadounidenses (J. M. Twenge, R. A. Sherman y B. E. Wells) exhibe la tendencia contraria. Los jóvenes actuales, también llamados “generación milénica” o millennials (nacidos después de 1982), son los que menor actividad sexual tienen desde nada menos que los felices años 20; su número de parejas sexuales también ha descendido hasta volver a niveles de la posguerra. El dato cuadra con otros ya sabidos, como que un tercio de los japoneses menores de 30 años es virgen; o que la tasa de embarazos adolescentes se ha llegado a reducir a la mitad desde que las redes sociales (Facebook, Twitter, Snapchat) comenzaron su expansión. Nuestros jóvenes tienen más relaciones ahora, sí, pero a través de la pantalla, no bajo un edredón.

Como ocurre a menudo, estas son cosas que los filósofos ya ha tiempo que vieron venir. Pienso en lo que vienen escribiendo desde hace lustros pensadores como Mario Perniola, Slavoj Žižek, cierto Michel Foucault, junto con literatos como Michel Houellebecq. Quizá el más iluminador de todos ellos sea el recientemente fallecido Perniola: en su libro de 1994 El sex appeal de lo inorgánico este italiano ya captaba ese rasgo en nuestra época. Época en que nuestro placer cada vez tendrá menos que ver con el deseo y el encuentro sexual, pues tendrá que ver más con otras cosas.

Al hablar así muchos pensemos seguramente en la pornografía, que sin duda ha prosperado de la mano de internet (el 14 % de sus búsquedas así lo avalan) y es una alternativa rápida, fácil y barata a las siempre intrincadas lides del cortejo.

El citado Slavoj Žižek añadiría que, si una parte esencial del goce sexual ha sido siempre la transgresión que acarreaba, no resulta extraño que, en una época tan sexualizada como la nuestra, los placeres ya no prohibidos hayan perdido encanto.

Un millennial, Antonio Ruiz Capilla, me proporcionaba hace poco otra explicación a esta dejadez sexual: hoy la oferta de entretenimiento casi gratuito es tan abundante, que tener relaciones sexuales resulta una alternativa relativamente costosa (aunque solo sea en tiempo); solo a aquellos deseosos de mantener cierto prestigio como animales sexuales en su generación les compensarían, pues, los esfuerzos por disfrutarlas.

Ahora bien, consumir porno, chequear los nudes que te envía alguien por mensaje privado o practicar cibersexo se quedarán pronto en versiones ridículamente primitivas de goce asexual en comparación con lo que se avecina. Mientras que ahora constatamos el declinar del sexo real, el futuro que nos aguarda puede acercarnos a su extinción. Basta con que pensemos, verbigracia, en los robots sexuales: 2017 nos proporcionó las primeras robots con inteligencia artificial que se adaptan a los gustos de su usuario por el módico precio de 15.000 dólares, mientras que en este 2018 está prevista la llegada de los primeros robots-chaperos con penes biónicos. Todo el debate sobre si legalizar o no la prostitución humana podría quedar, en cuestión de pocos años, desfasado: frente a los riesgos de una prostituta o prostituto (enfermedades de transmisión sexual, embarazos no deseados, que te robe la cartera según sale de tu dormitorio), un robot bien desarrollado podría aprender a proporcionarte tanto o más placer, con prácticamente ningún peligro anejo.

O pensemos en el desarrollo de la realidad virtual: hoy ya existen “trajes sexuales” que envían impulsos a diversas partes de tu piel para que sientas lo mismo que si alguien te estuviera acariciando. ¿Qué mujer o qué hombre real podría competir con ese traje si a la vez lanzara a tus ojos imágenes en tres dimensiones de aquella persona con quien tienes los sueños más eróticos? ¿Quién perdería el tiempo con un ligue al que, con suerte, podrías calificar con un 7 sobre 10, y al que previamente debes invitar a copas mientras conversas sobre su familia de Vitigudino, cuando puedes gozar con un hombre o mujer de 10 sin tan engorrosos prolegómenos? Los 400 dólares que ahora cuesta este invento parecen una inversión razonable. Especialmente si tenemos en cuenta que un traje nunca te demandará por haberte propasado, ni te llamará egoísta por preocuparte solo de tu propio regocijo.

Si a todo esto le añadimos el próximo perfeccionamiento de úteros artificiales, que permitirán prescindir de los cuerpos humanos incluso cuando alguien desee concebir un hijo, el porvenir resulta predecible: poco a poco, habrá cada vez menos cuerpos y cada vez más máquinas que nos ahorrarán todas las molestias, todas las enfermedades, todas las muertes que hoy ocasionan los siempre embarazosos embarazos.

Bien es cierto que unos pocos perseverarán en la vieja costumbre de juntarse con cuerpos reales, pese a sus amenazas, de modo similar a como ahora algunos prefieren escribir a máquina en vez de ordenador, o comer soja sin modificación genética, o vivir sin calefacción. Y no es menos verdad que observar cómo se practica sexo con una máquina resulta todavía una experiencia un tanto perturbadora (pero ¿no le es también impactante a un niño contemplar la primera relación sexual de su vida?). Probablemente veremos a esas feministas que hoy consideran que cualquier relación sexual con penetración es una violación cambiar de estrategia, ante la competencia de las robots y la realidad virtual, y exigir cierta redistribución de contacto mínimo entre humanos para todos y para todas. No es imposible que, al igual que hoy los gobiernos nos incitan a practicar más deporte, o subvencionan las tradiciones que están a punto de desaparecer, pronto nos inviten a salir más de casa para conocer otros cuerpos sexuados y nos otorguen ayudas para financiar los gastos del flirteo.

Pero todo ello constatará solo que el sexo se está acabando.

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