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Feminismo y psicopatía

Foto: Crazy Ex-Girlfriend

Al igual que sucede con el fútbol o con los mormones, es desatinado hablar del feminismo como si formara una colección coherente de ideas, o de personas. De hecho, no resulta insólito que algunas feministas se opongan virulentamente a otras. Como también les ocurre a los hinchas del Atleti contra los del Real Madrid, o entre unas y otras iglesias mormonas.

Las divisiones internas entre las fieles del feminismo pueden describirse de múltiples maneras. Hace un tiempo ya hablamos aquí, desde un punto de vista más académico, de la feroz rivalidad entre las denominadas “feministas radicales” y las sedicentes “transfeministas”. Hoy me gustaría, no obstante, trazar una distribución aún más sencilla de entender. Según ella, creo que podríamos clasificar a las feministas en cuatro grupos.

En el primero estarían las feministas que buscan el bien para sí mismas y para las mujeres en general. Podríamos llamarlas “reivindicativas”. En el segundo, las que solo buscan su propio beneficio, aunque vaya en detrimento del resto de mujeres. Cabría denominarlas, siguiendo al New York Times, “las aprovechateguis”. El tercer conjunto sería justo el opuesto: el de aquellas que buscan beneficiar a las mujeres, aun a costa de su propio perjuicio. Son las heroínas. Por último, nos las tendríamos con el colectivo más peliagudo de todos: el de aquellas feministas que se las arreglan para perjudicarse a sí mismas y a las mujeres en general. E incluso, ya puestas, a la sociedad entera.

Seguro que al lector se le ocurren buenos ejemplos de las tres primeras categorías que he señalado. De manera que me centraré aquí en la cuarta. Voy a intentar explicar que el comportamiento de estas feministas, cuyas propuestas y acciones acaban dañándonos a todos (ellas incluidas), encaja con lo que sabemos acerca de ciertos trastornos psicopatológicos.

Permítaseme ilustrar esta idea con una anécdota, quizá no solo anecdótica. La narraba hace unos días Saúl Amado en El Diario de Valladolid. Saúl es joven, empresario y jurista. Como resultado de esas tres cosas ha fundado una consultoría legal-tecnológica. Hace unos días contrató allí a una directora de comunicación de veintidós años, con un currículo tan excelente como prometedor. Y decidió anunciar por correo electrónico a otros interesados del sector tan grata noticia.

Inmediatamente recibió una respuesta de un grupo de mujeres juristas: “Seguro que, siendo directora de comunicación de la empresa, sabe escribir ella sola un correo”. Vaya, debió de decirse Saúl, he pisado involuntariamente ciertos callos feministas. Por suerte, con buena voluntad, existía una solución fácil a parejo entuerto: el resto de correos empezó a enviarlos la flamante directora de comunicación. ¿Se librarían así de la tácita acusación de machismo? Fue entonces cuando a nuestra brillante veinteañera le arribó rauda la respuesta de una asociación de mujeres empresarias: “Sentimos que seas tú quien envíe este mensaje y no lo haga el propio CEO, que es quien debe promocionar y presentar a tu equipo”.

Lo que vivió Saúl tiene un nombre en terapia psicológica. Se llama double bind, vertido al castellano como “doble vínculo”. Fue descubierto en la Escuela de Palo Alto, un grupo de estudiosos de la comunicación que trabajó en torno a esa ciudad californiana en los años 60 y 70. De ellos nos interesa sobre todo su más polifacético representante, Gregory Bateson, pues fue quien acuñó este término.

La cosa fue así: Bateson se dio cuenta de que a veces, al hablar, colocamos a nuestro interlocutor en una posición bien escabrosa. Conseguimos que, haga lo que haga, salga perjudicado. Un ejemplo de esto sería si alguien le preguntara a usted, querido lector, “Oye, ¿has dejado ya de pegar a su pareja?”. Tanto responder “sí” como responder “no” le hará quedar a usted como un maltratador, pasado o presente. Si además, como acabo de hacer, antes de realizarle esa pregunta le interpelo a usted como “querido amigo”, consigo algo aún más endiablado. Pues de ese modo, incluso si usted se revuelve contra el modo en que he formulado la pregunta misma, quedará bastante mal: yo me he dirigido a usted cariñosamente, ¡y usted me responde tan airado! ¿Por qué se ha puesto a la defensiva? ¿No será esa la prueba de que, en el fondo, usted sí tiene a este respecto mucho que ocultar?

Los ejemplos de doble vínculo pululan en nuestra sociedad. Le acaeció a Saúl, que, hiciera lo que hiciera, siempre se topó con feministas dispuestas a reprochárselo. Pero también ocurre en casos más sutiles. Imaginemos a un padre que ordena a su hijo: “¡Tienes que querer a la abuelita!”. Se trata de un mandato que, haga lo que haga, el niño no puede cumplir: si se afana por cumplir el deber de amar a su abuela, eso ya es prueba de que no la quiere, pues el cariño verdadero nos surge espontáneo, sin obligaciones que nos constriñan. Pero si no se esfuerza en absoluto por querer a su antecesora, también fracasa, de modo patente, ante el mandato paterno. Se porte como se porte, pues, fallará a papá.

Los grupos sectarios son muy aficionados, asimismo, a ponernos en situaciones de doble vínculo. Pensemos ahora en un gurú que conminara a sus seguidores a donarle el 50 % de sus ingresos. Cuando alguno de esos fieles se revuelva ante el guía y le pregunte que para qué quiere tanto dinero, este le contestará seguramente que no sea tan avaro, que ello le entorpece en el Camino de la Auténtica Iluminación. El discípulo entonces se hallará ante un doble vínculo: por una parte, le irá mal a él y a su cuenta corriente si dona esa cantidad que el maestro le reclama (pero ¿no habíamos quedado en que la riqueza era nociva?, ¿para qué quiere el líder entonces tantos euros?); mas, por otra parte, si no lo hace, se sentirá culpable y además perderá el beneplácito de su comunidad. La secta, por tanto, le envía un doble mensaje: que el dinero es muy importante (así que hay que dárselo a ella, que lo necesita) y que no lo es (así que debe donarlo, sin aferrarse al mismo). Y, decida lo que decida nuestro pobre creyente, resultará dañino para él.

Bateson, de hecho, se dio cuenta de que el peligro de los dobles vínculos es tal que incluso llegan a desencadenar esquizofrenias. Un día, en su hospital, un muchacho que se había recuperado bastante bien de un episodio psicótico recibió por fin la primera visita de su madre. El chaval corrió a abrazarla, pero los médicos percibieron que, al sentir su tacto, ella se puso rígida como una tabla. El chico, al notarlo también, la soltó. Entonces ella le reprochó: “Vaya, ¿qué pasa? ¿Ya no me quieres? ¡No deberías avergonzarte, hombre, ni tener miedo a expresar tus sentimientos!”. Cuando la mujer abandonó la clínica, el joven sufrió una recaída brutal en sus síntomas esquizoides, hasta el punto de que tuvieron que ponerle en una bañera. Había sido víctima de un doble vínculo materno y enloquecedor: “Expresa tus sentimientos pero no los expreses, ¡granuja!”.

Este es el peligro psicológico de todos los dobles vínculos, incluidos los feministas. En la medida en que el feminismo te ordena que presentes a tu empleada (para mostrarle deferencia), pero que a la vez no la presentes (para no mostrarte superior a ella), está siendo psicopatológico. Cuando las feministas exigen que tratemos a las mujeres de modo especial (como seres oprimidos que precisan nuestra ayuda), pero que a la vez las tratemos igual que a cualquiera (para no mostrarse condescendiente ante ellas), ronda también un doble vínculo psicópata. Algunas ya están incluso quejándose a la vez de que los hombres intenten seducirlas (lo equiparan con el acoso) y de que últimamente sean muy paradines (vaya hombres más sosos, qué pasa, ¿nos desprecian?).

Toda esta batahola es evidente que no hace ningún bien a la sociedad, pero tampoco, como empezamos diciendo, a las vidas de esas mujeres. Si, suceda lo que suceda, todo te va a amargar, me temo que estás en un camino seguro hacia la amargura. Eso sí, advierto al lector que no intente explicárselo a ellas: le acusarán de mansplaining. Y que, por favor, tampoco se abstenga de explicárselo: le acusarán entonces de indiferencia.

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