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Lo que la derecha no entiende de la izquierda actual

"Estamos en medio de una batalla cultural y esta derecha todavía no se ha enterado de los proyectiles que sobrevuelan su tejado"

Foto: Allie Caulfield | Flickr

Andan sobresaltados nuestros centristas y centroderechistas ante los más recientes desafueros de la izquierda. Les estremece que la vicepresidenta Calvo considere que el feminismo no pertenece a todas (y todos), que reserve solo a los socialistas su gestación. Les espanta que en el último desfile del Orgullo LGBTQ+ se agrediera a los representantes de Ciudadanos, con inquina aún más fea que las nalgas socialistas que alguien desplegó ante ellos. Les sobrecoge que en la serie de TVE La otra mirada, de hálito feminista, se hagan proclamas tan poco casuales como que un personaje, llamado Manuela, anime a hacer cosas porque “Unidas, podemos”.

Todos estos pasmos son legítimos si esperábamos que la izquierda se portara de modo ético, y no mienta (como Calvo), ni agreda (como los hiperventilados del Orgullo) ni manipule (como RTVE). Ahora bien, por otro lado era completamente previsible que la izquierda hiciera todas esas cosas, y muchas otras que están por venir. Y que las haga precisamente en asuntos como el feminismo, o el apoyo a lo LGBTQ+, que algún día aspiraron a ser transversales. Para comprenderlo bastará con captar qué caracteriza a la izquierda actual.

Todos tenemos la imagen de una izquierda que se preocupa primordialmente del obrero. Al fin y al cabo, es en tales proletarios donde Marx cifró su esperanza de dar un vuelco a nuestra sociedad. El socialismo y el obrerismo intentaron ir siempre de la mano: en España, el PSOE incorpora en sus siglas tanto uno como otro. Además, como los trabajadores son siempre más numerosos que los burgueses a los que sirven, este tipo de izquierda se las prometía muy felices: era cuestión de tiempo que todos los obreros la votaran y, por medios democráticos, implantara desde el gobierno su plan.

Pero, como diría Phil Collins, something happened on the way to heaven. La cosa empezó a estropearse en la posguerra: los asalariados de todo Occidente mejoraron su nivel de vida. A medida que pasaban los años 50 y 60 uno iba ahorrando y llegaba a comprarse un coche, una casa incluso, quedaban cuartos luego también para el frigorífico o la lavadora. Dicho de otra forma: la vida del proletario empezaba a parecerse a la del burgués. Y por tanto empezó a votar también como un burgués. Ya no era ese depauperado que, según el dúo Marx-Engels, no tenía nada que perder, más que sus cadenas. Ahora, si la sociedad empezaba a sufrir cambios bruscos, podría perder el lavavajillas.

Quizá el primer marxista que empezó a desconfiar de los obreros fue el filósofo Herbert Marcuse. A inicios de los 60 se dio cuenta de que las cosas no marchaban como debían. ¿Cómo esperar que gente que solo aspiraba a comprarse un apartamentito en la playa mientras engullía horas y horas de televisión se lanzara algún día a derribar el capitalismo? Había que modificar los planes marxistas. Y Marcuse avanzó una idea que se ha revelado clave para la izquierda posterior a Mayo del 68. Por algo sus estudiantes lo adoptaron como gurú.

No se trata de ningún secreto. A falta de proletarios, buenas son las identidades. El socialismo de las últimas cinco décadas ya no se centra en lo económico, ni en los intereses de quienes cobramos un sueldo. De hecho, hay autores como Alain Touraine que afirman que ya no tenemos socialismo, sino postsocialismo. Esta nueva izquierda (o New Left) intenta más bien erigirse en representante único de todos los colectivos que hayan sido alguna vez oprimidos: mujeres, minorías sexuales, etnias, nacionalidades, inmigrantes, hablantes de lenguas minoritarias… Grupos en apariencia con escaso poder, pero que unidos a sus aliados bien pueden alcanzar una mayoría. Y en esas estamos.

Por ello no debería sorprender a nadie que haya leído algo de política en los últimos cincuenta años que la izquierda intente monopolizar el feminismo, lo LGBTQ+, los nacionalismos o cualquier otra reivindicación identitaria. Ni que excluya virulenta de tales reivindicaciones a todo lo que quede a su derecha. No se trata de ningún exceso ni de ningún despiste: como el escorpión de la fábula, es simplemente su (nueva) forma de ser. Y sería deseable que el resto del espectro político dejara de prorrumpir en jeremiadas al respecto para, con más astucia, decidir qué contraestrategia programar.

Porque hay que añadir que, de momento, las tres reacciones que han tenido entre nosotros los partidos a la derecha del socialismo dejan un tanto que desear. Describiré somero, para terminar, esas tres tácticas sin citar cuál corresponde a cada uno de los tres partidos que hoy protagonizan el centro-derecha español; tómese el amable lector como un acertijo descifrar quién es quién.

La primera táctica consistiría simplemente en imitar a la izquierda en su obsesión con las identidades, pero fijándose justo en aquellas otras que la izquierda olvida. Es a menudo la estrategia preferida por la derecha más contundente. Así, mientras los postsocialistas se fijan en los inmigrantes, esta derecha mirará por los intereses de los connacionales. En vez de coquetear con las religiones minoritarias en nuestros países (tal que el islam), criticará a estas y revalorizará la fe mayoritaria, ya sea laicista (en Francia) o cristiana (aquí). Frente a las exigencias feministas, atenderá a los perjudicados por estas (varones divorciados o afectados por las leyes de género). Y ante los nacionalismos periféricos, reivindicará un nacionalismo centralista que nos salve de ellos.

¿Cuál es el precio de emprender esta senda? Evidentemente, el liberalismo y el conservadurismo más sensato se suelen perder por el camino. Aparte de que entrar a jugar en el tapete de las identidades, en que las cartas ya están marcadas, no parece muy prometedor: ¿no se dará precisamente nuevo impulso a las identidades monopolizadas por la izquierda al atacarlas con sus identidades contrapuestas? Si todos jugamos a las identidades, aparte de que se trata de un juego muy feo, ¿estamos seguros de quién vencerá?

La segunda estrategia de respuesta a la nueva izquierda identitaria consiste, paradójicamente, en no dar ninguna respuesta. Suelen adoptarla políticos que se precian de buenos gestores o de “hacer funcionar bien la economía”, y que piensan que, aún en nuestros días, con eso basta (siempre que no nos despisten demasiado detallines que a veces vienen anejos, como la corrupción). Para ellos, todo esto de las culturas y las identidades no son sino entretenimientos con que rellenar fanzines (a menudo se trata de altos funcionarios del Estado que ni se han enterado de que ya apenas quedan fanzines). Y están convencidos de que, al final, “lo que verdaderamente le importa a la gente” es solo el paro, la sanidad y la inflación.

Da, entonces, un poquillo de lástima ver lo muy pasmada que se queda esta derecha cuando pierde elecciones (aquí y en el resto del mundo) porque resulta que no, que a la gente sí le siguen importando los colectivos y las identidades cuando va a votar. Estamos en medio de una batalla cultural y esta derecha todavía no se ha enterado de los proyectiles que sobrevuelan su tejado: ¿les harán, al menos, caso cuando les caigan encima? A veces lo llego a dudar.

Por último, podríamos llamar “conformista” a la tercera táctica con que se ha respondido a la izquierda identitaria desde el centro o la derecha. El plan aquí es muy sencillo: aceptemos la exuberancia de identidades promocionadas por la izquierda, y tratemos luego que nos acepten en ella. Así, lejos de oponernos al feminismo, propongamos un “feminismo liberal”. Lejos de cuestionar a las organizaciones LGBTIQ+, roguemos que nos permitan unirnos a sus desfiles con algún que otro matiz. Ante un conflicto nacionalista en un Estado, tratemos de colocarnos por encima de todo, aspirando a una identidad común más amplia (europea), más ilustrada (el cosmopolitismo), que integre en sí suavemente toda identidad nacional o autonómica. Todo puede ser armónico, así que ¿por qué pelear?

Desafortunadamente, quienes adoptan este enfoque suelen toparse con que la realidad no es tan melodiosa como les gustaría. Comenzamos este artículo recordándolo: los grupos identitarios con los que aspiran a confraternizar estos centristas reaccionan con mucha mayor hostilidad de la que ellos se esperaran. Feministas que no aceptan que el feminismo liberal lo sea; organizaciones LGBTIQ+ que idean sofisticados vericuetos para excluirlos de sus desfiles del Orgullo; gente a la que no le emociona adoptar identidades más “correctas” (europeas, cosmopolitas) porque no halla problema alguno en conservar las que ya posee (nacionales, regionales).

Y es que este planteamiento conformista olvida la simple verdad que aquí hemos recordado: que todo el auge de las identidades y colectivos minoritarios no son un mero meteorito que casualmente ha venido a caer sobre Occidente. Sino que tiene unos orígenes e intenciones muy concretos. Izquierdistas. Y que, por tanto, tratar de compatibilizarlo con el liberalismo es como querer estar en misa y repicando. Aunque la misa la imparta una sacerdotisa lesbiana gitana, y aunque las que repiquen sean campanas laicas con badajos de madera ecológicamente cultivada.

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