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Melchor Miralles

La ablación, ¿crimen o costumbre?

No es necesario ver con nuestros ojos como se practica una ablación para considerarlo horrible. Pero si se ha visto, como es el caso, les garantizo que no se olvida. Como sientan a la niña, inmovilizada por tres o cuatro mujeres. Una le agarra por el pecho con los brazos cruzados. Otras dos sujetan sus piernas separadas, agarrando por los músculos, de modo que la vulva queda expuesta para el horror. Una anciana especializada en la tortura, generalmente con una navaja de afeitar, extirpa el clítoris y después practica la infabulación en los labios genitales, dejando un pequeño orificio para orinar y que pueda salir el flujo menstrual.

Opinión

No es necesario ver con nuestros ojos como se practica una ablación para considerarlo horrible. Pero si se ha visto, como es el caso, les garantizo que no se olvida. Como sientan a la niña, inmovilizada por tres o cuatro mujeres. Una le agarra por el pecho con los brazos cruzados. Otras dos sujetan sus piernas separadas, agarrando por los músculos, de modo que la vulva queda expuesta para el horror. Una anciana especializada en la tortura, generalmente con una navaja de afeitar, extirpa el clítoris y después practica la infabulación en los labios genitales, dejando un pequeño orificio para orinar y que pueda salir el flujo menstrual.

Amr Dalsh ha captado la mirada de la niña fijada en el objetivo de su cámara. Probablemente ella sea también una víctima. Sabemos que en sus países de origen practican la ablación a las niñas. O sea, que las mutilan los genitales, el clítoris, para evitar que disfruten de ningún placer sexual, apelando a razones culturales o religiosas. Una intolerable violación de los derechos humanos de esas mujeres, aún niñas. Y en España no podemos mirar para otro lado, porque muchas niñas residentes en nuestro país son víctimas de esta práctica inhumana en nuestro territorio, o son trasladadas a sus países para pasar unas supuestas vacaciones en las que consuman el delito.

No es necesario ver con nuestros ojos como se practica una ablación para considerarlo horrible. Pero si se ha visto, como es el caso, les garantizo que no se olvida. Como sientan a la niña, inmovilizada por tres o cuatro mujeres. Una le agarra por el pecho con los brazos cruzados. Otras dos sujetan sus piernas separadas, agarrando por los músculos, de modo que la vulva queda expuesta para el horror. Una anciana especializada en la tortura, generalmente con una navaja de afeitar, extirpa el clítoris y después practica la infabulación en los labios genitales, dejando un pequeño orificio para orinar y que pueda salir el flujo menstrual. Al terminar, la anciana torturadora une los labios con unas espinas o agujas, y emplean generalmente crin de caballo para el cosido. Para garantizar la cicatrización, al terminar atan a la niña con cordeles desde la pelvis a los pies con telas.

Conviene explicarlo con detalle. Cuando se han escuchado los gritos de una niña víctima de la ablación no se olvida. Hay que combatirlo en los países donde se practica aún habitualmente. Y hay que ser activos en la prevención y severos en el castigo de quienes residen en España y apelando a cuestiones de índole cultural o religiosa defienden como normal esta intolerable violación de los derechos de las niñas y mujeres que padecen esta mutilación. Que aún son muchas.

Me cuesta hasta escribir del asunto, porque he de contenerme en las expresiones. La ablación no es una costumbre. Es un crimen consentido por muchos, es una canallada. Y como siempre, al sucederle a los nadie aquí muchos lo ven como un exotismo que vemos que ocurre lejos. Que asco. Lejos y cerca. Muy cerca. Un solo caso sería ya un exceso. Pero son miles. Dejen de mirar para otro lado.

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