THE OBJECTIVE
Miguel Ángel Quintana Paz

¿Estamos preparados para un Gobierno psicópata?

«¿Estamos los españoles preparados para aceptar que tenemos un Gobierno amoral, que prefirió alimentar los fastos del 8M antes de proteger nuestras vidas?»

Opinión
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¿Estamos preparados para un Gobierno psicópata?

Estos días asistimos en España a un misterio digno de las mejores novelas policíacas.

Todos hemos visto cómo nuestro Gobierno animaba a asistir a concentraciones multitudinarias, como la del 8M, mientras que menos de 24 horas más tarde empezaban a aplicarse medidas contundentes contra el coronavirus[contexto id=»460724″]. Todos hemos visto que nuestros gobernantes, ayudados de la prensa y televisiones afines, han transmitido durante meses mensajes de tranquilidad forzada, como si nos enfrentásemos “solo a una gripe” o cualquier nimia preocupación fuera “mero alarmismo”.

También cualquiera puede comprobar que todo esto era mentira. Era mentira que un domingo no hubiera nada por lo que preocuparse en esa bacanal de contagios que es una manifestación masiva, mientras que justito el lunes la situación española ya exigiera, súbita, ponernos taxativos.

Era también mentira que se estuviera generando un alarmismo innecesario: de hecho, un reciente estudio científico de Jocelyn Raude y sus colegas nos muestra que, en realidad, la población europea media nos hemos mantenido, largo tiempo, mucho más optimistas (sin motivo fundado) que los expertos en epidemias. Pero ni el Gobierno de Pedro Sánchez, ni los medios de comunicación afines a él (que hoy son tantos), han querido transmitirnos esa consternación de los que sí sabían.

Cualquiera puede también preguntarse por qué ante epidemias recientes, como la gripe A o el ébola, los Gobiernos de entonces fijaron protocolos, áreas de aislamiento y circuitos cerrados en los centros médicos. Con el ébola incluso se formó a equipos especializados en hospitales como el de La Paz, sin que hubiera caso alguno que tratar. ¿Por qué, sin embargo, con este coronavirus nada que nada? ¿Tanto importaba dar una apariencia de (falsa) normalidad, al menos hasta el 8M? ¿Por qué ninguna directriz nacional? ¿Por qué cada médico o servicio ha tenido que improvisar un tanto su reacción? ¿Por qué tantas risas en los medios gubernamentales, tanto desprecio, si alguien se ponía serio?

¿Y por qué ahora, que sí sabemos que el Gobierno se equivocó, que sí sabemos que esto va a costar demasiadas vidas, que sí tememos que esto no haya hecho más que empezar, por qué ahora no nos enfurecemos los españoles ante tamaña irresponsabilidad? ¿Por qué aceptamos tan sumisos lo que nos ha hecho este Gobierno?

¿Por qué incluso la prensa gubernamental se permite echar la culpa al partido que está en la oposición? ¿Por qué el partido de Gobierno hace bromas con los enfermos del coronavirus? ¿Por qué nada menos que un asesor de comunicación de Moncloa se ríe de un rival político que sufre esta dolencia?

¿No hay cierto misterio, no ya en tanta irresponsabilidad y tanta maldad socialistas, sino en tanta exhibición de esa irresponsabilidad y de esa maldad socialistas? Este es el enigma policíaco al que me referí antes: ¿cómo es posible que nuestro Gobierno alardee impúdico de lo que debería sublevarnos? Creo que para resolverlo nos puede ayudar, precisamente, una de las más famosas obras mundiales de la literatura de misterio.

Estoy pensando en el cuento “La carta robada”, publicado en 1848 por Edgar Allan Poe. Todos recordamos su argumento. El ministro D. ha sustraído de los aposentos de la reina una carta. No se trata de una epístola cualquiera: se la envió a Su Majestad nada menos que su amante secreto. Como es lógico, el malvado ministro D. está aprovechando ese robo para chantajear a la monarquía, hasta el punto de poner en riesgo la seguridad del Estado.

La policía recurre entonces al detective favorito de Poe, el siempre avisado Auguste Dupin. Se encuentran en lo que parece un callejón sin salida: saben que el ministro D. tiene la carta en su casa (pues es importante que la tenga a mano en caso de querer cumplir sus amenazas). Pero han registrado palmo a palmo tal domicilio sin ningún fruto. ¿Cómo es posible? ¿Dónde se oculta la misiva? Todo un misterio a la altura del astuto Dupin.

Este revolverá raudo el caso. Y de un modo que ha dado mucho que escribir a pensadores y analistas posteriores. Pues su estrategia es justo la contraria que había adoptado la policía. En vez de investigar en los recovecos más escondidos de la vivienda, lo que hace Dupin es notar enseguida que hay una carta, a la vista de todos, en un tarjetero que todo el mundo ha percibido, pero que a ninguno ha llamado la atención. ¿Cómo iba a estar una carta tan importante en un lugar tan típico para las cartas? Pues lo estaba. Porque el ministro D. sabía que, a menudo, el mejor modo de ocultar algo es ponerlo a la vista de todo el mundo.

Estos días me viene una y otra vez a las mientes este relato de Poe. Pero antes de contar por qué me gustaría recordar una de las hipótesis más originales que se han dado sobre él. Es la que elaboró Jacques Lacan. Para este psicoanalista francés sigue habiendo algo misterioso en que ningún agente, especializados como estaban en registros, reparara ni por un instante en la carta. Además, en un momento determinado, el prefecto de la policía insiste en que no han dejado ni una sola pulgada sin inspeccionar. ¿No incluye eso el famoso tarjetero en que estaba la epístola? ¿No nos estará ocultando algo la policía?

Para Lacan, así es. Según su interpretación, en realidad los investigadores sí que habían dado con la carta. Pero, sabedores como son de que contiene verdades terribles para su país, habían preferido hacer como que no la veían. Ocultarse a sí mismos que la habían descubierto. Al taimado ministro D., sabedor de ello, no le importaba entonces que unos disciplinados agentes localizasen su precioso botín: es una carta tan estremecedora que toda persona decente fingirá no haberla visto. Por eso la pone a la vista de cualquiera.

Las iniciales del ministro de Sanidad actual no son D., sino S.I., y las de nuestro presidente del Gobierno son P.S., no D. Pero quizá Poe, Lacan y el ladino ministro D. nos ayuden igualmente a entenderlos. Porque la pregunta que hemos de hacernos es muy simple: ¿estamos los españoles preparados para aceptar que tenemos un Gobierno amoral, que prefirió alimentar los fastos del 8M antes de proteger nuestras vidas? ¿Tenemos instrumentos para, si se revelara que estamos gobernados por psicópatas que anteponen su propaganda a las vidas humanas, librarnos de tales gobernantes?

Porque una cosa es divertirnos, como si estuviésemos contemplando la séptima temporada de House of Cards, de las habilidades maquiavélicas de nuestro actual presidente del Gobierno. “Míralo, con qué habilidad mintió sobre lo de gobernar o no con Podemos”; “mírale, qué artero cuando puso una urna tras una cortina, para dar pucherazo el día que el PSOE votaba si echarlo”. Mas otra cosa muy distinta es aceptar que estamos gobernados por un Macbeth de verdad. ¿Estamos dispuestos a aceptarlo? ¿O preferiremos hacer la vista gorda, como los agentes de policía de “La carta robada”? ¿No es esa una verdad demasiado pesada, no tiene demasiadas implicaciones horrendas como para que nosotros, tranquilos burgueses del siglo XXI, estemos dispuestos a soportarla? ¿No nos obligaría a hacer cosas que resquebrajarían nuestras cómodas vidas?

Vivimos en un mundo de sobreinformación, en que resulta casi imposible ocultar algo. ¿Se han dado cuenta de esto nuestros gobernantes, y prefieren exhibir, en lugar de esconder, su verdad más estremecedora? ¿Somos los demás demasiado decentes, como la policía del cuento de Poe, y preferimos fingir que no hemos visto ese horror? Ahora bien: hay un cierto punto en que mirar para otro lado no es ya decente, sino cobarde; en que tratar bien a los malos no es ser buena persona, sino un cómplice.

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