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Jorge Freire

Entre visillos

Cierto es que ver el Sálvame no exige tanto esfuerzo como leer El rey Lear, pero entender la figura de Paquirrín arroja no poca luz acerca de la condición humana

Opinión

Entre visillos
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Hace un par de años, una señora oreó las intimidades de una vecina en un programa televisivo. Al parecer, insinuaba que había convertido su hogar en casa de lenocinio. Ahora un juzgado de Salamanca ha fallado que la conducta de esta «cotilla con ventanas a la tele», en expresión de Rosa Belmonte, constituye una intromisión al honor. Naturalmente, algunos han puesto el grito en el cielo: ¿acaso ser cotilla es delito?

Nótese la fina línea que separa cotilleo y delación. No en vano, la palabra cotilla remite a Trinidad Cotilla, conspicua vieja del visillo que se dedicaba a delatar liberales en tiempos del Rey Felón. El término, que carga con la vileza del chivato, cuenta empero con otro significado, ajeno a la murmuración: el interés desmedido por lo que le pasa al prójimo.

Cuando esta atracción se da en grado virtuoso, responde al mero despliegue de la curiosidad. Esta, que incorpora un componente educativo, nos permite escarmentar en cabeza ajena. Sirva la metáfora del hombre que se ahoga en alta mar, tomada de Lucrecio en su De rerum natura. Desde el espigón, somos conscientes de su trágica circunstancia. Imposible es ayudarle a esa distancia, pero puede avizorarse alguna verdad. Al verle ahogarse, aprendemos a morir.

Dudo de que los programas del corazón sean tan idiotizantes como se afirma. Hay personas no muy agudas, dice Schopenhauer, que se truecan en algebristas excelentes cuando toca resolver los asuntos de los demás. Lo bruto, además, no precisa de ser embrutecido. Cierto es que ver el Sálvame no exige tanto esfuerzo como leer El rey Lear, pero entender la figura de Paquirrín arroja no poca luz acerca de la condición humana.

Dice Benjamin en el Libro de los pasajes que el flâneur mantiene la posesión de su individualidad, mientras que la del mirón desaparece, absorbida por el mundo exterior; de ahí que el mirón sea, en resumidas cuentas, muchedumbre. Algo parecido sucede aquí. El curioso se entretiene con el teatro humano, sin que ello conturbe su paz de espíritu, mientras que el cotilla interviene en él, maguer que de forma traicionera y a la chita callando, volviéndose populacho.

A mí, que soy la mar de curioso, me gusta escrutar los rostros de las personas que me cruzo por la calle. Si cuando voy a tender la ropa el vecino tiene la ventana entreabierta o los postigos entornados, se me van los ojos. Creo que, a fuerza de curiosear durante años, he fortalecido esa facultad. No está al alcance de todos. Como reza un poema de Ricardo Calleja, contenido en el soberbio Lugares comunes (Vitruvio): En la oficina con vistas / a la intimidad parcelada / de una manzana / del Eixample/ el ceo me confiesa estar cegado / por la rutina / incapaz de disfrutar sorprendido / la luz generosa / las vistas indiscretas / a ventanas, patios, y piscinas…

¿Quién quiere ser cotilla pudiendo ser curioso? El cotilla, en su versión más ruin, fiscaliza al vecino con mirar ojizaino, porque no lo mueve la curiosidad, sino la voluntad de delación. Puestos a elegir, prefiero la calumnia violenta, que es un mentís que se arroja a la cara, a la detracción sorda, ponzoña que se instila gota a gota. El maledicente, que siempre ataca a hurta cordel y por la espalda, nunca llega lejos; el curioso, por contra, guarda en la bocamanga la carta de admisión a ese teatrillo (¿qué otra cosa es la vida en sociedad?) en que comparecen nuestras virtudes y nuestros vicios. Y hace bien.

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