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Miguel Ángel Quintana Paz

Tres parábolas por si queremos debatir sobre Dios

«Tres parábolas sobre, uno, por qué conviene discutir más sobre Dios; dos, por qué se puede hacer de manera racional; y, tres, sobre un posible debate de este tipo (la diferencia entre decir ‘Dios existe’ o ‘No, no lo hace’)»

Opinión

Tres parábolas por si queremos debatir sobre Dios
nappy Pexels

Corría el año 2009 cuando se publicitó un curioso cartel financiado por ateos de distintas partes del mundo. (Bueno, no tan distintas: no se difundió en países musulmanes, ni budistas ni hinduistas; solo en una docena de sustrato cristiano). Pronto la campaña se conocería como «el bus ateo».

Consistió en algo simple. Se recaudaron fondos para un anuncio que se exhibirían en autobuses urbanos (originariamente en Londres; luego en Washington, Toronto, Génova, Helsinki, Estocolmo…; desde España se sumaron las ciudades de Barcelona, Madrid y Valencia). En vistosas letras coloridas, el anuncio rezaba (si se me permite el leve oxímoron) así: «Probablemente Dios no existe, así que deja de preocuparte y disfruta de la vida».

A algunos ateos no gustó que se incluyera un «probablemente» en el eslogan. Richard Dawkins, por ejemplo. Con todo, me resulta más interesante la reacción del otro campo, el creyente. Alguno de sus miembros, como cierto pastor evangélico de Fuenlabrada, quiso adelantarse a la versión hispana de la campaña. Manos a la obra, su congregación sufragó autobuses para la Navidad de 2008 con la inscripción «Dios sí existe. Disfruta de la vida en Cristo». Por desgracia, alguien olvidó incluir la tilde en «sí», de modo que la campaña fuenlabreña quedó como una curiosa duda condicional: «Dios si existe…».

Menos cómica, pero más significativa, es la comparativa entre otras dos reacciones. De un lado, nuestra Conferencia Episcopal. De otro, los obispos también católicos, pero en este caso británicos. Mientras que la primera condenó la campaña como una «blasfemia objetiva», como ofensa que sobrepasaba los límites de la libertad de expresión, los segundos se felicitaron por la buena nueva de que alguien (no importaba si habían sido ateos) pusiera a Dios, de nuevo, en el centro de nuestro debate público.

Confieso que, en retrospectiva, estoy en esto con los mitrados del Reino Unido. Volvamos nuestra mirada sobre las polémicas que cada vez invaden más nuestro tiempo: si conviene o no inventarse un nuevo morfema de género, «-e», para decir «niños, niñas y niñes»; si es algo gravísimo, o solamente grave, que los camareros te sirvan a menudo a ti, por ser chica, el café con leche, mientras dan por supuesto que le corresponde a tu novio esa birra Paulaner que a ti tanto te entusiasma; si regalar a tu sobrina una mochila rosa equivale a condenarla a esclavitud perpetua. Convengamos en que se trata de disputas de menor empaque ontológico que debatir sobre si Dios existe o no, o sobre qué sentido tiene nuestra vida sobre la tierra.

Me acojo aquí, pues, bajo la autoridad provisional del episcopado británico. Y, a partir de esta pequeña parábola (verídica) que acabo de relatar, me dispongo a narrar otras dos que acaso pudieran animar a resucitar en nuestros lares charlas que no versen solo de política, o sexos, o naciones, o etnias, u orientaciones eróticas, o lenguas, o razas. Que no versen tanto, vaya, sobre las identidades humanas, y dediquen al menos un rato a otra identidad posible: la de Dios. Que lleven la conversación sobre él algo más allá de los lugares que de costumbre le tenemos reservado (púlpitos, librerías religiosas, sacristías).

Vamos primero con una parábola muy sencilla. La ideó el filósofo Edward Feser. Es buena para justificar que nos pongamos a hablar sobre Dios.

Y es que no podemos hacer como que ignoramos algo: que muchos creen que debatir sobre Dios resulta tan infructuoso como discutir cuál es el mejor sabor de helado. Cuando digo «muchos» me refiero tanto a creyentes como no creyentes. En ambos bandos prolifera la idea de que «Dios» es un asunto meramente subjetivo (llámese «de fe», o «un sentimiento», o «un encuentro personal»). Y que, por lo tanto, aunque se puede hacer sobre él poesía, o rezos, o publicidad en autobuses, no procede sugerirlo como tema de debate público y razonado.

Normalmente, esta visión se acompaña de otro convencimiento: que la única forma de conocer de manera de veras racional la realidad nos la otorga la ciencia. Y esta, como resulta bien sabido, no tiene en cuenta lo más mínimo la existencia de un Dios. Ya se lo dijo Laplace a Napoleón cuando este le inquirió por el lugar del Ser Supremo en su teoría física: «No me hizo ninguna falta tal hipótesis, sire». Por tanto, cualquier cháchara sobre lo divino resultará acientífica y, al igual que toda cháchara sobre lo real que quede fuera de la ciencia, quizá sea sentimental, o hermosa, o edificante… pero no forma parte del saber racional.

Los filósofos llaman a esta postura «naturalismo» o «cientificismo». Pero es la comparten en lo más íntimo multitudes que ni conocen esos términos filosóficos, ni son expertas en ciencias. Ya lo hemos dicho: incluso hay creyentes que consideran que, si queremos ponernos racionales, habremos de limitarnos a elaborar teorías científicas y ya está. Luego, cuando cierras la puerta de tu laboratorio, bien puedes irte un rato a meditar a tu templo o tus clases de yoga; esos lugares (como los parques de atracciones, o los prostíbulos, o los teatros) más allá de la razón.

Por eso es importante, si queremos ponernos a hablar sobre lo divino, contar no solo con el beneplácito de los obispos británicos, sino con alguna parábola que señale qué es lo que falla en la recién descrita forma de pensar. Y eso hace la que traemos aquí, de Edward Feser. Que versa sobre esos aparatitos que emiten pitidos cuando localizan algo metálico bajo el suelo: los detectores de metales.

Imaginemos que alguien recorre nuestro jardín con uno de esos instrumentos y consigue encontrar a cierta profundidad un par de antiguas monedas romanas y fragmentos de un vaso de cobre. Sin duda le estaríamos muy agradecidos. De hecho, como resultado de algunas lecturas y un poquito de investigación histórica que, por nuestra cuenta, habíamos hecho, ya intuíamos que quizá una villa romana floreció bajo nuestra finca siglos atrás.

Pero, ¡ay!, nuestro amigo del detector de metales, cuando le comentamos esta posibilidad, se nos pone muy solemne: «No, no, bajo tierra no hay más que esto que yo he detectado», arguye un tanto irritado. «Es imposible que haya muros de una villa romana, o mosaicos, o esqueleto alguno: mi detector, de última tecnología, solo detecta metales, así que eso es todo lo que aquí debajo puede yacer».

Creo que a cualquiera le sonrojaría un tanto el grosero error de nuestro interlocutor. ¡Claro que su detector solo localiza metales, está hecho para eso, y es muy bueno haciéndolo! Mas de ahí no se deduce en modo alguno que no yazca ningún otro objeto, no metálico, subterráneo.

Esa forma burda de razonamiento es, sin embargo, justo la que exhiben nuestros cientificistas. Sí, la ciencia es un detector de metales estupendo para conocer un montón de cosas de nuestro mundo. Pero está hecha para detectar solo cierto tipo de realidades: las materiales, las que siguen las leyes naturales, las que pueden someterse a experimentos… Igual que nuestro detector de metales solo detecta eso, metales. Pero ni la ciencia ni el detector pueden asegurarnos que no exista nada más allá de lo que ambos se han especializado en detectar. Podemos, pues, seguir investigando tranquilos: después de todo, quizá sí reposen los restos de una villa romana (con sus ladrillos, teselas, artesanías) bajo nuestro jardín.

Sobre jardines también versa la tercera y última parábola que me gustaría rememorar aquí. Procede de otro filósofo: Anthony Flew. Una vez que la historia de los buses y los obispos nos ha proporcionado motivos para hablar de Dios, y una vez que la alegoría del detector de metales niega que resulte irracional tal cosa, Flew ofreció en 1955 un buen marco para ponerse a ello.

Imaginemos, nos pidió, a dos exploradores que se toparan de repente, en medio de la selva, con un claro muy peculiar. Resulta que allí las flores y demás plantas parecen estar colocadas de manera especialmente ordenada. Además, algunas especies no son nada frecuentes por allí. Se diría incluso que parte de la vegetación ha sido ubicada en parterres por alguien, como con intención de hermosear ese paraje.

Uno de los exploradores exclama, entonces: «Oh, debe de haber algún jardinero por aquí que se ocupe de este coqueto terrenito». El otro, más escéptico, no las tiene todas consigo: «Bueno, me extrañaría mucho. ¿Quién va a vivir por estos andurriales? ¿Y quién iba a dedicarse en ese caso a algo tan absurdo como cultivar un jardín en medio de la selva? Además, tampoco me parece que esté todo tan bien organizadito como pareciera a primera vista. Creo que simplemente estamos proyectando».

Para zanjar su discrepancia, y dado que tienen tiempo libre, nuestros exploradores deciden quedarse unos días en las inmediaciones de aquel vergel. Así comprobarán con sus propios ojos si existe o no jardinero alguno que cuide de él.

Ahora bien, pasan los días y nadie aparece. «¿Ves? Te lo dije. No existe floricultor alguno», expone triunfal nuestro escéptico. «Bueno», contesta el creyente en la existencia de tal cuidador, «creo que sí existe, pero es invisible y por eso no lo hemos visto».

Como nuestros amigos llevan consigo cable eléctrico y son muy apañados, deciden entonces montar una verja electrificada en torno al claro selvático, de modo que vibre una alarma si alguien pasara a través de su perímetro. Pero transcurren de nuevo los días y la alarma nunca suena. «¿Ves? No hay jardinero alguno». «Oh, bueno, creo que lo que pasa es que no solo es invisible, sino también muy sutil y capaz de pasar por entre los cables». «¿Y por qué nuestros perros no lo han detectado tampoco?». «Oh, está claro que tampoco es perceptible mediante el olfato».

En esta situación, convendremos, sería lógico que el explorador escéptico se molestase un poco con su compañero: «A ver, querido, primero me dices que hay un jardinero por aquí, pero luego todas las pruebas que te ofrezco de que no existe me las respondes atribuyendo a tal jardinero características más y más extrañas. ¿Hay alguna prueba que vayas a admitir de que te equivocas, o simplemente preferirás convertir a tu presunto jardinero en alguien cada vez más rocambolesco (invisible, intangible, inaudible, inodoro, inmaterial…)? ¿Hay alguna diferencia práctica entre que exista tu jardinero y que no exista ningún jardinero en absoluto?».

Como el lector habrá ya intuido, este explorador escéptico representa al propio Flew, que era ateo. Nuestro filósofo sentía que los creyentes jugaban un poco con él como hacía el explorador primero con su colega: no admitían nada como prueba de que Dios no existiera. Y eso acarreaba un problema para los creyentes: si tu frase «Dios existe» no puede refutarse de ninguna manera, ¿qué quieres decir exactamente cuando la pronuncias? Flew sentía no ya que discrepaba de sus coetáneos creyentes, sino que ni siquiera entendía qué querían decir cuando decían «existe Dios». No entendía qué negaba (y, por tanto, qué afirmaba) esa frase.

Pues, en efecto, cualquiera de nosotros, cuando dice por ejemplo «mañana lloverá», reconoce que su frase quedará refutada si al final no cae ni una gota. Todo lo que decimos sobre la realidad, por muy seguros que estemos de ello, admite que ciertos sucesos lo contradirían: yo estoy seguro de que las vacas no vuelan (salvo que alguien programe un vuelo chárter para ellas); pero mi frase «las vacas no vuelan» implica que si, por ejemplo, mañana viese un grupo de ganado vacuno desplazándose con gráciles alas por los aires, eso sí constituiría una prueba contra mi aserto anterior.

Sin embargo, los creyentes en Dios no parecen obedecer esta lógica. Cuando dicen «Dios existe» o «Dios es bueno» o «Dios nos ama» y se les ponen delante cosas que parecerían probar lo contrario (niños que mueren entre atroces padecimientos, justos que viven vidas desgraciadas, inexistencia de milagros…), ninguna de esas realidades basta para que, según ellos, queden refutadas tales frases. ¿Qué significan, entonces, si parecen no excluir nada? Y, si nada contradice la frase «Dios existe», ¿cuál es su diferencia con la frase contraria, «Dios no existe»?

El desafío de Flew tuvo una acogida enorme entre los filósofos anglosajones de su época. Fueron muchos los pensadores que se sintieron obligados a explicar qué querían decir los creyentes cuando decían que creían en Dios. Otros, naturalmente, abundaron en la perspectiva escéptica de Flew.

Esta historieta tiene, además, un final curioso: hacia el final de sus días (murió en 2010), quién sabe si como consecuencia remota del referido debate, Flew empezó a creer en Dios. No en el Dios cristiano ni en el islámico o el judío, pero sí en cierta deidad superior. Algún tipo de jardinero.

En suma, he expuesto tres parábolas sobre, uno, por qué conviene discutir más sobre Dios; dos, por qué se puede hacer de manera racional; y, tres, sobre un posible debate de este tipo (el que aborda la diferencia entre decir «Dios existe» o «No, no lo hace»). Hace nueve meses se abrió un debate en España sobre dónde estaban los intelectuales cristianos y en qué medida los medios de comunicación de la Iglesia católica (sobre todo, Cope y Trece TV) o sus universidades cumplían con su misión. Soy tan escéptico como el explorador reticente de nuestro cuento acerca de si cambiarán los debates frívolos de nuestros días por otros de mayor enjundia; pero también es verdad, como hemos visto, que a veces te sorprende en mitad de la selva salvaje un claro que nadie parecía esperar.

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