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Lucía Torres, psiquiatra, sobre la ansiedad: «Si no hacemos caso a lo que sentimos, el cuerpo nos alerta con fatiga y problemas de salud»

Muchas personas no saben que sufren este trastorno, que a veces se manifiesta a través de síntomas físicos

Lucía Torres, psiquiatra, sobre la ansiedad: «Si no hacemos caso a lo que sentimos, el cuerpo nos alerta con fatiga y problemas de salud»

La ansiedad se puede manifestar a través del cuerpo | Freepik

Dolor de tripa, palpitaciones, tensión muscular, mareos, fatiga constante, sensación de ahogo… Cuando el cuerpo nos manda señales en forma de molestias y las pruebas médicas no encuentran una causa orgánica clara, podríamos estar hablando de ansiedad. Este trastorno no siempre se manifiesta en forma de pensamientos negativos, nerviosismo o de una preocupación claramente identificada. A veces se manifiesta en el cuerpo; y lo hace con síntomas que desconciertan, alarman y generan todavía más angustia.

La ansiedad, un problema con consecuencias físicas

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los trastornos de ansiedad afectan a 359 millones de personas en el mundo y constituyen el problema de salud mental más frecuente a nivel global. Entre sus síntomas más habituales figuran las molestias digestivas, las palpitaciones, la tensión física, el insomnio o la sensación constante de alerta.

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En España la situación también es precoupante. El Ministerio de Sanidad estima que alrededor del 10% de la población sufre algún trastorno de ansiedad y los datos muestran un incremento especialmente marcado entre jóvenes y mujeres en los últimos años. Además, distintos informes del Sistema Nacional de Salud advierten de un aumento sostenido de los problemas relacionados con ansiedad, estrés y malestar emocional desde la pandemia.

La somatización de la ansiedad

Cuando decimos que la ansiedad se puede detectar a través del cuerpo, estamos hablando de somatizar el trastorno. «La somatización se entiende como una forma de expresión: el malestar psicológico encuentra una vía corporal cuando no puede ser identificado, nombrado o elaborado a nivel mental», explica a THE OBJECTIVE Lucía Torres Jiménez, psiquiatra y directora médica de Tranquilamente. Es decir, no es que la ansiedad «se convierta» en síntomas físicos, sino que, en determinados casos, esa es la forma en la que aparece.

La psiquiatra Lucía Torres. Foto: Tranquilamente

Durante mucho tiempo se ha hablado de mente y cuerpo como si fueran compartimentos separados. Pero evidencia científica apunta justamente a lo contrario: forman un único sistema que procesa la experiencia. Cuando algo nos impacta emocionalmente, se activan circuitos cerebrales implicados en la detección y respuesta al estímulo, como la amígdala y el eje hipotalámico-hipofisario-adrenal, encargado de regular la respuesta al estrés y la liberación de cortisol.

En condiciones normales, esa activación puede regularse e integrarse gracias a áreas como la corteza prefrontal, encargada de identificar, nombrar y dar sentido a lo que ocurre. Pero no siempre sucede así. «La productividad permanente, la hiperconexión, la dificultad para descansar y la presión por funcionar siempre bien pueden empujar a muchas personas a desconectarse de lo que sienten… hasta que el cuerpo toma la palabra», señala Torres Jiménez.

«Hay momentos en los que la emoción no puede ser procesada: porque no se reconoce, porque no se puede sostener o porque, en algún nivel, resulta inaceptable», afirma la doctora. Cuando eso ocurre, la activación no desaparece. Permanece en el sistema y encuentra otra vía de salida a través del cuerpo.

«Estructuras como la ínsula, relacionadas con la percepción e integración de las sensaciones corporales, recogen esa activación y la expresan en forma de dolor, tensión, molestias digestivas, fatiga o sensación de ahogo. No son síntomas imaginarios, sino la expresión real de un sistema activado que no ha podido elaborar lo que le ocurre», afirma la psiquiatra.

Al respecto, numerosos estudios publicados en revistas científicas como Journal of Psychosomatic Research han demostrado todo ello, incidiendo en que la ansiedad sostenida puede alterar el funcionamiento digestivo, cardiovascular y muscular incluso cuando no existe una enfermedad orgánica detectable. Otras investigaciones también han hallado conexiones claras entre la ansiedad crónica y los síntomas físicos persistentes.

El cuerpo no miente

Marta Masí, farmacéutica y divulgadora especializada en salud, lleva observando esta problemática desde hace años en su trabajo: «Decimos que el cuerpo no miente porque aunque la mente pueda evitar o minimizar lo que siente, el organismo siempre responde. La ansiedad no es solo psicológica: es una activación real del sistema nervioso», afirma a THE OBJECTIVE.

Cuando esa activación se mantiene en el tiempo, el cuerpo empieza a hablar. Y lo hace con señales concretas. «La ansiedad suele disfrazarse de problemas físicos. Los más comunes son molestias digestivas, tensión muscular, cefaleas, palpitaciones, mareos o fatiga constante», explica Masí.

Muchas personas inician un largo recorrido médico buscando una causa física que no aparece. Eso no significa que el dolor no exista, sino que «el origen es emocional y no estructural».

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No todas las personas somatizan igual. Hay quien siente ansiedad en el sistema digestivo; otros, en forma de contracturas; otros, con taquicardias o sensación de opresión torácica, etc. «No es casualidad —aclara Masí—. Cada persona tiene un canal más sensible (digestivo, muscular, cardiovascular…). En esto influyen la biología, la historia personal y, sobre todo, dónde ponemos la atención».

En los últimos años, además, el llamado eje intestino-cerebro ha cobrado especial relevancia en la investigación científica. Diferentes trabajos han observado una relación bidireccional entre la microbiota intestinal, el estrés y los trastornos de ansiedad. Una revisión publicada en Frontiers in Psychiatry ha hallado precisamente que las alteraciones de la microbiota pueden influir en la ansiedad y el estado emocional. En otras palabras, el cuerpo no elige al azar. Utiliza la vía que le resulta más familiar o vulnerable para expresar aquello que no se está procesando de otra manera.

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La psiquiatra recuerda un caso clínico especialmente revelador: una niña ingresada en pediatría por dolor abdominal crónico sin causa orgánica aparente. Al profundizar en la historia familiar apareció un dato decisivo: el día que falleció una persona importante para ella vio llorar a su madre. Al preguntar qué ocurría, la madre, tratando de protegerla, respondió: «Me duele la tripa».

«Aquí quedó algo fijado», explica Torres Jiménez. «Ese dolor, que no podía nombrarse, encontró una forma de expresarse». El episodio muestra cómo el cuerpo también aprende lenguajes emocionales. Y cómo, a veces, lo que no se puede decir se termina sintiendo.

¿Hay personas más propensas a ello?

Los expertos coinciden en que no existe un perfil concreto, pero sí ciertos rasgos que aumentan la vulnerabilidad a padecer estos síntomas de ansiedad. «Suelen ser personas con mayor dificultad para identificar y expresar emociones, lo que en psicología se denomina alexitimia», explica Torres Jiménez. No obstante, no se trata solo de una cuestión de personalidad, pues también influye el aprendizaje emocional: «Cómo se gestionaba el malestar en casa, qué emociones eran aceptables, si había espacio para hablar de lo que dolía…».

Cuando esas vías no se desarrollan, el cuerpo puede convertirse en el principal canal de expresión. Masí añade otros factores frecuentes en consulta: «El perfeccionismo, la autoexigencia o la necesidad de control suelen estar detrás. A veces lo que parece autocuidado es, en realidad, ansiedad bien disfrazada».

Vivir en alerta sin ser conscientes

Uno de los aspectos más llamativos es que muchas personas sufren ansiedad sin identificarla como tal. No se sienten «nerviosas», pero viven en un estado sostenido de activación. «Es muy habitual», señala Masí. «Muchas personas viven en alerta constante sin reconocerlo. El cuerpo entonces se adelanta: insomnio, contracturas, problemas digestivos… El síntoma físico no es el problema, es el aviso». Ese matiz es importante. En ocasiones, el objetivo no debería ser silenciar rápidamente la señal, sino comprender qué la está generando.

Los especialistas describen este fenómeno como una hiperactivación persistente del sistema nervioso autónomo, capaz de mantener al organismo en tensión incluso cuando aparentemente «no pasa nada». Un trabajo de Johns Hopkins University demostró precisamente la relación entre síntomas físicos y respuestas fisiológicas en personas con trastorno de ansiedad generalizada.

Una sociedad que no para

¿Está aumentando la somatización? Puede ser. Y no necesariamente porque haya más sufrimiento que antes, sino porque el contexto actual reúne muchos ingredientes propicios para ello. «Vivimos en un entorno en el que se exige rendimiento constante, hay poco espacio para parar y la conexión con lo emocional queda muchas veces en segundo plano», apunta Torres Jiménez.

También preocupa el aumento del consumo de ansiolíticos en España. Según datos de la encuesta ESTUDES del Ministerio de Sanidad, casi uno de cada cinco adolescentes ha consumido alguna vez medicamentos para la ansiedad o el insomnio, reflejando hasta qué punto el malestar emocional se ha convertido en una cuestión estructural.

Cómo se trata la somatización de la ansiedad y cuándo se cronifica

No existe una solución única, pero los especialistas insisten en una idea: no basta con abordar solo el síntoma físico. «El tratamiento no es solo farmacológico», señala Torres Jiménez. «Los fármacos pueden ser útiles, sobre todo cuando hay una activación elevada o síntomas que interfieren mucho, pero no resuelven el origen», apunta.

La OMS recomienda tratamientos psicológicos probados, especialmente la terapia cognitivo-conductual, además de técnicas de regulación emocional, manejo del estrés y mindfulness.

En estos casos, la psicoterapia es vital porque permite poner palabras a lo que hasta ahora solo tenía forma corporal. Identificar emociones, diferenciarlas, comprenderlas y construir otras formas de expresión reduce la necesidad de que el cuerpo cargue con esa función.

Es esencial recibir tratamiento cuanto antes: «Cuando el cuerpo lleva tiempo expresando lo que la mente no ha podido procesar, el síntoma se vuelve más automático, más difícil de modificar y, en algunos casos, incluso forma parte de la identidad de la persona», advierte la psiquiatra. Por eso la intervención temprana resulta clave: no solo para aliviar el malestar, sino para entender qué lo sostiene.

La clave está en atender qué nos dice el cuerpo a través de síntomas que antes no teníamos o que hemos normalizado. «La somatización no es un error del cuerpo. Es un intento de solución», resume Torres Jiménez. «Una forma de decir, sin palabras, algo que necesita ser escuchado». Por ello, ante determinados problemas de salud recurrentes sin explicación clara, conviene pedir ayuda profesional.

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