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José Carlos Llop

Diarios y diarios

«Líbrenos el Señor –a todos: autores, editores y protagonistas– de los diarios póstumos, que de los publicados en vida ya me libraré yo»

Opinión

Diarios y diarios
Europa Press

Este año se han publicado en España dos diarios póstumos. Me refiero a los de Juan Marsé y Rafael Chirbes y me da la impresión de que a éste le habría encantado la coincidencia, entre otras cosas por la admiración que sentía por Si te dicen que caí, la novela de Marsé. Estos diarios no se escribieron para publicarse después de fallecidos sus autores aunque tampoco para ser publicados en vida de los mismos. Solo sabemos que fueron escritos y que ahora están ahí, entre nosotros, mientras que los que los escribieron ya no. Este asunto de lo póstumo –hubiera o no voluntad de serlo, lo son en ambos casos– ha producido una cierta quiebra en su recepción que no se había producido en las últimas décadas con la publicación de un diario. 

En España el género diarístico no había sido muy frecuentado y sus frutos, escasos, hasta la llegada de mi generación que –lo he repetido aquí y allá– lo verdaderamente nuevo que aporta a la literatura española es la normalización –palabra que no me gusta nada– del diario como un género más entre escritores. No solo fue una aportación –porque habíamos disfrutado de los diarios escritos por autores de otras literaturas, probablemente– sino que logró sin buscarlo que se sumaran a ella otros escritores que no solo no habían dado muestras de tener la intención de escribir un diario, sino que habían despreciado la aparición de los nuestros, negándoles su carácter literario y acusándolos de mero narcisismo. Años después aparecerían los blogs y ahí fue el acabose. Por exceso, como la mayoría de acaboses, y porque el género diarístico quedó reducido en muchos casos a la pura nadería.

El eco de los diarios de Chirbes y Marsé tiene un valor distinto que el de los aparecidos en vida. Pero con grandes diferencias entre ambos. De hecho, el de Chirbes sí es un diario y el de Marsé es una agenda con anotaciones, algunas brillantes –como era él– y, las más, insustanciales para la literatura, que nada muestran –como sí suelen hacer los diarios– de lo que hay detrás de la obra de un escritor. De un gran escritor en el caso de Marsé. Él mismo lo dice –lo sabe– en sus páginas, preguntándose por la utilidad de esas notas.

Fruto solo del nulla dies sine linea, el diario de Marsé está formado por comentarios de andar por casa –por casa amiga, que es donde uno anda más confortablemente suelto y favorece las confidencias y en ellas, a veces, algún exabrupto sardónico–, pero no es un diario que enriquezca su obra o el taller donde se sostiene la misma. No es su cocina, sino la barra de un bar entre amigos o en una celebración familiar. Aunque no hay ajuste de cuentas porque Marsé no estaba peleado con la vida. No así, parece, Chirbes.  

En dos ocasiones estuve con Chirbes y alguna más con Marsé –que era estupendo en el trato, cálido, nunca supérieur, y de una deslumbrante inteligencia de expresión tendente tanto al chispazo lacónico como a la fiesta donde te partías de risa–. La primera vez de Chirbes fue a la mañana siguiente de la fiesta de aniversario de la agencia MB en el Café Salambó, o tras las deliberaciones del Premio Salambó, ya no recuerdo, pese a tanta invocación flaubertiana, de qué año. Aquella primera vez Chirbes fue muy amable y me contó que dejaba el pueblo de Extremadura donde vivía y regresaba a Valencia. Había pasado buenos años allí pero, últimamente, problemas con los vecinos o con el ayuntamiento, no sé, le habían hecho mutar a peor su manera de vivir y había decidido regresar. La segunda fue en Lyon, durante unos encuentros organizados por Le Monde. Él participaba en una mesa redonda y fui a escucharle: a él y al resto, entre los que estaba un escritor holandés que novela personajes reales de la Historia, Arthur Japin. Chirbes se lo comió, lo insultó, lo asfixió, lo aterrorizó… y aquel hombre, que estaba tan feliz por haber sido invitado y que solo había hablado de la Historia y sus novelas (Casanova, Degas…) aún debe de estar arrepintiéndose por haber aceptado la participación a esos encuentros. Cuando acabó el acto, el escritor valenciano se levantó, nuestras miradas se cruzaron unos largos segundos y muy airado y muy tenso no debió –o no quiso– reconocerme y eso fue mejor que su contrario porque a mí se me habían quitado las ganas de acercarme a un Chirbes convertido en energúmeno y sus palabras en innecesarias, violentas y gratuitamente dañinas. El malhumor se deja en casa, pensé mientras paseaba luego entre dos ríos, por las calles de Lyon.

Los diarios de Chirbes sí nos muestran la cocina del escritor y son más o menos parejos a sus novelas. Son póstumos pero –al revés que los de Marsé– preparados para ser publicados algún día: se ve su mano detrás y no solo en la autoría. Leemos su particular y espesa complejidad, sus obsesiones, sus trampas en la vida, su afición, como en Marsé, al cine, su consideración descarnada de tantas cosas. Son diarios antipáticos con meditaciones de voltaje e inanidades y rabietas fruto de sus manías personales. Hay demasiados desahogos, miopías varias y combates con el vacío. Lecturas de poetas o escritores de menor calado que él –otros no y también es injusto– donde saca el hacha como si deseara quedarse solo en el mundo. Como si una de sus misiones en la vida fuera el ajuste de cuentas y sus diarios el cuarto oscuro donde cometer tropelías para aliviarse. Esta es la sensación que nos queda al acabar de leerlos y que neutraliza otras cosas buenas que sí tienen. 

Dos diarios, dos escritores en los que la Historia reciente y el retrato de su sociedad forman el entramado y el tapiz de bastantes libros suyos. En Chirbes ese entramado se vuelve sujeto, digamos, galdosiano. En Marsé, anclado en la magia de la literatura, es un trazo, digamos, jamesiano: él ha escrito Barcelona como nadie y nos ha dado personajes que seguimos amando y lo haremos hasta el final de nuestros días. Con ellos nos hizo en parte como somos y nos regaló una memoria que no hubiéramos tenido nunca de no ser por él. No es el caso de Chirbes. Pero tras la lectura de ambos diarios uno piensa: líbrenos el Señor –a todos: autores, editores y protagonistas– de los diarios póstumos, que de los publicados en vida ya me libraré yo. Al menos, de momento.

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