THE OBJECTIVE
José García Domínguez

El fracaso histórico de la inmersión

«El mundo gramático y fonético del Pijoaparte de Marsé únicamente existe hoy entre las páginas amarillentas de la literatura costumbrista»

Opinión
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El fracaso histórico de la inmersión

Una profesora imparte una clase de lengua catalana. | Reuters

Yo no sólo tengo 60 años e hice la EGB, sino que además, y pese a mi condición administrativa de residente y empadronado en el término municipal de Barcelona, la cursé íntegramente en castellano. Pero es que yo, nacido en 1961, formé parte de la última promoción de escolares locales que recibió instrucción en español. Así, los alumnos de la clase que precedía a la mía en el colegio, integrada toda ella por catalanes y asimilados que habrán cumplido los 59 a lo largo de este 2021, ya estudió una parte significativa de las materias en la lengua vernácula. Y unos pocos años después, es sabido, llegó la inmersión. Lo cual nos lleva a certificar una evidencia palmaria que, sin embargo, casi todos los que se vienen pronunciando estos días sobre esa enésima sentencia a cuenta del asunto de la lengua parecen haber olvidado, a saber: la escolarización íntegra o prácticamente íntegra en catalán es algo por lo que han pasado tres generaciones seguidas; no una ni dos, sino tres generaciones completas. Estamos hablando, pues, de abuelos educados en catalán, de hijos educados en catalán y de nietos educados en catalán

Algo que, entre otras paradojas notables, ha provocado el fenómeno muy generalizado de que cualquier descendiente de andaluces desplazados a Cataluña en la década de los sesenta hable y escriba en el idioma autóctono de un modo mucho más correcto que la gran mayoría de los catalanohablantes de origen nacidos en la generación anterior. Porque contra lo que todavía parecen creer tantos opinadores y arbitristas de última hora, resulta que ni estamos en 1960 ni los progenitores de los niños y niñas sometidos a la inmersión obligatoria en los centros escolares del cinturón metropolitano de Barcelona, allí donde la lengua propia dominante sigue siendo el castellano, son unos completos desconocedores del habla tradicional local. Aquel mundo gramático y fonético, el propio del Pijoaparte de Marsé, únicamente existe hoy entre las páginas amarillentas de la literatura costumbrista pedánea del siglo XX. El tiempo, qué le vamos a hacer, también en Cataluña pasa. 

La obsesión casi paranoica de los talibanes lingüísticos de la élite política catalana con la inmersión forzosa no tiene que ver con la enseñanza del idioma a los niños del prójimo

De ahí, por lo demás, lo muy absurdo de afrontar la querella en torno a la inmersión en términos que apelen a su eficacia para aprender una lengua ajena e ignota; muy absurdo en la medida en que todos esos niños sumergibles, los apellidados García o Pérez, han nacido viendo los dibujos animados de TV3 y contemplando a sus padres interactuando de modo rutinario en catalán con terceros. Desengáñense los no avisados, la obsesión casi paranoica de los talibanes lingüísticos de la élite política catalana con la inmersión forzosa no tiene que ver con la enseñanza del idioma a los niños del prójimo, sino con la enseñanza del nacionalismo a esos mismos niños el prójimo, asunto bien distinto. El gran sueño húmedo del nacionalismo, su suprema fantasía voluntarista, había sido – desde el mes de octubre del año 17 procede escribir de eso en pasado-  consumar un experimento masivo de lobotomía sociológica con los descendientes de las migraciones de mediados del siglo XX.  Y el laboratorio donde se debía aplicar esa cirugía identitaria -la llamada en un plazo no superior a treinta años a, por utilizar su lenguaje, renacionalizar el país usando el idioma y su estudio como agente aculturizador- tenía que ser la red de instrucción pública. 

En el fondo, el idioma en sí era secundario frente a lo sustantivo: su funcionalidad práctica en tanto que canal transmisor de la mercancía ideológica. Por eso la paranoia tan obsesiva, tan crónica. Y también de ahí su fracaso histórico. Porque en Cataluña el separatismo se aprende en la escuela, pero no se interioriza en la escuela. Los pedagogos nacional-sociolingüistas de la Generalitat y sus plantillas de maestros-militantes, mitad monjes laicos de la buena nueva nacional, mitad soldados de la causa secesionista por la vía de la gramática, ayudan a fabricar futuros independentistas fanáticos en los pupitres, cierto. Pero no lo logran con todos. Para su muy desolada perplejidad, ese fue el gran descubrimiento que hicieron en octubre del 17. Como el código genético, las lealtades nacionales profundas se transmiten solo en el ámbito familiar más íntimo. La fidelidad a un país se mama al nacer junto con la leche materna. Y no hay maestro o predicador lingüístico que pueda con eso. Al cabo, lo único que han logrado los inmersores compulsivos ha sido reforzar sesgos nacionalistas en una parte de su público cautivo, el que ya había sido sometido a esa cosmovisión envolvente en el ámbito doméstico, pero no en el caso de los demás. He ahí la razón última de que en aquel octubre movido los castellanos, como les dicen ellos, resultaran inmunes en su muy inmensa mayoría a un virus al que habían sido expuestos a diario durante toda su infancia y gran parte de la juventud. Era su gran batalla. Y también la han perdido.

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