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Daniel Capó

Centauros de la carretera

«El ciclismo es un mundo dotado de una especial densidad, más literario que otros deportes, sin parangón en el respeto al adversario y la admiración por los contendientes»

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Centauros de la carretera

El ciclista Alejandro Valverde. | Europa Press

Al norte de la isla se encuentran Pollensa y sus calas, amparadas por la sierra. Justo al sur, de punta a punta, se cobija el puerto de Andratx, también entre el mar y las montañas. Son tierras fértiles para la escritura, campos abonados a ese privilegio romántico del paisaje. En el Puerto de Andratx creció Cristóbal Serra, un raro mallorquín que se carteó con Octavio Paz y con Quevedo, es decir, con los vivos y con los muertos –y, en este caso, no se trata de una exageración–. A él le debemos alguna de las mejores traducciones que se han publicado en castellano del Tao Te King, los diarios de Léon Bloy, los viajes de Michaux y las visiones de Ana Catalina Emmerick, a la que Serra le gustaba llamar «la vidente». Pollensa es la tierra que cantó Miquel Costa i Llobera, fundador de la Escuela Mallorquina de poesía, y es también la tierra por la que han pasado tantos y tantos escritores europeos, de Ernst Jünger a Agatha Christie, de Thomas Bernhard a Josep Pla. Un Jünger adolescente, sin ir más lejos, huido de casa y de camino a Argelia, creyó divisar, precisamente en las rocas de Albercutx, el presidio del Conde de Montecristo. Y yo a veces he subido hasta esa atalaya, persiguiendo el fantasma de aquel preso que fue un mito de mi infancia.

Sin embargo, este sábado me dirigía al norte no para nadar en las aguas de Formentor ni para descansar unos días en alguno de sus hoteles, sino para pasar una mañana con mi hijo pequeño en el arranque de la etapa de la Challenge Mallorca, la primera competición de la temporada ciclista profesional, que iba a transcurrir entre Pollensa y el Puerto de Andratx, lo cual es como decir de punta a punta de la isla. En el coche escuchaba el Fidelio de Beethoven, pero iba pensando en otras cosas mientras mi hijo leía en silencio la biografía de Contador. Me hacía gracia la pulcritud de su mochila: la botella de agua, un plátano, el lápiz y el bolígrafo, unos prismáticos, un cuaderno en blanco para las firmas, la fotografía de Enric Mas –nuestro héroe mallorquín, la gineta de Artá–, la biografía de Alejandro Valverde, el Bala –el ciclista al que ha seguido con devoción desde que tiene uso de razón–, y también, claro está, la de Alberto Contador, el pistolero de Pinto, por si se dejaba caer, como hizo el día anterior en Lloseta. La pulcritud, observé, no refleja tanto un orden mental como una pasión, la intensidad de un afecto, una modulación especialmente honda del amor. «Con la mascarilla no será tan fácil reconocer a los corredores –me dijo todavía en la carretera–, pero he traído el listado con los dorsales; así será más sencillo». En otra hoja llevaba impreso el itinerario de la etapa, con los puntos de avituallamiento y de recogida de bidones. El televisor –aunque en este caso, de modo incomprensible, la carrera no se retransmitirá– no sustituye la experiencia real, la presencia viva de los ídolos. Fuimos los primeros en llegar al aparcamiento de los equipos y uno tras otro fueron apareciendo los autobuses, los coches oficiales y también un pequeño aluvión de aficionados –la mayoría, padres con niños: una tradición que une a las generaciones–, pero también algún campeón mundial, como Miquel Alzamora, ya retirado. El ciclismo es un mundo dotado de una especial densidad, más literario que otros deportes, más minoritario y sin parangón en el respeto al adversario y en la admiración por la grandeza épica de los contendientes. Miro a mi hijo y me veo a su edad; y veo a mi padre y a sus hijos y quizás a sus nietos. Contemplo la sangre en el sentido bíblico del Génesis, donde no se utiliza el singular sino el plural («las sangres») para hablar de la estirpe del hombre: su pasado, su presente y también su futuro. Y él, este sábado, me llevaba de un ciclista a otro, de un preparador a otro: de Patxi Vila y Matxín a Eusebio Unzué y los mallorquines Mas (Enric y Lluís); de Alejandro Valverde y Marc Soler al eritreo Biniam Girmay y al norteamericano Brandon McNulty.

La infancia la sostienen los dioses y los lares, los mitos y la familia. Pensé en ello cuando regresábamos a casa. La etapa siguió su camino, rumbo al sur. Y la ganó el Bala, Alejandro Valverde. Por la mañana nos había dedicado su biografía. Por la tarde sumaba una página más a su largo historial de triunfos. Ciento treinta y uno ya, si no me equivoco.

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