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José Carlos Llop

Salvado por las mujeres

«Tanto Jean Marie Trintignant como su mujer Nadine dieron una inmensa lección de dignidad ante el dolor y la tragedia»

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Salvado por las mujeres

El actor francés Jean-Louis Trintignant. | Europa Press

Hay actores ante los que uno no tiene sensación de que actúen o representen un papel, sino otra distinta: que proyectan en esos papeles su propia vida y carácter. No a ojos de los demás sino sólo desde su mirada sobre sí mismos. Entonces sus películas acaban siendo los fragmentos de una vida contada. Jean-Louis Trintignant era uno de esos actores y en su manera de no mirar apenas, en su andar algo deslavazado, en su aferrarse a los muros como si quisiera fundirse en ellos, está el margen donde daba la impresión de que prefería vivir. El margen del tímido y la timidez como una forma de insumisión frente a lo que no nos gusta del mundo. Nadie hubiera dicho que guerreó en Argel o que fue piloto de carreras. Como nos lo creímos, también creímos que la soledad era su manera de estar en la vida y que muriera entre sus olivos y viñedos ha sido un epitafio de lo más apropiado. 

No hablaré de la bella Anouk Aimée, ni del daba-daba-dá, ni de la lluvia barriendo el parabrisas… Demasiada blandura en la sentimentalidad de aquel momento social. Tampoco del pop Vadim filmando a B.B., su mujer, en brazos de Trintignant porque no fue ese su autorretrato y la cursilería es un pecado, por muy pop que sea. En cambio sus rasgos están en la sordidez de los años finales –Amor, del aburrido Haneke– cuando no ha sido el egoísmo el que ha marcado la vida sentimental de un hombre. El hombre que no huye de los demás, pero sí de si mismo para cuidar a quien ha sido la mujer que le ha acompañado durante toda su vida (película muy criticada por todos los que nada han querido saber nunca del matrimonio).

Pero antes de llegar a ese final hay dos papeles esenciales en la definición del personaje Trintignant que no es sino la persona Trintignant: El conformista de Bertolucci, con Dominique Sanda, y Rojo, de Kieslowski, con Irène Jacob. Menciono a la Sanda, que venía de El jardín de los Finzi-Contini y desembarcaría en Novecento, y a Irène Jacob, como debo citar a Fanny Ardant –Vivamente el domingo, la película más modianesca de Truffaut– porque siempre es una mujer misteriosa la que desplaza a Trintignant del destino que él mismo se ha labrado. Ocurre en esas tres películas pero sobre todo son las dos primeras las que nos dan la medida del hombre Trintignant. 

El conformista, basada en la novela homónima de Moravia, es para mí su mejor papel, salpicado de infancia débil, el fantasma del incesto y la  homosexualidad, la locura familiar –un padre internado que parece el trasunto de Pound– y proyección política en un cóctel freudomarxista agitado por Bertolucci con maestría que no, necesariamente, con razón política. Los tiempos y sus infecciones, que luego pasan pero dejan huella. Trintignant es en El conformista un criptofascista que persigue a quien fue su profesor en la universidad y vive exiliado en Francia, para señalarlo después a los matones fascistas, que lo matan en una carretera boscosa. Es el mismo Trintignant, el mismo registro y dos personajes, que el juez que se aparta de la sociedad y desde su casa escucha ilegalmente las conversaciones de sus vecinos; es el hombre que vive sin vivir a través de las vidas espiadas de los demás hasta que la vida, entre el esplendor y lo desconocido, se le presenta a través de la visita de Irène Jacob en la trilogía de los colores de Kieslowski. Hay ahí un círculo que se cierra en esos dos personajes y el mismo actor: el miedo a la vida y su atracción secreta.

Llegué a Burdeos cuando hacía poco que Marie Trintignant, su hija, había sido asesinada a golpes en Lituania por su pareja, el cantante Bertrand Cantat, del grupo bordelés Noir Désir. La consternación aún duraba en la ciudad y él estaba en una cárcel lituana, pero tanto Jean Marie Trintignant como su mujer Nadine dieron una inmensa lección de dignidad ante el dolor y la tragedia. Y detrás de él pude ver la complejidad del personaje de El conformista y al juez escondido del mundo en su casa. Eso pude ver y ahora lo evoco. 

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