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Enrique García-Máiquez

Loa al servicio técnico

«Si no hubiese buenos conservadores que arreglasen lo que el tiempo destruye, estaríamos condenados a vivir con objetos cada vez más malos y más chinos»

Opinión
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Loa al servicio técnico

Una antigua carrera de Vespas. | Archivo

Combato el consumismo con su mismo amor por las cosas, pero mantenido en el tiempo, hasta que la obsolescencia nos separe, pero luchando a muerte contra ella. Me encantan los objetos, las máquinas y los vehículos viejos. Mi mujer protesta a menudo por el estado de nuestro parque móvil, compuesto por la vespa de cuando mi padre fue a la universidad, que tiene 63 años recién cumplidos; la mía de joven con 37 tacos y mi coche de recién casado con 22. Yo le contesto que por ahora no, por supuesto, pero que, dentro de muchos años, ella se alegrará de mi pasión por lo añejo. La galantería esa de Agatha Christie que afirmaba que haberse casado con un arqueólogo era un chollo, porque cuanto más años cumplía ella, la escritora, más interesante la encontraba el cónyuge.

Agatha aparte, los beneficios sociales y medioambientales de mi amor por lo viejo son indiscutibles. Produzco menos residuos y escombros que nadie (aunque mi mujer replica que es porque los amontono en el garaje). Tampoco compro cosas que no necesito, de modo que esquilmo mucho menos el planeta y mi huella de carbono decrece. Ni pago (oh!) nuevos impuestos por la compra de nuevos artilugios. La penúltima ventaja es que sostengo al gremio de técnicos de reparaciones de la comarca, con los que sostengo además —última ventaja— muy amenas y casi sacras conversaciones.

«Sin los reparadores tendríamos que resignarnos más pronto que tarde al plástico y la modernidad»

Ellos me dicen, cansados y satisfechos con su reparación, que tengo una máquina o una moto estupenda, que la cuide mucho, porque las nuevas no tienen ni de lejos la misma calidad. «Todo es plástico y circuitos eléctricos, no hay metal ni mecánica», espetan con gran desprecio hacia el progreso. Yo les aplaudo. Pero doy un paso más. Bien está el conservadurismo inconsciente que, para Robert Conquest es la primera ley de la política: «Todo el mundo es conservador en aquello que conoce de primera mano». La regla aplica no sólo a lo amoroso, a lo familiar y las relaciones económicas privadas, sino también, como se ve, a lo profesional. Tras este comentario de teoría general, que les extraña un poco, pero les gusta, les recuerdo a los técnicos que ellos son esenciales. Que las máquinas y las motos serán muy buenas, pero que, sin su solícita atención, tendríamos que resignarnos más pronto que tarde al plástico y la modernidad. Su trabajo es vital. Si no hubiese buenos conservadores que arreglasen lo que el tiempo —ese «engendro de Luzbel en su caída», según don Antonio Machado— destruye, estaríamos condenados a vivir en un mundo de ciencia ficción, en el consumismo de usar y tirar, con objetos cada vez más malos, más nuevos y más chinos.

Los técnicos lo ven claro. No están sólo ganándose un suelo, sino sosteniendo una civilización de amor por las cosas bien hechas, acostumbradas y ya domésticas. Son más ecológicos, incluso con sus estupendas furgonetas viejas de gasoil, porque van por las casas evitando que los electrodomésticos se nos conviertan en chatarra. Todo sin sumar el plus sentimental de tener en estado de revista esas cosas que amamos y de las que penden nuestra memoria sentimental y nuestro pequeño orgullo familiar. Todo esto se lo explico más rápido que aquí porque ellos ya lo sabían y sólo he de subrayarlo un poco. Hay un salto, eso sí, entre ser un agente secreto del conservadurismo práctico, como lo son, a verse reconocidos como los oficiales de gala del conservadurismo de primera línea, como les reconozco. Casi todos lo agradecen en cuanto se lo pondero. Y todos, sin excepción, son conscientes de algo aún más trascendente: de la importancia que tiene su trabajo para mí, en concreto, y en general, para la sociedad.

Los conciencio tanto que se permiten despedirse dándome órdenes, y me parece bien, porque ellos son los oficiales y yo, al fin y al cabo, un cabo raso, si acaso del conservadurismo cotidiano. «Cuidad mejor las cosas. Es parte esencial de esa conservación que a usted le interesa tanto. Nosotros no podemos hacerlo todo solos». Se van con la seguridad de que se han ganado su sueldo. Poco me parece.

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