THE OBJECTIVE
Ignacio Vidal-Folch

Cuenta con mi lealtad

«La monarquía está acabada en España desde que en la jura de la Constitución de la princesa Leonor, Sánchez le dijo: ‘Contad, alteza, con la lealtad del Gobierno’»

Opinión
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Cuenta con mi lealtad

Ilustración de Alejandra Svriz.

Los consejeros íntimos del Rey deberían irle buscando ya un chalet confortable a las orillas del lago Como, en Italia, o del Lemán, en Suiza, sitios estupendos para su inminente vida de exiliado, porque es obvio que la institución de la monarquía está acabada en España desde que el pasado martes, en la ceremonia de jura de la Constitución de la princesa Leonor, el presidente del Gobierno le dijo a ésta: «Contad, alteza, con la lealtad, el respeto y el afecto del Gobierno».

Pudo decirlo más alto, pero no más claro. No hace falta recordar que parte del Gobierno se había negado a asistir a la ceremonia; ni que una ministra acababa de declarar que trabajará denodadamente para que la princesa no llegue nunca a ser reina; ni que los socios del PSOE, los que le aseguran su mantenimiento en el poder, son los enemigos declarados del Estado y por supuesto de su piedra clave, que es la monarquía.

Basta con tener en consideración lo que vale la palabra del señor Sánchez: tanto como la de los demás lideres del PSOE que sólo hace unos meses negaban rotundamente, y casi con beata indignación («¡No, no y no! ¡Si quiere se lo repito! ¡NO!») lo que ahora aplauden (por el bien de España, claro).

O sea, nada.

Interrumpo la redacción de estos párrafos para poner en Spotify mi canción preferida de Mina: Parole, parole, parole, soltanto parole, parole tra noi.

«Su ‘lealtad’ no es impedimento para que al minuto estuviese ya conspirando con sus socios el advenimiento de la tercera república»

Ya. ¿qué estaba diciendo?

Ah, sí. Sigo, y espero que se me entienda: jamás me atrevería a decir que tengamos por presidente del Gobierno a un embustero redomado, ni siquiera digo que con frecuencia don Pedro falte a la verdad, sino que tengo observado que en cuestiones peligrosas y hasta decisivas para el porvenir de la nación, desde el Sáhara a la amnistía a los golpistas catalanes, el señor Sánchez cambia de opinión tan rápidamente (no lo hace, sin duda, por interés personal ni ambición de poder, sino siempre por el bien de España), sus convicciones son tan tornadizas y su pensamiento tan líquido, que aunque seguro que cuando comprometió su «lealtad» a la princesa fue absolutamente sincero (¡la duda ofende!), ello no es impedimento para que acaso al cabo de un minuto estuviese ya conspirando con sus socios Puigdemont, Otegi, Yolanda Díaz y demás grandes demócratas para precipitar el advenimiento de la tercera república.

Si yo fuese el Rey, anunciaría inmediatamente el palacio de la Zarzuela en Idealista.com y a renglón seguido reuniría a la familia en mi despacho y les diría:

«Queridas mías, fue bonito mientras duró, estoy muy orgulloso de vosotras, lo habéis hecho muy bien y yo mismo he hecho lo que he podido, he saneado la institución, he parado un golpe de Estado con un discurso, igual que en su día hizo mi padre, y creo que nadie podrá negar que nos hemos comportado con la máxima dignidad y estilo, pero… la vida es así».

Tras una pausa para tragar saliva y dominar la emoción, seguiría: «Id empaquetando vuestras cosas, meted en las maletas sólo lo esencial, nos vamos al aeropuerto, pero no dentro de una hora sino ya, pitando, porque el señor Sánchez nos ha prometido nada menos que lealtad, respeto, y –esto es lo que más me preocupa-, afecto, de manera que no me extrañaría que nos esté preparando ya unas celdas en Alcalá-Meco, si es que no nos envía una turba progresista a lincharnos. Ya sabéis que no es que don Pedro sea mala persona, ni que diga lo que no siente, pero es que la celeridad con que cambia de opinión lo hace impredecible».

Y la reina y las princesas, entendiendo perfectamente lo crítico de su situación, se irían corriendo a sus habitaciones a hacer el equipaje, muy asustadas: y es que Pedro Sánchez les ha brindado su lealtad.

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