El mejor homenaje a Europa es exigirle más
«Hoy el reto no es reconstruir un continente destruido, sino evitar que un continente próspero se vuelva irrelevante por exceso de burocracia y miedo al futuro»

Ilustración generada mediante IA.
Europa no necesita más autocomplacencia. Necesita exigencia.
Cada 9 de mayo Europa se mira al espejo. Lo hace recordando la Declaración de Schuman, aquel gesto político nacido de una convicción sencilla: la paz no se sostiene solo con discursos, sino con cooperación práctica y resultados concretos.
Europa, sin embargo, es mucho más que sus instituciones. No empezó en Bruselas ni se agota en sus reglamentos. Es un continente con historia, raíces, naciones, lenguas, tradiciones y una forma de entender la libertad y la dignidad humana que merece ser protegida. Precisamente por eso, quienes creemos en Europa tenemos la obligación de ser exigentes con la Unión Europea.
Este año, además, la reflexión tiene un significado especial. En 2026 se cumplen 40 años de la entrada de España en las entonces Comunidades Europeas. Cuatro décadas de modernización, apertura, movilidad, internacionalización y pertenencia a un espacio común de libertad. España acertó entrando en la Unión Europea. Negarlo sería tan injusto como irresponsable.
Pero reconocer los aciertos del pasado no puede impedirnos señalar los errores del presente.
«La UE no puede seguir funcionando como una fábrica de normas que muchos ciudadanos no entienden»
La Unión Europea no puede convertirse en una maquinaria cada vez más centralizada, más costosa y más alejada de quienes trabajan, producen, emprenden e innovan. No puede seguir funcionando como una fábrica de normas que muchos ciudadanos no entienden y que muchas empresas no pueden cumplir. Europa no se debilita por hacer menos. Se debilita por hacer demasiado… y hacerlo mal.
Durante años, algunas políticas europeas —especialmente en el ámbito del Green Deal— han priorizado objetivos ideológicos sobre la realidad económica, debilitando nuestra capacidad productiva y aumentando nuestra dependencia. No habrá transición sostenible si destruimos antes la base industrial y productiva que la hace posible.
La Unión Europea debe volver a hacerse una pregunta antes de cada decisión: ¿esto mejora realmente la vida de los ciudadanos? ¿Hace a nuestras naciones más libres, más seguras y más competitivas? Si la respuesta es no, quizá Bruselas debería hacer menos. Y hacerlo mejor.
Durante demasiado tiempo se ha instalado una falsa alternativa: o más integración en todos los ámbitos, o rechazo total al proyecto europeo. Esa dicotomía es equivocada. Europa no necesita invadirlo todo para ser fuerte. Necesita concentrarse en aquello que de verdad aporta valor: seguridad, energía, defensa, competitividad, mercado interior, innovación y protección de sus fronteras.
«Necesitamos una Unión Europea que vuelva a poner la competitividad en el centro»
Una Unión Europea adulta debe respetar mejor la soberanía de sus Estados miembros y aplicar de verdad el principio de subsidiariedad. Hay decisiones que se toman mejor cerca de quienes las viven. La Unión Europea debe apoyar, coordinar y multiplicar capacidades, no sustituir permanentemente la voluntad democrática de las naciones.
También necesitamos una Unión Europea que vuelva a poner la competitividad en el centro. Durante años se ha hablado mucho de objetivos, pero demasiado poco de industria, energía asequible, seguridad jurídica e innovación. No habrá autonomía estratégica sin fábricas. No habrá liderazgo tecnológico si convertimos cada avance en un laberinto regulatorio. Y no habrá modelo social europeo si antes no somos capaces de generar nuestra propia riqueza.
España tiene mucho que decir en esa reforma. Somos una potencia agroalimentaria, turística, industrial, energética y cultural. Tenemos talento, empresas internacionalizadas y una sociedad con una enorme capacidad de adaptación. Pero para que España pese más en Europa, debe dejar de comportarse como un alumno que solo cumple instrucciones y empezar a actuar como un socio que propone, negocia y defiende sus intereses.
La Unión Europea que queremos debe proteger sus fronteras, recuperar el control efectivo de la inmigración y poner fin a políticas que generan efectos llamada y tensionan nuestros sistemas. Debe reforzar su industria de defensa y asumir que la seguridad ya no puede delegarse indefinidamente. Debe cuidar su relación transatlántica, pero también aprender a actuar con voz propia en un mundo cada vez más exigente.
«A los 40 años de España en la UE, nuestra posición debe ser clara: sí a Europa, pero no a cualquier Unión Europea»
Queremos una Unión Europea que respete al campo, al mundo rural y a quienes producen. Que no vea a agricultores, ganaderos o pescadores como un problema del pasado, sino como una parte esencial de nuestra seguridad alimentaria, nuestra economía y nuestra identidad. Que no castigue a quien produce, sino que le permita competir en condiciones justas.
Europa nació para hacer posible lo que parecía imposible. Hoy el reto no es reconstruir un continente destruido, sino evitar que un continente próspero se vuelva irrelevante por exceso de burocracia, falta de ambición y miedo al futuro.
A los 40 años de España en la Unión Europea, nuestra posición debe ser clara: sí a Europa, pero no a cualquier Unión Europea. Sí a una Europa de naciones libres que cooperan. Sí a una Unión Europea que protege sin asfixiar. Sí a una Unión Europea que respeta la soberanía, reduce la burocracia, impulsa la competitividad y se centra en los problemas reales.
El mejor homenaje al Día de Europa no es repetir solemnemente lo que Europa fue. Es tener la valentía de decir qué Unión Europea necesitamos construir ahora.
Y la respuesta es clara: una Unión Europea útil, reformada, flexible, segura, competitiva y al servicio de las naciones y de los ciudadanos.