Delcy, la carroñera
«Venezuela lleva años sufriendo el chavismo. Ahora han sufrido este doble terremoto y el infierno de un Gobierno carroñero que no los ayuda. Un infierno en la tierra»

Ilustración de Alejandra Svriz
La tragedia del doble terremoto en Venezuela trasciende todas las dimensiones del dolor de un pueblo que lleva años viviendo el infierno chavista y ahora es castigado por la naturaleza. Las cifras oficiales de víctimas mortales del Gobierno venezolano suben lentamente, pero el reconocimiento de cincuenta mil desaparecidos revela la real dimensión del siniestro. Desgraciadamente, entre 72 y 100 horas son el límite que los expertos marcan para poder encontrar a atrapados con vida entre los escombros. La realidad se presenta muy negra. Solo la tenacidad de los ciudadanos venezolanos y de los equipos internacionales de rescatistas sigue consiguiendo milagros. Cada vez menos.
Nadie debe olvidar que las primeras horas son las cruciales para encontrar atrapados con vida. Lo que se vio en Venezuela ha quedado ya grabado en las páginas más negras de la historia de la indignidad. Unos dirigentes incapaces y un Estado corrupto, vacío de recursos, de medios y, lo que es peor, de la decisión política de acudir rápidos al rescate de sus propios ciudadanos atrapados. Esa dictadura que con tanta facilidad movilizaba en las calles a miles de soldados para sofocar y aplastar las manifestaciones democráticas de hace años los tuvo acuartelados en las horas más decisivas.
Y cuando finalmente sacó a los militares, no fue para ayudar, sino para frenar y controlar la heroica ayuda del pueblo venezolano, que se desplazaba a las zonas más afectadas. Sin maquinarias ni grúas, sin picos ni palas, solo con sus manos, el pueblo se movilizó para intentar encontrar personas vivas. Las tropas y fuerzas policiales del chavismo no han ayudado nada.
Al contrario, su objetivo prioritario ha sido controlar, y casi impedir, la llegada de voluntarios a los que pedían tediosos procesos de identificación antes de dejarlos acceder a las zonas siniestradas de La Guaira y otras poblaciones afectadas. Unos soldados más preocupados en la incautación de los donativos y ayudas recogidas en los centros organizados por la oposición democrática. Son muchas las imágenes en las que se ve a los soldados dedicados al saqueo de tiendas e incluso de viviendas destruidas, en vez de ayudar en el rescate.
Sabíamos que era una dictadura que había asesinado a miles de opositores políticos. Sabíamos que habían llevado a uno de los países más ricos del mundo a la más extrema pobreza. Nunca les importaron los derechos humanos y su propaganda social revolucionaria era solo eso, propaganda. Lo que no podía nadie imaginar es que el propio Gobierno no ayudaría a los suyos.
Años y años de saqueo han convertido a Venezuela en un territorio sin Estado, sin sanidad pública, sin infraestructuras, sin seguridad. Un país en el que los mayores peligros vienen de bandas criminales que lo mismo llevan el uniforme del ejército que el de las distintas policías existentes o directamente de los «colectivos», término con el que se denomina a esas estructuras paramilitares chavistas compuestas por bandas de delincuentes que llevan años actuando como fuerzas de choque contra los opositores demócratas.
Pobre Venezuela. Años de dictadura criminal, de pobreza, de exilio. Y cuando llega una tragedia como este doble terremoto, se encuentra con que los propios responsables políticos y de seguridad del Estado son los que se dedican a robar a sus muertos. Un Estado carroñero presidido por la encargada Delcy Rodríguez, que ha dejado en manos de la ayuda internacional los esfuerzos del rescate.
Delcy, la carroñera. Delcy, la responsable de años de torturas y asesinatos. Delcy, la traidora a su jefe Maduro. Delcy, la nueva amiga de Trump y la vieja, querida y generosa amiga de Zapatero. Y qué decir de Diosdado Cabello, ese ministro de Interior, Justicia y Paz. De la paz de los cementerios. El capo de los colectivos con los que atemoriza a la ciudadanía tampoco ha sentido la necesidad de movilizar fuerzas para rescatar a personas vivas entre los escombros. Y esas fuerzas armadas, el ejército con más generales del mundo, lleno de corruptos traidores a su pueblo y que se ha convertido en cabecilla del tráfico de productos de necesidad, cuando no directamente del narcotráfico.
Venezuela tiene una casta dirigente carroñera, incapaz de organizar el rescate de sus propios ciudadanos. El chavismo lleva 27 años de extorsión a su propio Estado. Hace décadas que llevaron a sus hospitales a la miseria más absoluta hasta el extremo de que los enfermos tenían que llevar ellos mismos las medicinas, las gasas o las vendas que fueran a necesitar. Esa red de hospitales fantasmas es la que ahora se ha visto desbordada por miles de heridos, muchos de los cuales no han podido recibir la ayuda debida.
Y tampoco es capaz de dar asistencia a los centenares de miles de venezolanos que se han quedado en la calle. Sin vivienda, sin comida, sin agua, sin nadie que les atienda más allá de sus propios conciudadanos que, a pesar de la pobreza en la que viven, han conseguido movilizar ayudas para los afectados. No hay control de nada. Asustan esas imágenes de niños pequeños solos que han perdido a sus padres, abandonados en la calle sin nadie que los proteja de siniestros delincuentes. No hay Estado y los criminales se mueven impunes ante la pasividad de la policía.
El Gobierno de Delcy Rodríguez ha abandonado de nuevo a su pueblo. Delcy, la carroñera, se ha limitado a grabar vídeos pidiendo una ayuda internacional que ha sido respondida de forma unánime. Maduro, tras su autogolpe de Estado de las últimas elecciones, rompió relaciones con una gran mayoría de los países hispanoamericanos que ahora han acudido raudos a la ayuda a pesar de las divergencias ideológicas. De Argentina a El Salvador, por poner dos ejemplos ideológicamente en las antípodas, han mandado rescatistas urgentemente.
Ayudas también de ciudadanos de todo el mundo y de los millones de venezolanos en el exilio que se han movilizado con urgencia para ayudar a sus compatriotas. Ayudas que, según denuncia ya la oposición democrática venezolana, temen que sean saqueadas por los chavistas para distribuirlas según criterios políticos, sin entregar apenas a los damnificados. Lo único que ha hecho el Gobierno es anunciar la creación de comisiones para estudiar los problemas de sanidad, de reconstrucción, de protección a los que se han quedado sin vivienda, sin comida, sin agua. Hay todavía 50.000 desaparecidos que habrá que recuperar y enterrar dignamente.
Esa es la Venezuela real. Una casta política corrupta hasta su último aliento. Unas fuerzas de seguridad que son los carceleros y ladrones de la ciudadanía a la que deberían proteger. La dictadura sigue tan intensa en su maldad como antes del ataque de Estados Unidos. Estos revolucionarios de palabras están a la vez de rodillas ante el temor a este esperpéntico Trump, que actúa como otro político bananero y ahora alardea de su amistad con Delcy, la dictadora «encargada».
Y esa cuestión convierte a Trump en cómplice, si no responsable directo de la vergüenza de lo que está viviendo Venezuela. Si tiene el poder para controlar el Gobierno chavista, ¿cómo es tan hipócrita como para mantener una dictadura tan criminal con su propio pueblo? Estados Unidos tiene el control político de la banda de Delcy y los sigue dejando actuar contra el pueblo venezolano.
Todo es vergonzoso en esta nueva relación entre Estados Unidos y Venezuela. Vergonzoso y doloroso para el pueblo venezolano. Un pueblo que ha sufrido en los últimos quince años la destrucción del 75% de su economía. En 2012, el último año de Chávez, el PIB era de unos 370.000 millones de dólares. El año pasado apenas llegaba a los 100.000. La salida de Maduro les creó la ilusión de recuperar la democracia y terminar con este Estado opresor, carcelero y carroñero. Venezuela lleva años sufriendo el chavismo. Ahora han sufrido este doble terremoto y el infierno de un Gobierno carroñero que no los ayuda. Un infierno en la tierra. Pobre Venezuela.