The Objective
Santi González

En fin, Pérez-Reverte

«En días como estos parece que Arturo Pérez-Reverte está empeñado en defender el podio de la tontuna contra el asedio de Antonio Papell y sus imitadores»

Opinión
En fin, Pérez-Reverte

Ilustración creada con IA.

Debí desconfiar de Arturo Pérez-Reverte cuando leí sus exquisitas definiciones sobre los tontos y los malos el día que se asomó a El hormiguero para ilustrarnos con su capacidad de análisis sobre una de mis bestias negras: José Luis Rodríguez Zapatero. Zapatero es un tonto que se hizo malo, dictaminó Pérez-Reverte y entonces me pareció un juicio razonable. Hizo en aquella misma entrevista una apreciación con la que siempre he estado muy de acuerdo: los tontos son más peligrosos que los malvados y casi siempre causan más daño. Los tontos no descansan jamás, advertía sabiamente el malogrado Indio Solari, que se apagó en su Argentina natal hace un mes por un derrame vascular. Ciertamente. Por otra parte, los malos tienen una tendencia natural a administrar prudentemente su vileza. No la ejercen más allá de lo que consideran necesario para conseguir sus objetivos. No les parece racional hacer esfuerzos que no se traduzcan en recompensas para ellos.

Pérez-Reverte escribió hace ocho años y tres semanas lo siguiente: «Creo que me gusta el nuevo Gobierno, porque nos da esperanza. Demuestra que el tiempo y la esperanza nunca están de más. Demuestra que @sanchezcastejon está dispuesto a escuchar. Y a durar». Era evidente que estaba dispuesto a durar. De todos los empeños que podía tener al frente del Gobierno, el más claro era sin duda la perseverancia, su predisposición a durar. Pero, ¿Sánchez dispuesto a escuchar? Nunca se le ha conocido esa actitud.

Yo comprendí a Reverte por entonces para enmendar mi error poco después. Sánchez acababa de echar a Mariano Rajoy de la Moncloa gracias a una moción de censura fraudulenta, sustentada en una sentencia trucha del camarada José Ricardo de Prada, un juez que amparaba las denuncias de torturas de los terroristas presos mientras acusaba al Estado de mirar para otro lado y él mantenía una estrecha relación con el abogado batasuno y defensor de terroristas Iñigo Iruin Sanz. De Prada metió una morcilla sobre la supuesta caja B del PP en su sentencia sobre la Gürtel, que el Tribunal Supremo consideró un exceso, porque la supuesta caja B no formaba parte del sumario, no se estaba enjuiciando tal delito, y anuló la sentencia. No fue la única vez: el Alto Tribunal también anuló una sentencia en la que el mismo juez absolvía a Soledad Iparraguirre, Anboto de nombre artístico.

Uno también creyó en el Gobierno bonito y saludó con cierto alborozo el fichaje como ministros de Fernando Grande Marlasca (sin guion y sin k) y de Josep Borrell. Qué error, qué inmenso error, habría dicho Ricardo de la Cierva, pero acertando en este caso, no cuando lo dijo tras ser nombrado presidente Adolfo Suárez. Para que se hagan idea los lectores, baste decir que los ministros más valorados del Gobierno bonito eran Ernest Urtasun y Margarita Robles, no digo más.

Su portavoz en la moción de censura, un tal José Luis Ábalos, nos había parecido zafio, pero estábamos lejos de sospechar hasta qué punto lo era. No habían pasado cuatro meses desde la investidura cuando el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, acusó a Pedro Sánchez de haber plagiado su tesis doctoral. Sánchez afirmó que era «rotundamente falso que la tesis sea un plagio». El PSOE anunció pomposamente que no estaban dispuestos a consentir que se manchase la honorabilidad del presidente: «Salvo que medie rectificación de la información publicada, emprenderá acciones legales en defensa de su honor y dignidad». Parece que la rectificación se está retrasando un poco, pero quizá los jueces encuentren hueco para este tema cuando terminen con el proceso de su mujer, de su hermano, de sus compañeros en el partido y de sus subordinados en el Gobierno.

Uno ha atribuido reiteradamente a Zapatero la invención de lo peor de este tiempo malhadado: el descubrimiento del odio a los de enfrente como factor de cohesión de los nuestros. Pero no fue por pura simpleza política. La reapertura de las heridas del pasado, la apertura de fosas para convertirlas en trincheras, tenía ya dentro un gen cainita y guerracivilista algo cabrón.

Marcos Ondarra le ajustó las cuentas la semana pasada en un soberbio artículo publicado en estas mismas páginas, Sánchez no es Maquiavelo, y Fernando Navarro hacía una observación impecable: «Pérez-Reverte se ha pasado la vida contando que el problema de España es que, aunque hay un montón de Alatristes, los gobernantes son tan corruptos y mediocres que impiden progresar. Y ahora que tenemos un gobernante asombrosamente corrupto y mediocre, Pérez-Reverte ha quedado fascinado por él». El académico le respondió con un regüeldo: «Es gracias a la incompetencia de mediocres como usted que Sánchez sigue donde sigue». En días como estos parece que Arturo Pérez-Reverte está empeñado en defender el podio de la tontuna contra el asedio de Antonio Papell y sus imitadores.

Publicidad