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¿Por qué es tan difícil discutir con un izquierdista (sin que te insulte)?

Foto: Álvaro R. de la Rubia | The Objective

Si a uno le gusta mucho debatir (levanto la mano), y por tanto lo hace a veces con gente de ideas más izquierdosas, pero también más derechosas que uno mismo (mantengo la mano levantada), es probable que haya notado cierto fenómeno. Es mucho más frecuente que tu contrincante izquierdista se aparte del tema concreto de debate (el feminismo, la inmigración, la lealtad ante la ley, el matrimonio igualitario, el desentierro de Franco…) para pasar a descalificarte a ti (machista, xenófobo, carca, homófobo, facha…) a que lo haga un derechista. Esta constatación, que podría parecer simple anécdota (“Miguel Ángel, es que pones de los nervios sobre todo a los más progres que tú”) o meramente subjetiva (“Miguel Ángel, es que juzgas a los progres más severamente”), resulta que tiene apoyo empírico.

En efecto, varios autores norteamericanos (J. Haidt, S. Stevens, L. Jussim, P. Quirk, A. Kelly-Woessner y G. Yancey) desarrollaron el año pasado un índice con el que comprobar en qué medida funcionaban bien los debates intelectuales en una esfera (la Universidad) que se supone en principio especialmente apta para ello. El nombre que le dieron fue el de Campus Expression Survey (Encuesta sobre Expresión en el Campus).

Tenemos ya los resultados preliminares de ese estudio y apuntan en la dirección que venimos señalando. El 32 % de los estudiantes de derechas que respondieron se confiesan reacios a debatir sobre política en el aula (frente al solo 8 % de izquierdas que sienten igual reparo). ¿Cuál puede ser el motivo de tan amplia diferencia? La investigación ilumina también esa cuestión: el mismo porcentaje (32 %) de alumnos conservadores se han sentido maltratados por culpa de sus ideas políticas más de una vez al mes, frente a solo un 10 % que han sentido lo mismo desde la izquierda. El dato resalta especialmente si lo comparamos con otros agravios: por ejemplo, con cuántas universitarias se han visto tratadas mal como consecuencia de su sexo (14 % también más de una vez al mes). Dicho de otro modo, si resulta que eres una chica con ideas conservadoras, tienes más del doble de probabilidades de que te den mala vida universitaria por esas ideas derechosas tuyas que por ser mujer.

Otro estudio en que también ha participado J. Haidt (junto con J. Graham y B. A. Nosek), estudio al que ya nos hemos referido en alguna otra ocasión, nos da una posible clave de por qué esto es así. Su investigación mostró que cuando se le pregunta a alguien de derechas cómo pensaría un izquierdista sobre diversos dilemas morales, suele acertar mucho más que cuando se le pregunta a este último acerca de cómo reaccionaría el primero. Dicho de otro modo, la derecha entiende bastante mejor la mentalidad de la izquierda que viceversa. Si esto es así, no resulta extraño que la gente de izquierdas responda con exabruptos (como los que hemos citado en el primer párrafo) ante una postura de derechas: simplemente, le cuesta más entender los motivos por los que alguien podría sostener tan extraña opinión. Y, por tanto, tiene una tendencia mayor a acusar a tal persona de algún tipo de maldad intrínseca (machista, xenófobo, racista, etc.). Si no comparto ni comprendo lo que dices, está claro que el que tienes algún tipo de problema raro eres tú.

Esta primera explicación que acabamos de esbozar podríamos denominarla psicológico-cognitiva. Y creo que resultará útil complementarla con una segunda explicación de índole sociológica.

Veamos: todos sabemos que sentirnos dentro de un grupo mayoritario que nos da la razón nos hace perder apertura mental ante las ideas que desafíen esa mayoría. Y bien, qué duda cabe que (especialmente en EE. UU.) la hegemonía en la creación de ideas es netamente izquierdista: tanto la citada Universidad, como también el periodismo o Hollywood, no solo surten a la opinión pública norteamericana de la mayor parte de sus ideas, sino que exhiben una apabullante mayoría izquierdista. Ya en 1958 Paul Lazarsfeld detectó ese predominio en la academia, que medio siglo después N. Gross y S. Simmons continuaban cifrando en un 18,5 % de profesores conservadores frente a más del 52 % progresistas. Con una señera peculiaridad: en las disciplinas dedicadas a las ciencias humanas o sociales (es decir, aquellas en que debaten más las ideologías) el porcentaje de académicos de derechas baja hasta un 3,6 y un 4,9 %, respectivamente. Con esa mayoría arrasadora no sorprende que la izquierda, en el campo del debate intelectual, pierda una de las virtudes de que más le gusta blasonar (su apertura de mente) cuando, desde tu irrisoria minoría del 4 %, osas debatirle sus aseveraciones.

(De hecho, a menudo ha perdido algo más que la apertura de mente: este estudio de Y. Inbar y J. Lammers muestra que buena parte de los académicos progresistas se reconocen dispuestos a discriminar a sus colegas conservadores en cuestiones laborales o académicas; esa tendencia se incrementa cuanto más izquierdista sea el académico discriminador).

Ahora bien, para finalizar, me gustaría complementar la explicación psicológica y la explicación sociológica que he reseñado con una tercera hipótesis, que me aventuro a llamar ético-filosófica.

Como el lector seguramente sabrá, los filósofos nos solemos preguntar por los fundamentos para sostener una idea, más allá de la estructura de nuestra mente (psicología) o de la influencia de la sociedad (sociología). Y bien, mi impresión es que la izquierda cada vez estriba más en cuestiones emotivas a la hora de apoyar sus posturas morales o políticas. “¿Cómo no sientes empatía ante este grupo discriminado X?”, o “Hay que ser mala persona para no apoyar a Z” son expresiones frecuentes en los debates con gentes de izquierdas. De hecho, es extraño que descansen en otro tipo de fundamentos: por ejemplo, fundamentos religiosos, o metafísicos, o racionales. Es común en la izquierda cierto relativismo al respecto de estos últimos: nadie puede tener la razón absoluta, o nadie puede cerciorarse de la realidad de las cosas, por lo que mejor basarse en nuestros (subjetivos) sentimientos de compasión, que al menos de esos sí podemos estar seguros.

Así, curiosamente, de pensar que “nadie tiene la verdad absoluta” (frase que, en principio, invitaría a cierta humildad ante tus contrincantes en un debate) se pasa a la mayor de las intolerancias: como no existe la verdad, todo depende de tener los “sentimientos correctos”; y si tú, derechista, discrepas de mí, es que no tienes esos “sentimientos correctos”, y debo severamente reconvenirte (tal vez, incluso, denostarte). Cuando todo se deja al arbitrio de las emociones, resulta fácil intentar crear en ti emociones negativas (insultándote, por ejemplo) con la finalidad de que te sientas mal al sostener lo que sostienes, y educadamente vuelvas al redil donde te sentirás (en compañía de nosotros, la mayoría izquierdista) mucho mejor.

Todo esto, curiosamente, vuelve mucho más perentorio para los que amamos discutir todo tipo de temas (y desafiar, si se peta, algunos dogmas izquierdistas) el familiarizarnos con nuestra tradición filosófica. En primer lugar, podemos aprender de Platón, de los estoicos o del mismo Buda, como ya detallamos en otro artículo, a mantenernos impasibles ante las groserías que se nos suelten en cualquier discusión.

En segundo lugar, hemos de releer una y otra vez a John Stuart Mill, para fortalecer nuestra convicción de que incluso las ideas más sagradas salen ganando si se someten al desafío de debatir con sus discrepantes.

Y, en tercer lugar, hemos de aceptar el reto de Sócrates: negarnos a tragar cualquier cosa solo por “empatía”, o por “sentimientos”, o porque “lo dice la mayoría”, o porque “la gente a la que quiero caer bien (y que domina los ámbitos donde quiero decirlo) es así como piensa”. Eso sí: en este caso, cuando vayas a un debate, asegúrate de que el botellín de agua que suelen darte no desprende cierto olor fétido; cuentan los botánicos que esa es una característica típica de la cicuta.

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