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Que venga otro y lo arregle

"Las guerras comerciales en la historia han demostrado que no hay nunca un ganador y que sólo con la armonización arancelaria ganan todos"

Foto: JOSHUA ROBERTS | Reuters

“La especie humana produce ejemplares horribles y también maravillosos, lo que pasa es que estos otros casi nunca son noticia”. La sabia observación es de Rafael Azcona. Y, sí, parece que nos ha tocado vivir en el tiempos de ejemplares horribles, que además son siempre noticia. Donald Trump y otros líderes extranjeros y también nacionales hubieran sido un jugoso material para inspirar al gran guionista, maestro del humor entrañable y también esperpéntico de la cosa nacional. Fallecido hace once años, hubiera sido un lujo total contar con la inteligencia narrativa de Azcona para desmitificar y provocar la risa en estos tiempos de solemnidad, cursilería y frentismos gesticuleros que vivimos. Hoy, a cuenta de sus últimas decisiones, le toca el turno a Trump. Un personaje controvertido, por no decir horrible, y desde luego lo opuesto a maravilloso que se puede intuir define Azcona. La última, y contra los pronósticos de los negociadores implicados y de las confiadas grandes compañías en Wall Street, ha sido declarar finalmente y brutalmente la guerra comercial a China. Caiga quien caiga, de momento. Incluidos sus poderosos colegas del golf…

Pero es que una amenaza semejante en el mundo globalizado de hoy, donde los fabricantes nacionales dependen de proveedores procedentes de distintas partes del mundo, está inevitablemente abocada a volverse en contra de los intereses de quien promueve la agresión. Washington ha subido un 25% los aranceles a bienes chinos por valor de 200.000 millones de dólares (lo que significa encarecer su precio en el mercado nacional por mucho que Trump diga lo contrario en su cuenta de Twitter). Pero además está preparando una lista adicional de bienes procedentes del gigante asiático por valor de 325.000 millones para gravarlos también. Y la estocada final ha sido apelar a una emergencia nacional de seguridad para anunciar que China no podrá importar componentes tecnológicos Made in the USA, de los que depende su gigante tecnológico Huawei. Una provocación en toda regla. Que aplicada a la inversa, como medida de represalia, puede tener también efectos devastadores para un grande de la industria tecnológica estadounidense como Apple: un iPhone o un iPad dependen de los proveedores chinos y son montados en gran parte allí. Cambiar de proveedores y de fabricantes lleva meses, si no años. Y tendrá severas consecuencias en el corto plazo.

Y de resultas, Wall Street, natural caladero de votos de los republicanos, baja vertiginosamente. Trump ha optado por marcar territorio. Actúa, como dice Eugene Robinson en el Washington Post, “como el promotor inmobiliario que lleva dentro”. Cuando todo estaba pactado, en el último momento rebaja los precios a la empresa subcontratada para conseguir un mejor acuerdo. Esta puede que no tenga opción y acepte. ¿Pero con China, la segunda economía mundial? Si quiera ya sea sólo por una cuestión de orgullo nacional… La respuesta no se ha hecho esperar. Y Pekín ha anunciado que subirá los aranceles sobre productos estadounidenses por valor de 60.000 millones de dólares. Y está por ver las medidas que tomará contra el boicoteo de EEUU a Huawei, un puntal clave en su economía así como en la proyección de China como potencia tecnológica mundial.

Pero como dice John Cassidy en el New Yorker, Trump promueve una realidad alternativa. Las decisiones que toma y sus consecuencias las vende en Twitter como grandes conquistas para la nación. Desafiando la lógica del mercado, sostiene que los aranceles más altos no suponen un coste adicional para los consumidores o para los productores estadounidenses que dependen de las importaciones chinas. Pero es una ficción. Trump promueve sustituir los productos importados por los nacionales pero ¿a qué precio? Las guerras comerciales en la historia han demostrado que no hay nunca un ganador y que sólo con la armonización arancelaria ganan todos. Son las famosas ventajas comparativas ya identificadas en 1817 por el célebre economista David Ricardo

Así que Trump, que se presenta como el único candidato republicano para las elecciones de 2020, tiene ahora que lidiar con el descontento de Wall Street y también con el malestar de los estados afectados por los aranceles a China. Muchos de ellos, productores de soja o de otros productos agrícolas perjudicados por la guerra comercial declarada a Pekín, de mayoría republicana. Y ante este escenario adverso a sus intereses electorales, ¿qué hace el presidente? Pedir subvenciones al Congreso para los agricultores a cuenta del aumentar el déficit público. Populismo puro y duro. ¿Y para calmar a Wall Street? Presionar aún más a la Reserva Federal, el banco central estadounidense, cuyo presidente, Jerome Powell, eligió él saltándose el protocolo de sus antecesores que mantuvieron al responsable heredado como muestra de respeto a la independencia de la institución. Ello no le ha impedido amenazarle con el despido si este no se pliega a su voluntad. A saber; que de ninguna manera suba los tipos de interés por muchas presiones que sobre la inflación estén teniendo el pleno empleo y la subida del precio del petróleo.

Porque ese es el otro frente que ha abierto Trump. Si el escenario de los precios del petróleo estaba apaciguado, la retórica belicista contra Irán y su fallida intervención en apoyo de un cambio de régimen en Venezuela han dado un vuelco al mismo. Una vez abandonado el Acuerdo Nuclea con Teherán, todo apunta a que la Casa Blanca está decidida a buscar una buena excusa para desatar un conflicto, militar o no, contra el régimen de los ayatolas. Con todas las consecuencias que ello tiene en la conflictiva región y en el suministro internacional de petróleo. Por el estrecho de Ormuz, que controla Irán y que es ahora foco de tensión, pasa la quinta parte del crudo que consume el mundo. Por un lado, con Rusia apoyando a Irán y a Siria (y a Hezbolah en el Líbano) y, por otro, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes, junto con Israel, frotándose las manos para debilitar a Irán con el apoyo de Washington, cualquier intervención en la zona puede tener consecuencias devastadoras.

Pero si Trump observa a Wall Street como termómetro de su popularidad puede que acabe rectificando. La unidad del partido republicano empieza a resquebrajarse a cuenta de ello. Así que veremos. Mientras el presidente no reaccione, la culpa será de Pekín, Teherán o de la Fed.

Continuará.

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