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Vox, regalo para Sánchez

"Casado también se creyó que España se derechizaba, que le hervían los cojones torrentianos".

Foto: JON NAZCA | EFE

Sánchez no tenía nada. Sólo el jarroncito de su cara y su debilidad en los mullidos sofás de La Moncloa, que Torra le hacía adornar como una tumba de domingo. No tenía nada, sólo ministros de Mira quién baila, medidas que lanzaba y desdecía, un Gobierno parado en su globo de turista y un muñeco de Rajoy para arrojárselo entre él y Rufián, en el Congreso como un bajel de piratas. Eso y noches de verano juvenil con su esposa de margaritas en el pelo y conciertos con oleaje. Mientras, el dinero se gastaba en espejos del tamaño lunar de su ego y en Cataluña volvía a desaparecer el Estado. Sánchez no tenía apenas nada, su figurín de yerno y su descaro para ir de una cosa a la contraria sin cambiar su gesto de foto de gimnasio. Hasta que llegó Vox.

Vox le dio a Sánchez todo. Desaparecido el enemigo primigenio (Rajoy, la panza de Bárcenas, el antiguo PP arriolista, la Gürtel bigotona y tal), Vox le proporcionaba ese recurso guerrista, picarón y fácil de una derecha fachosa, ridícula, cojonciana, de puta mili, legionario zombi, perol campero y mamachicho; una autoparodia que se diría diseñada por el propio Iván Redondo. Fue Susana la primera que sacó a Vox como espantapájaros, sin que le funcionara. Pero en Andalucía jugaban otros factores, tradicionales y sociológicos, además de estrictamente electorales y políticos (o sea, la hartura gazpachera del PSOE eternizado en su feria de la tapa). En Andalucía nació lo de las “tres derechas”, el “trifachito” y la ultraderecha a la vez renacida y remezclada y extendida. Pero yo suelo decir que es raro que de Andalucía, mi tierra, se pueda extrapolar nada, porque vive encerrada en una orgullosa dignidad, una melancólica hidalguía que le han otorgado la pobreza y la dura historia, y que genera mecanismos de sobrecompensación y autodefensa muy peculiares. El pacto a la andaluza iba a ser, aunque aún no estábamos seguros, puramente andaluz.

Vox, galopando sólo con sonido de cocos, igual que los Monty Python, a lomos de sus fantasías de cantina africanista, crecidos como esos iluminados de virgencita de cuevilla, con un populismo y un lenguaje de albañil de zanja, se creyeron su cruzada, su ejército de Los Cien Mil Hijos de San Luis. Los medios alimentaron el hype, y la sobrexposición que provocaban su exotismo y su desinhibición les hicieron perder su verdadera escala. No a ellos solamente, claro, sino también a la izquierda, que se acojonó ante una mera romería de escopeteros del Fary, coroneles retirados y viudas de estanco. Igualmente, perdió la medida la derecha de amplio espectro, el PP de siempre, entre el liberalismo y el fachilla de capilla o fantasía doméstica.

Casado también se creyó que España se derechizaba, que le hervían los cojones torrentianos. Pero ni la coleta cimarrona y revolucionaria de Iglesias, ni Puigdemont ni Torra ni Rufián, espantan tanto como el franquismo de ultratumba. No hay aquí suficiente derechaza, no hay suficiente rancio para ninguna reconquista de El Guerrero del Antifaz con calzas y verso de Don Mendo. Vox, que servía para un carrusel deportivo, para un domingo de siervas de San José, para la calle Serrano y para la campiña de peto de pana y vaquilla nacional, no servía para una España que nunca se ha alejado demasiado del centro. Y un PP a medio camino pagaba el miedo atávico, histórico, al fascismo o filofascismo de bigotillo y salivazo.

Sánchez no tenía nada y todo se lo dio Vox. Bueno, y Rajoy. Todo empieza con Rajoy, que llevó la desideologización hasta la compulsión y su pachorra (sobre todo en Cataluña) como una religión. Rajoy propició el ascenso de Vox y además le regaló a Sánchez el escaparate de La Moncloa. Casado, por su parte, no supo mediar entre la herencia de un aburrido funcionariado y cierta fiesta de convento ideológica. Demasiada ventaja, hasta para la política perezosa, casi invisible, de Sánchez. Vox, en fin, dividió el voto de la derecha y movilizó a la izquierda como nunca. Han votado no ya los encamados y los anarcas, sino hasta los muertos, por no ver a estos seguratas y forococheros condicionar la política. Lo peor que le podía pasar a este país, y el mejor regalo para Sánchez, eso ha sido Vox. Lo descabalgarán en las próximas elecciones, o no; irá destinado a la decadencia como Podemos, o no. Eso dependerá mucho de si el PP se recompone hacia un liberalismo / conservadurismo moderno o se disuelve. Pero Vox, su exhibición de señorito con yegua y de bandolero palote sólo ha servido para encumbrar a su enemigo. No está mal como estrategia para mártires. O para bobos.

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