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Nicolás Sesma

'Réquiem' por R. J. Sénder

Zibaldone

'Réquiem' por R. J. Sénder
Europa Press

Cuando Paulette Goddard y Erich María Remarque contrajeron matrimonio en 1958 varios medios de comunicación norteamericanos comentaron con sorna que nada habría podido resultar más natural, pues acababan de unirse la actriz de una única película con el escritor de una única novela. La afirmación era a todas luces injusta. La carrera artística de Goddard no se reducía a Tiempos Modernos (1936). Sin ir más lejos, el propio Charles Chaplin había vuelto a requerir de su carisma y magnetismo para interpretar a la inolvidable Hannah de El Gran Dictador (1940). Por su parte, la producción de Remarque no se limitaba a su opera prima, Sin novedad en el frente (1929). Desde entonces, el autor alemán había publicado un buen puñado de libros, generalmente también de tipo autobiográfico, como Náufragos o Arco de Triunfo, en los que narraba su traumática salida al exilio como consecuencia de la subida al poder del nazismo.

Y es que la sombra de las grandes obras es muy alargada, y puede llegar a oscurecer el conjunto de una trayectoria y hacer morir de éxito a su autor. Sin novedad en el frente, en particular, impulsada por una adaptación al cine ganadora del Oscar a la mejor película, había sobrepasado a Remarque para convertirse en un fenómeno global. Denostada por los círculos nacionalistas, que la consideraban derrotista y antipatriota, era admirada en todo el mundo por muchos otros gracias a su mensaje humanista y pacifista. Entre estos últimos se contaba un joven periodista oscense que, tras velar sus primeras letras en el periódico La Tierra, acababa de dar el salto al diario El Sol: Ramón J. Sender.

Víctima del mismo fenómeno del one-hit wonder, Ramón J. Sender es casi exclusivamente conocido por su gran obra Réquiem por un campesino español (1953). Como mucho, gracias en buena medida a la serie de los 80 dirigida para TVE por Antonio Betancor, suele sumarse a su recuerdo la saga de Crónica del alba. Sin embargo, Sender es mucho más que el Réquiem, es uno de los novelistas más importantes e infravalorados de las letras españolas. En su momento, de hecho, Pío Baroja ya lo había señalado, cuando al ser preguntado por la nueva generación de creadores había respondido: «Tenemos entre los jóvenes un poeta: García Lorca. Y un novelista: Sender».

 «Aquel chico de Huesca un poco tonto y un poco loco de los años veinte», como él mismo gustaba de definirse, había publicado su primera obra, Imán (1930), precisamente tras la estela de la corriente creada por Remarque y a propósito de la Guerra de Marruecos, una agresión colonial económicamente desastrosa y tremendamente impopular con la que la monarquía y la clase política españolas trataban de recomponer el prestigio nacional herido con la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898. Ahora que acaba de cumplirse el centenario del desastre de Annual, es buen momento para reivindicarla, puesto que pocos relatos reflejaron mejor la precariedad moral y política de las elites de la restauración, que se llenaban la boca con la grandeza de la Patria pero que siempre querían construirla sobre la sangre ajena.

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Fotograma de la adaptación al cine de ‘Requiem por un campesino español’ / Entertainment Pictures

En aquellos años, el Estado permitía eludir el cumplimiento del servicio militar obligatorio mediante el pago de una cantidad de dinero, lo que solía provocar que, oficialidad ambiciosa al margen, únicamente las clases subalternas terminaran combatiendo en Marruecos. Aunque sus padres ofrecieron abonar la cuota necesaria, Sender rechazó la oferta y «en contacto profundo con el pueblo español, el verdadero pueblo, obreros y campesinos» participó en la campaña de 1923, destinada precisamente a recuperar el terreno perdido como consecuencia de la derrota en Annual. Resultado tanto de esta experiencia como de los testimonios de los soldados más veteranos, el autor oscense compuso Imán, cuyo título procedía de la capacidad del protagonista, un modesto labrador llamado Viance, para atraer toda clase de infortunios y desgracias.

La obra de Sender contenía sin embargo una profundidad onírica que la alejaba del mero vehículo de denuncia

De factura básicamente realista y naturalista, la obra de Sender contenía sin embargo una profundidad onírica que la alejaba del mero vehículo de denuncia. Así sucedía con el pasaje en el que, para escapar de la masacre de las cabilas rifeñas, Viance debía esconderse «dentro del vientre de un caballo» muerto en el campo de batalla, con el que entraba en una forma de simbiosis que le permitía realizar un viaje a su propio ser, tomar «una conciencia nueva de sí mismo, del dolor, de la vida». Una muestra de la sensibilidad espiritual y el realismo mágico que iban a convertirse en una constante de la producción senderiana, y que nunca fueron del agrado de los puristas de la novela social de tinte revolucionario. A pesar de ello, Sender, que se estaba acercando cada vez más al Partido Comunista (PCE) después de haber sido un orgulloso militante de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) –un fondo libertario que nunca abandonaría por completo–, fue uno de los invitados a la Olimpiada Internacional de Teatro Revolucionario organizada en Moscú en 1934.

Para entonces, con el éxito de Imán –incluida la compra de sus derechos para llevarla al cine en Alemania–, la proclamación de la Segunda República y la concesión del Premio Nacional de Literatura, el horizonte parecía completamente despejado de cara a su definitiva consolidación en el panorama intelectual y académico. Sin embargo, a imagen y semejanza de su propio personaje, y al hilo del ciclo dramático que tuvo que afrontar el país, Sender comenzó a sufrir un cúmulo de tragedias absolutamente demoledor. Los nuevos responsables culturales nombrados por Hitler dieron al traste con la adaptación cinematográfica, mientras sus admiradores africanistas terminaron con la República mediante un golpe de Estado, fusilaron a su hermano, Manuel Sender, alcalde democrático de la ciudad de Huesca –donde sigue sin contar con el recuerdo que merece–, y, al no poder hacer lo mismo con él, asesinaron igualmente a su mujer, la brillante pianista Amparo Barayón, en su Zamora natal. Fueron ahora los franquistas los que mostraron el camino a los nazis, que en 1943 asesinaron a Elfriede Remarque al no haber podido dar caza a su hermano.

Anticolonialista, antifascista y antiestalinista, y todo ello no solo de palabra sino como hombre de acción, Sender se encontró políticamente huérfano en el contexto de la Guerra fría

Los infortunios de Sender estaban, con todo, lejos de terminar. Encuadrado en el Quinto Regimiento durante la Guerra Civil, en la que combatió en primera línea y fue miembro del Estado mayor de Enrique Líster, no tardó en enfrentarse tanto a este último como a sus asesores soviéticos, y pudo comprobar de primera mano cómo se las gastaban en una purga estalinista cuando quisieron convertirlo en el chivo expiatorio de algunas derrotas en el frente de Madrid. Tras salir de España para cumplir diversas funciones propagandísticas y entregar cruelmente a sus hijos en adopción, terminó por exiliarse, como hiciera también Remarque unos años antes, en los Estados Unidos.

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Francisco Franco el 28 de septiembre de 1961 en Burgos. Manuel Sanz Bermejo / Europa Press

Anticolonialista, antifascista y antiestalinista, y todo ello no solo de palabra sino como hombre de acción –unas credenciales que, más allá de George Orwell, muy pocos podrían igualar–, Sender se encontró políticamente huérfano en el contexto de la Guerra fría. Rechazado para siempre por la Unión Soviética y el PCE y sospechoso para su país de adopción, en el que sufrió la presión depuradora del macartismo, el autor aragonés se quedó sin nadie que le escribiera. Como buena parte de la izquierda republicana no comunista, se le suele clasificar perezosamente como un miembro de la «tercera España», algo que en absoluto se corresponde con su compromiso antifranquista y su reivindicación de la legitimidad de la Segunda República.

Retornado por primera vez a una España que ya no era la suya en 1969, cuando aceptó claudicante el premio Planeta y comprobó que generaba más incomprensión que empatía en los lectores de sus novelas de juventud, con la llegada de la Transición expresó su deseo de volver a fijar su residencia en la península, pero nunca llegó a dar el paso. De nuevo, algo parecido le había sucedido a Erich Maria Remarque, a quien ninguna de las dos Alemanias de posguerra, cada una nacionalista a su manera, había sentido la necesidad de recuperar, cargando así con un incómodo testigo del pasado. Ramón J. Sender murió en la soledad de su casa de San Diego en 1982.

Pero no todo van a ser malas noticias. Desde hace algunos años, la editorial Contraseña está recuperando algunos de sus títulos más emblemáticos –como El bandido adolescenteMíster Witt en el Cantón y Contraataque–, en cuidadas ediciones que vienen a complementar la labor realizada durante años por la colección Larumbe del Instituto de Estudios Altoaragoneses (www.iea.es), la institución que custodia el fondo documental y fotográfico de este escritor que consiguió ser universal sin dejar nunca de ser rabiosamente aragonés. Justamente para mostrar este legado con motivo del 120 aniversario de su nacimiento, en el IEA se inauguraba hace pocas semanas el magnífico «Espacio Ramón J. Sender». No se lo pierdan.

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