Alfred Adler, psicoterapeuta, ya lo confesó en 1933: «Hay tres pilares claves de la felicidad: la vida social, el trabajo y el amor»
Adler fue el primero en romper con el determinismo freudiano y abrir una puerta a otra interpretación de lo feliz

Un grupo de amigos. | ©Pexels.
Durante siglos, la humanidad ha vivido obsesionada con la felicidad. La ha buscado en templos, en oráculos y también en rituales que prometían rozar lo sagrado. Muchos pensaron que pertenecía a los dioses y que el común de los mortales solo podía aspirar a migajas de ese bien supremo. Otros la imaginaron como recompensa estoica, fruto exclusivo de la virtud, del ascetismo o del dominio férreo de las pasiones. Filósofos de toda época la colocaron en un pedestal casi inalcanzable, reservado a espíritus selectos.
Sin embargo, esa mirada empezó a resquebrajarse entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Pensadores, sociólogos, psicólogos y psicoanalistas comprendieron que la dicha humana no habitaba en ningún altar remoto. Tampoco dependía de fórmulas metafísicas ni de linajes privilegiados. La felicidad, en realidad, se jugaba aquí abajo, en la trama cotidiana de la existencia. Uno de esos pensadores decisivos fue Alfred Adler, y su reflexión sobre la felicidad sigue siendo una brújula útil.
Por qué la opinión de Alfred Adler sobre la felicidad importa
Alfred Adler nació en Viena en 1870 y murió en Aberdeen en 1937. Médico, psiquiatra y psicoterapeuta, formó junto a Freud y Jung la tríada fundacional de la psicoterapia moderna. Empezó como oftalmólogo, pasó por la medicina general y acabó fundando la llamada Psicología Individual. Fue, además, el primero del trío en romper con el determinismo pulsional freudiano. Su ruptura, en 1911, no fue menor: abrió un camino más social, más optimista y más pragmático. Su nombre, sin embargo, no ha trascendido para el gran público con la misma fuerza que sus colegas, especialmente Freud, pero también Carl Jung.

Lo que distingue a Adler es su lectura comunitaria del bienestar. Para él, la salud mental no se juega en el diván en solitario, sino en la relación con los demás. Acuñó el concepto de Gemeinschaftsgefühl, es decir, el sentimiento de comunidad. Observó a miles de pacientes y concluyó que nadie florece replegado sobre sí mismo. Tampoco creía en diagnósticos sellados para siempre. Su visión fue precursora de la terapia cognitivo-conductual y de la psicología positiva actual.
En El sentido de la vida, obra culminante publicada en 1933, Adler dejó frases que han resistido el paso del tiempo. Una de ellas da pie al título de este reportaje: «Hay tres pilares claves de la felicidad: la vida social, el trabajo y el amor». También escribió que el interés y el amor por los demás resultan vitales para nuestro bienestar y felicidad. Son sentencias breves, pero condensan toda una filosofía práctica. Por eso interesan hoy, en plena era de hiperconexión y soledad paradójica. Leer a la felicidad en Alfred Adler es, en cierto modo, recuperar sentido común.
Cómo llegar a la felicidad
Durante siglos, la filosofía situó la felicidad en un plano elevado, casi inaccesible. Los estoicos la ataron a la virtud; los epicúreos, a una prudencia serena; los aristotélicos, al ejercicio de la razón. Incluso pensadores más recientes insistieron en la sabiduría y el autoconocimiento como vías regias. Esa tradición iluminó mucho, pero también dejó a mucha gente con la sensación de no llegar. La felicidad parecía cosa de sabios retirados o de almas excepcionales.
Adler cambió el ángulo y desmontó ese pedestal. Para él, la dicha no exige ni heroísmo moral ni introspección extrema. Tampoco reclama una pureza interior al alcance de muy pocos. La felicidad, sostenía, es terrenal, cotidiana, tejida en los vínculos y en las tareas ordinarias. No se alcanza mirándose al ombligo, sino mirando hacia fuera. El neurótico, en su diagnóstico, es quien se repliega; el sano, quien se abre.

Otra idea rompedora atraviesa su obra. Adler observó que el sentido de la vida no se encuentra en la búsqueda de la felicidad, sino en la búsqueda de un propósito. Posteriormente, psiquiatras como Viktor Frankl creerían lo mismo, opinando que debe ser «consecuencia de un sentido en la vida». Y otros psicoanalistas como Erich Fromm también considerarían que «la felicidad no es un don de los dioses».
Perseguir la dicha como meta directa casi siempre frustra. Conviene, en cambio, orientar la vida hacia algo o alguien. La felicidad llega entonces como efecto colateral, no como trofeo. Así entendida, deja de ser una cumbre inalcanzable y se convierte en un modo de estar en el mundo, como hemos contado en varias veces en THE OBJECTIVE.
La felicidad social, según Alfred Adler

El núcleo del pensamiento adleriano es claro y radical. Todas las cuestiones de la vida quedan subordinadas a tres grandes problemas:«Hay tres pilares claves de la felicidad: la vida social, el trabajo y el amor». No son asuntos casuales, sino desafíos que se imponen inexorablemente y que no admiten escapatoria. Adler los considera consustanciales a la existencia. Enfrentarlos define nuestro estilo de vida. Rehuirlos, en cambio, alimenta el malestar y la neurosis. De ahí su vigencia.
El primer pilar, la vida social, remite al Gemeinschaftsgefühl. Cooperar, pertenecer y contribuir al bien común no son lujos sentimentales. Son, más bien, necesidades psicológicas básicas. Cultivar amistades, cuidar vínculos familiares y participar en la comunidad refuerza la salud mental. El aislamiento, por el contrario, erosiona el ánimo. Los estudios actuales sobre soledad confirman, en buena medida, aquella intuición vienesa.
El segundo pilar, el trabajo, aporta estructura, propósito y pertenencia. No hace falta una profesión brillante ni un salario estelar. Basta con sentir que la propia aportación importa a alguien. El tercer pilar, el amor, lo describe Adler como tarea para dos. Ningún problema afecta tan de cerca al bienestar como el amor, pues exige que ambas personas se olviden por completo de sí mismas y se entreguen entre sí como un solo ser. Sostener esa triada —vínculos, oficio y afecto— es, para Adler, el camino real hacia la felicidad.
