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Garzón nunca mira arriba cuando habla

Vive en otro mundo, protegido por el pacto Sánchez-Iglesias y por la pereza o temor de Yolanda Díaz al roto que su cese le puede provocar con Unidas Podemos

Garzón nunca mira arriba cuando habla

El ministro de Consumo, Alberto Garzón.|EP

Vivimos entre pantallas. Nos comunicamos, nos informamos, reímos, odiamos y hasta nos aburrimos en las pantallas. Por las pantallas fluye todo. Y en las pantallas, todo cambia. Heráclito estaría contento en este mundo actual en el que la tecnología ha conseguido que la vida circule a través de pantallas, en las que «somos y no somos». Cuando dijo que «nada permanece y lo que existe se transforma sin dejar de ser o dando lugar a una realidad distinta» se quedó corto con lo que vivimos ahora. Todo es y deja de ser y por eso necesitamos «sacar pantallazos». Congelar, grabar, almacenar esos momentos que consideramos significativos.

Pantallas hay desde hace tiempo. Las grandes pantallas del cine, con su oscuridad, su silencio, su respeto. Las pantallas de televisión, que invadieron nuestros hogares y siguen siendo la mayor fuerza existente de comunicación simultánea. Pero con Internet llegaron pantallas que absorbieron a todos los medios: prensa, radio, música, televisión, cine. Todo es siempre accesible.

Y con los móviles Internet estaba ya en nuestra mano. Es más, el móvil  se convirtió en parte de nuestro cuerpo. Es lo primero que buscamos al despertarnos. Lo único por lo que volvemos a casa si se nos olvida al salir. En los móviles, los vídeos y las redes sociales han encontrado su ecosistema perfecto. Somos una sociedad de muchas pantallas, que vive en pantallas y que nos alimentamos con pantallazos de todo tipo, todos los días.

Pantallazo 1. Uno que se veía venir, aunque no mires arriba. La polémica sobre la película de Adam McKay, con Leonardo DiCaprio y demás compañía galáctica, nos ha demostrado que el mundo de las redes sociales es el mejor terreno de combate para cualquier contenido que tenga contendientes para enfrentarse. Adelanto que soy muy partidario de esta película, a la que no hay que considerar ni tragedia, ni comedia, sino básicamente una parodia que evidencia los grandes problemas de nuestros sistemas políticos, de nuestros medios de comunicación, de nuestras redes sociales, de nosotros mismos como sociedad infantil que parece que exige, pero que es ingenua como un niño. Pero lo más divertido de todo ha sido seguir en Twitter la creación rápida de una batalla, con dos bandos en los que se han mezclado críticos de cine, escritores, políticos, intelectuales y una infantería muy belicosa. Había una necesidad vital de todos los tuiteros de verla rápidamente para poder decir públicamente en qué trinchera se situaban. Y Netflix, tan contenta.

Fotograma de ‘No mires arriba’.|Netflix

Pantallazo 2. El de una magnífica muestra del fino e inteligente humor británico. Se trata de Fantasmas, la maravillosa y deliciosa comedia de la BBC cuyas tres temporadas se pueden ver en Movistar. Cuenta la historia de un matrimonio joven que se traslada a vivir a un viejo palacio que heredan. Tras un accidente de la mujer, esta es capaz de ver y hablar con los fantasmas que habitan en su nueva casa. Una colección de entrañables personajes que a lo largo de la historia se han quedado atrapados como fantasmas y han formado una maravillosa pandilla que tras años y siglos aburridos descubren en interacción con la protagonista el mundo de la televisión o de los móviles. Una mirada ácida en la que estos fantasmas representan roles que se han quedado anclados en el tiempo. Su contacto ingenuo con la actual realidad social, moral o tecnológica puede ser trasladada, sin tanto humor, a algunas personas de nuestra vida política que viven en nacionalismos o planteamientos de hace siglos. Y algunos pueden ser tan evidentes que asusta.

Pantallazo 3. El que no miró arriba fue el ministro de consumo, Alberto Garzón. Sin ningún tipo de nada, salía en la prensa inglesa diciendo que la carne que exporta España es de mala calidad y procede de animales maltratados. Le podrán decir muchas cosas a Garzón. Pero pocas personas, no ya políticos, y mucho menos ministros, hay en el mundo capaces de cagarla siempre que habla. Su porcentaje de efectividad en liarla es superior a la de los mejores tiradores de la NBA.

Siendo probablemente el ministro que menos ha trabajado de todos los gobiernos de la democracia, ha sido capaz de cabrear sucesivamente a los ganaderos, a los agricultores, a los productores de aceite de oliva, a los de jamón ibérico, a los fabricantes de galletas y refrescos, a los fabricantes de juguetes y, hay que tenerlos muy grandes, a todo el sector turístico español.

Según el Gobierno, se trata de un ministro que cuando habla lo hace siempre a nivel personal. Le entrevistan a nivel personal, y debe ser que da ruedas de prensa en el ministerio también a nivel personal. Garzón, siempre humilde y autocrítico, considera que lo que ha dicho es impecable y que él habla siempre como ministro. Nunca mira arriba, ni abajo, ni a los lados cuando habla y desde hace meses es un fantasma, políticamente muerto, y él lo sabe. Pero como los fantasmas de la serie de la BBC, no quiere dejar su sillón ni su palacio. Él vive en otro mundo, protegido por el pacto original Sánchez-Iglesias y por la pereza o temor de Yolanda Díaz al roto que su cese le puede provocar con Unidas Podemos.

Pantallazo 4. Y termino con un hecho muy significativo y no sólo para el mundo de la comunicación y de la publicidad. Me refiero a la confirmación en diciembre del cambio de liderazgo de audiencias que desde hace meses se vive en las televisiones privadas. Antena 3 cerraba el año ganando otro mes más, el cuarto en los últimos cinco, a Telecinco. Y le ganaba en el año la franja del prime time. Ese periodo de la noche en el que millones de españoles finalizan sus jornadas viendo la televisión. Los mejores datos desde 2008. Además, arrasaba en informativos, en programas diarios y con las series más vistas del año.  Basta ver que, en diciembre, Antena 3 tenía los 50 programas más vistos de todas las televisiones españolas. Su milla de oro es, hoy por hoy, intratable e imbatible: Pasapalabra, Noticias 2 y El Hormiguero. 

Los que hemos vivido en tierras televisivas sabemos de la importancia de este cambio porque rompe un escenario de muchos años. Habrá que ver en estos primeros meses si se consolida porque, más allá de los números, tiene una significación sociológica a tener en cuenta. Este es el pantallazo de la lucha de televisiones, pero no dejen de mirar también el de los datos de EGM de la radio con el acercamiento de la COPE a la todavía líder, cadena SER, o el fuerte crecimiento de Onda Cero.

Algo se está moviendo. ¿Significa algo? Pronto lo veremos. 

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