P. S. era pasar el finde en el Primavera Sound
«Hay quien dice que P. S. es Pedro Sánchez, pero eso sería demasiado simple hasta para nuestra Leire»

Ilustración generada por la IA.
Pedro Sánchez decidió que estos días él dejaría de ser el centro y que todas las miradas estuvieran clavadas en la visita del Papa a España. Los suyos le han comprado el plan a rajatabla y se han vuelto más papistas que el Papa. Sus siervos en el partido, es decir, los ministros, portavoces y el resto de apesebrados con algún puesto o cargo, han escuchado la llamada de Dios y se han puesto al servicio del máximo representante en la Tierra del que para ellos siempre ha sido «el otro Dios».
Incluso esa televisión tan laica y aconfesional como es la Televisión Española de Cintora, Intxaurrondo, Ruiz, Miró, Flich, Broncano y compañía se ha tenido que rendir ante el magnetismo y el arrastre de su santidad León XIV. Especiales con jornadas maratonianas tanto el sábado como ayer domingo. Todo vale para intentar que el pueblo olvide la pocilga en que han convertido nuestro país. Intentar distraer la atención con lo divino de lo más miserablemente humano. Ha sido muy entrañable leer estos días El País y creer que estabas leyendo la hoja parroquial, o que te habías confundido y estabas leyendo el suplemento católico del ABC, Alfa y Omega.
Mientras tanto, el personal, entre ellos un servidor, nos entreteníamos y pasábamos parte de este fin de semana que acaba de terminar intentando descifrar quién podía ser P. S. Nuestra querida Leire le está haciendo un flaco favor a los fontaneros de verdad. Siempre habíamos pensado que los de la mala letra eran los médicos a la hora de recetarnos los fármacos, pero ahora va a resultar que, en esa noble y muy necesaria profesión, su grafía va a estar más manchada y atascada que una tubería enferma. Pero esas dos iniciales en mayúsculas relucen como cuando acaban el trabajo y el agua cristalina vuelve a navegar feliz por esos «tubos reunidos», UCO mediante.
Hay quien dice que P. S. es Pedro Sánchez, pero eso sería demasiado simple hasta para nuestra Leire. Ella es mucho más lista que todo eso. Si así fuera, su hermanísimo, David Sánchez, sería D. S., iniciales de dos videoconsolas, la PlayStation y la Nintendo DS. Pero hay que descartar esta opción, porque los que llevan tiempo jugando con nosotros son ellos.
Otros dicen que P. S. significa Partido Socialista. Una opción muy realista para quienes afirman que no son tramas diferentes las que ahogan al Gobierno, sino que todas están entrelazadas y conectadas para formar una única trama que llevaría el nombre de la organización con sede en la calle Ferraz.
Pero resulta que todo pertenecía al maquiavélico plan de Sánchez. A diferencia de su hermano, él sí que se estudia los temas y sabe cuál es el momento perfecto para hacer uso de ese conocimiento. Todos sabemos cuál es el hermano malo y cuál el hermano tonto. Porque si, después de hacer el ridículo y no saber explicar en qué consiste tu trabajo y dónde lo desarrollas, pasa el tiempo suficiente para preparártelo porque te lo van a volver a preguntar en un juzgado donde te juegas ir a prisión, y aun así no eres capaz de aprenderte de memoria los cuatro conceptos que te dice tu abogado, es fácil discernir quién es quién. Puede que el día anterior a su comparecencia cenara una chirimoya en peor estado que su (des)composición musical y pasara una mala noche que le impidiera estar en las mejores condiciones posibles.
Pedro es malo, pero no tonto. Dejó el señuelo del Papa para que todo el mundo picara, mientras se le escuchaba decir: «Si no pecara con esta sociedad tan maleable, me confundirían con mi hermano, y una cosa es que nuestras voces sean indistinguibles, pero otra muy distinta es que lo piensen con nuestro cociente intelectual».
Ver que su plan iba sobre ruedas —exactamente sobre las del papamóvil— le tranquilizó. Todos los ojos estaban puestos en ese hombre vestido de blanco, León XIV, en un Madrid donde quien mejor llevó ese número en una camiseta del mismo color fue Guti. Se hartó de hacer sotanas a los contrarios y de ver pases y adelantarse a los acontecimientos como solo un dios del fútbol podría hacerlo. Su pase de tacón en el gol de Benzema en La Coruña fue un milagro de belleza paradisíaca donde el jardín del Edén fue sustituido por el césped de un campo de fútbol.
Todo era música celestial, incluso a oídos del presidente del Gobierno. La maniobra de evasión —por cierto, título de una de las canciones de uno de los grupos indie favoritos de Sánchez, Los Planetas, a quienes invitó a la Moncloa— le había salido perfecta. Podía dejar de sobreactuar e irse con la música —la que verdaderamente le gusta— a otra parte y volver a ser él mismo.
Se aseguró de que el Falcon tenía combustible y, acompañado de su mujer, viajó hasta Barcelona. La pareja estaba feliz, como si quisiera recordar el primer viaje que hicieron fuera de Madrid cuando eran jóvenes y eligieron como excusa ir al festival de música donde tocaban sus grupos favoritos. Y a eso fueron el pasado sábado por la noche a Barcelona: a disfrutar de los conciertos de su festival favorito y de lo que da respuesta a la incógnita de P. S., que no es otra cosa que el Primavera Sound.
Disfrutar de uno de los últimos bailes antes de que se apague la música y las luces encendidas les señalen su camino inevitable hacia el abismo. Lo que no saben es que la última canción que sonó en Madrid ese día, durante los actos del Papa, fue Sympathy for the Devil, de los Rolling Stones. Compasión por el diablo y simpatía por Teresa Gómez, compañera de THE OBJECTIVE, que dio la exclusiva de este fin de semana festivalero de nuestro endiosado matrimonio presidencial.
