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Pedro Sánchez: objetivo la Moncloa

Foto: SERGIO PEREZ | Reuters

Pedro Sánchez nos tiene acostumbrados a los grandes órdagos, a las grandes apuestas. Unas le han salido bien y otras no tan bien. Su regreso a la primera fila de la actualidad política tras permanecer una larga temporada en un segundo plano – no por propia iniciativa, eso no va con él – fue a lo grande, como le gusta al secretario general del PSOE, con una moción de censura contra el Gobierno de Mariano Rajoy presentada sin encomendarse a nadie. Muy propio de Sánchez, que ha demostrado en más de una ocasión que le gusta ir por libre. Y más desde que se instaló en el Palacio de La Moncloa donde ha hecho y desecho como mejor le ha parecido.

Su salida a escena fue, no sólo para recordar a quien quisiera escucharlo que era el único político capaz de sacar a España de la “grave crisis institucional y política“, de salvar a los españoles de la corrupción del Gobierno del PP y devolver al país su “dignidad”, según él mismo se encargó de repetir antes y durante la moción de censura.

También para intentar recuperar un protagonismo que había perdido porque, sí, antes de hacer historia logrando por primera vez en la España reciente sacar adelante una moción de censura –  lo que le convirtió también en el primer presidente que llega al Gobierno sin pasar por las urnas -,  desde 2016 era el jefe de la oposición, pero su órdago en octubre de renunciar a su escaño lo dejó fuera del Congreso de los Diputados, donde se cuece el día a día de la política.

Las encuestas lo que reflejaban entonces era que su papel como líder de la segunda fuerza más votada estaba en serio peligro, y que el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, no hacía más que comerle el terreno. ¡Y eso sí que no!.

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Pedro Sánchez, aplaudido por los diputados socialistas tras presentar su programa de Gobierno en la moción de censura. | Foto: PSOE / Flickr

“Soy Pedro Sánchez y nací en Madrid, en el barrio de Tetuán, en 1972. Estoy casado y tengo dos hijas”. Así se presentaba el dirigente socialista en la página web del PSOE que, una vez que llegó a La Moncloa, desapareció.

En su biografía destacaba en primera persona que estudió en el Ramiro de Maeztu – para quienes no son de Madrid, explicar que es un instituto público de prestigio – y que jugó en el equipo de baloncesto, donde conoció a Pepu Hernández, a quien reclutó como candidato a la Alcaldía de Madrid en las elecciones del 26 de mayo de 2019. Sánchez, que mide 1,90 metros, sigue siendo un gran aficionado al baloncesto, deporte que le gusta practicar aunque sea lanzando tiros a canasta.

Sánchez es licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales por el Real Colegio Universitario María Cristina, centro adscrito a la Universidad Complutense de Madrid.

En 2012, Sánchez “se doctoró en Economía por la Universidad Camilo José Cela, donde ejerció de profesor de Economía”. Su tesis doctoral Innovaciones de la diplomacia económica española: Análisis del sector público (2000-2012) ha sido objeto de polémica y sigue dando de qué hablar, incluso utilizada como arma arrojadiza en la campaña de las generales del 28A por el presidente de Ciudadanos, Albert Rivera.

En un primer momento había tanto misterio en torno a ella que hubo quien pensó que no existía. Al final quedó demostrado que sí existe – en septiembre de 2018 el ya presidente del Gobierno dio permiso para hacer pública su tesis –  y se desveló el misterio que, según las malas lenguas y la opinión de algunos catedráticos, se reducía a que es una tesis normalita, mediocre. También se acusó a Sánchez de plagio y el PP, con su mayoría absoluta en el Senado y el apoyo de Ciudadanos, creó una comisión ad hoc para averiguar “la verdad”.

Más allá de la tesis, Sánchez fue asesor en el Parlamento Europeo (1998) y jefe de gabinete del Alto Representante de Naciones Unidas en Bosnia durante la Guerra de Kosovo. (1999).

Pedro Sánchez se afilió al PSOE en 1993, pero su entrada en la política activa no se produjo hasta 2004 cuando obtuvo un acta de concejal en el Ayuntamiento de Madrid, donde estuvo hasta 2009; después fue diputado por la circunscripción de Madrid del 2009 al 2011.

No dice Sánchez en su biografía que llegó de rebote a la Cámara baja gracias a la dimisión de Pedro Solbes, momento en el que corrió la lista del PSOE en el que él estaba el primero.

En 2013 y de nuevo de rebote, llegó al Congreso tras la renuncia de Cristina Narbona a su escaño. Pero dejó de serlo en octubre de 2016, en plena crisis del PSOE, con motivo de la investidura de Mariano Rajoy, votada por una parte del Grupo Socialista; entonces tiró por la calle de en medio y renunció a su escaño.

Es cierto que estaba siendo seriamente cuestionado por parte de algunos barones. Sólo hay que recordar el convulso Comité Federal celebrado el 1 de octubre de ese año en el que hubo llantos, insultos y una situación que acabó por romper el partido en dos.

Lo que tampoco dice Sánchez en su biografía es que su mayor deseo era ser presidente del Gobierno. En realidad, lo que siempre se ha contado es que era su mujer Begoña, con quien se casó en 2006, la que quería a toda costa llegar a la Moncloa, la que le instó a dejar de ser un diputado más, un desconocido diputado del Grupo Socialista, para saltar a la primera línea de la actividad política postulándose para la Secretaría General del PSOE y candidato a la Presidencia del Gobierno.

En el programa que tenía Bertín Orborne en TVE, Sánchez contó en 2015 que conoció a su mujer en casa de un amigo y se enamoró perdidamente de ella. Entonces tenía 31 años. “Hasta entonces fui un bala”, admitía entre bromas.”Soy muy determinado y a mi mujer no veas la tabarra que le di, porque me lo puso muy difícil”. De nuevo un reto que nuestro político superó con creces. El matrimonio tiene dos hijas, Ainhoa y Carlota.

La labor de Sánchez en el Congreso de los Diputados realmente no había dado grandes titulares, hasta que – bien animado por su mujer, bien por iniciativa propia – decidió enfundarse el traje de jefe la oposición en cuanto vio la oportunidad.

Antes de tener la Moncloa como objetivo, quiso ser presidente de la Comunidad de Madrid, pero perdió en las primarias del PSOE ante Tomás Gómez, con quien Sánchez no se lleva y al que destituyó en cuanto tuvo ocasión.

Como tampoco mantiene una buena relación con un montón de políticos socialistas, empezando por la ya expresidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz. Sánchez es de los que no perdona y se toma las cosas muy a pecho, considerando ataques personales lo que no dejan de ser afrentas políticas o desavenencias. Que le pregunten, si no, a Antonio Hernando, quien fuera su amigo y con el que dejó de hablar en 2016 cuando Sánchez se empeño en que España fuera a unas terceras elecciones generales antes de facilitar la investidura de Rajoy. Sí, Sánchez ha dejado por el camino a mucha gente a la que considera desleal con él.

Las purgas de socialistas de la vieja guardia  – cercanos, no sólo a Felipe González, sino también a Alfredo Pérez Rubalcaba – han provocado un auténtico terremoto en el partido al caer de las listas políticos de la talla de Pepe Blanco – considerado el “descubridor” de Sánchez, o Soraya Rodríguez, que llegó a ser portavoz del Grupo Socialista en el Congreso y que ahora se ha ido a Ciudadanos, por poner sólo dos ejemplos.

Más allá de las malas relaciones con compañeros de partido, hay un hecho cierto del que muchos socialistas se quejan cuando se les pregunta, y es que desde que es secretario general del PSOE, el partido sólo ha perdido votos, llegando a obtener los peores resultados de su historia en las últimas elecciones generales de 2016, dejando al Grupo Socialista con sólo 84 diputados en el Congreso.

La militancia al poder

Pedro Sánchez, que nació en año bisiesto, el 29 de febrero de 1972, recuerda un poco a Pedro Bello, el de los Autos Locos. Se sabe atractivo y tiene bien estudiada y aprendida esa sonrisa tan suya. Pero desde el principio supo también que esa sonrisa con la que quiere a dar entender que es un tipo cercano, no le iba a servir de nada con las fuerza vivas del partido; supo que si quería llegar a donde ha llegado no iba ser gracias al apoyo de los socialistas de toda la vida, los famosos barones, la llamada vieja guardia del partido, incluido Felipe González.

Una parte del PSOE no aceptó de buen grado que Sánchez negociara con la izquierda (Podemos) y menos aún con los independentistas catalanes (ERC y PEdCAT) para sacar adelante la moción de censura pues éstos ya advirtieron de que el apoyo no sería gratis.

Una vez en Moncloa, su deseo de mantenerse en el poder el mayor tiempo posible, no sin dificultades debido a sus escasos 84 diputados, y que ha ido sorteando con la aprobación de reales decretos-ley para gobernar, siguió negociando con los independentistas catalanes aceptando darles la luna que pedían sin que nadie lo supiera; hasta que la palabra “relator” desencadenó la polémica y que precipitó lo que era un secreto a voces: la debilidad de un Gobierno que al final no pudo seguir adelante con la mentira de aceptar lo inaceptable, es decir, el derecho de autodeterminación de Cataluña. Y en medio de todo, el histórico juicio del procés.

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Un sonriente Sánchez saluda a una mujer durante un acto de partido. | Foto: PSOE / Flickr

Esta vez Sánchez no ha podido salir airoso. Esta vez, la no aprobación de los Presupuestos Generales del Estado es un fracaso de este competido nado. Ya lo demostró cuando se puso como meta llegar a la Secretaría General del PSOE. Entonces miró a la militancia y debió de pensar: “aquí está la clave de mi éxito”. Tras la debacle electoral en las europeas de 2014, Alfredo Pérez Rubalcaba dimitió como secretario general del PSOE y se convocaron primarias para elegir a un nuevo líder mediante votación directa entre los militantes. Sánchez obtuvo el 49% de los votos frente a Eduardo Madina (36%) y José Antonio Pérez Tapias (13%). Fue ratificado secretario general del PSOE en el Congreso extraordinario celebrado a finales de julio de 2014 aunque quedó claro que no todos en el partido le querían como líder.

Entre esta fecha y el aciago día del 1 de octubre de 2016, Sánchez luchó contra viento y marea dentro y fuera del partido para ser presidente del Gobierno. Tras las elecciones del 20 de diciembre de 2015, la ausencia de mayorías parlamentarias llevó a Sánchez a buscar apoyos para ser investido presidente pese a que el PSOE fue la segunda fuerza más votada por detrás del PP. Primero lo intentó con Podemos, pero su líder Pablo Iglesias, pidió la Vicepresidencia del Gobierno y los ministerios clave, y Sánchez se dirigió a Ciudadanos con quien firmó el famoso Pacto del Abrazo que no sirvió para nada.

El problema era que sin Podemos no era posible que lograra la investidura y, como cordero que sabe que va al matadero, Sánchez se presentó a un debate de investidura que sabía de antemano que iba a perder. Hubo elecciones otra vez en junio con un resultado similar – en el que el PSOE siguió perdiendo votos -. Después llegó la citada crisis en el seno del PSOE. Sánchez dejó la Secretaría General y después el escaño, pero no su determinación de llegar a la Moncloa.

Cogió su coche y recorrió las sedes del PSOE de España, de norte a sur y de este a oeste, donde buscó el apoyo de los militantes. Echó un pulso a la vieja guardia y volvió a presentarse a las primarias a la Secretaría General que, de nuevo, ganó en mayo de 2017 gracias a los militantes frente a los otros candidatos, Susana Díaz y Patxi López.

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Sánchez se ha apoyado siempre en la militancia para lograr el éxito en el partido. | Foto: PSOE / Flickr

Con un PSOE que pierde votos por los cuatro costados, con un PSOE roto, con un PSOE que apenas recuerda al PSOE de los mejores tiempos, Sánchez llegó a La Moncloa.

Supo elegir el momento perfecto para lanzar su órdago coincidiendo con la debilidad del Gobierno del PP, agotado y acuciado por la corrupción, y en plena crisis con los independentistas catalanes, lo que enfrentó a Rajoy con la mayor parte del arco parlamentario. Su apuesta le salió bien. Ahora Sánchez afronta una nueva etapa pero una cosa está clara: en los libros de Historia ya tiene un hueco como el séptimo presidente del Gobierno de la democracia tras la muerte de Franco, cuyos restos, por cierto, prometió exhumar del Valle de los Caídos.

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